¿Bailas o estás temblando?

Mosaico en la entrada de los jugadores al partido | ÁLEX GALLEGOS

Cualquiera diría que todo lo que sucedió en El Arcángel y sus aledaños desde la sobremesa y hasta la caída de la tarde del sábado tenía que ver con la celebración de un éxito del equipo de fútbol. Cualquiera que no sea del Córdoba, claro. Bufandeo, cánticos, música, baile... Hasta descuentos en la “hora feliz” de la tienda oficial. El Córdoba lleva varios meses en los puestos de descenso a Segunda B, sí. Pero ha colgado cinco veces seguidas el cartel de “localidades agotadas” en sus taquillas y su hinchada anda enloquecida porque ve una luz de esperanza. No se va a rendir. Ya no. Contra el Oviedo protagonizó un partido admirable por el esfuerzo y la persistencia, cualidades imprescindibles para alguien que aspira a escapar de un descenso de categoría. “No fue nuestro mejor partido”, admitió Sandoval, que desplegó su tradicional arsenal de elogios hacia la hinchada. “En los córners, esto parecía Anfield. Se echaban encima y parecía que ellos eran los que remataban”, dijo el de Humanes, un tipo curtido que ha trabajado en escenarios de ambiente caliente como El Molinón o Vallecas.

Se recibió a los jugadores como si fueran héroes. Más de uno sigue asombrándose de lo que ve a su alrededor. Quienes tienen más horas de vuelo en este negocio saben lo que sucede en otras ciudades cuando el equipo hace lo que ha venido haciendo éste: gradas desiertas, afición avinagrada, críticas por doquier y el inevitable pensamiento de querer terminar toda esta tortura cuanto antes. Esa horrible cuenta atrás hacia lo inevitable se ha tornado en el Córdoba en una suerte de adictiva ruleta rusa: saben que cualquier fallo puede ser fatal, pero juegan con una disposición admirable. Los seguidores se suman a esta fiesta singular, que es como un baile en medio de un campo de minas. El Córdoba se ha sacudido los complejos. No es el mejor equipo, pero ha pasado por la mejor sesión de coaching posible: lo que visualizaba lo agarró con las manos y vio que era bueno. Por eso quiere más. Hay algo más estimulante que luchar por lo que nunca se tuvo: pelear por recuperar lo que te fue arrebatado. Lleva cinco semanas sin perder. Trece puntos sobre quince posibles.

“Estamos en descenso”, recordó esta semana el presidente León, aferrándose a la prudencia. Pero el simple hecho de poder salir de ahí con un puñado de argumentos razonables -y cuatro victorias seguidas lo son- hace que el cordobesismo represente el papel que mejor domina. Es un actor encasillado y a mucha honra. El éxito es estar vivo y pelear para seguir estándolo. Hacerle burlas a la muerte deportiva, colocarse en el filo del abismo y ponerse a hacer piruetas. “Se va a caer seguro”, decían hace poco todos los vecinos de Segunda División. Los blanquiverdes se ríen de eso. De salvaciones milagrosas tienen ya un doctorado. Si el Córdoba consigue la permanencia marcará un hito histórico: nunca ha logrado remontar una distancia tan abismal. Ahora está más cerca. ¿Cómo no van a ponerse a bailar?

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Por más que escuche mensajes de cautela y advertencias -lógicas y loables- sobre la posibilidad de que las circunstancias se tuerzan, la hinchada ya se ha enchufado a esta historia de locura. El presidente anterior llegó a decir que cada temporada que el Córdoba no estuviera en Primera División era un fracaso. Espectáculos como el de esta semana confirman que su mensaje no caló. En absoluto. El Córdoba es una paradoja infinita y una lección moral permanente. Esto es otra cosa.

En las horas previas al partido, un grupo de esforzados seguidores de varias peñas del club se dedicaron a colocar en cada uno de los más de veinte mil asientos de El Arcángel una cartulina. La idea era recibir a los jugadores con un gigantesco mosaico, aprovechando que esta vez el cartel de “no hay localidades” iba a traducirse en un graderío plenamente abarrotado. No llovió, no. Pero el viento, que no atiende a sentimientos, se llevó por delante todo el material que se había depositado en la Tribuna. La grada también juega. Y hubo remontada. Los seguidores se organizaron y las cartulinas terminaron en las manos correctas. El plan salió como estaba previsto. Toda una metáfora.

Pedir unión no es ponerse detrás de una pancarta con carita de pena. Las familias se refuerzan en los pequeños detalles. Ahora cada cual cumple su papel y las piezas van encajando. Si todo esto terminará bien es algo que no se puede saber. ¿Qué es terminar bien en el Córdoba? La Liga entra en las últimas diez jornadas y ya empiezan a caer las primeras víctimas. El cordobesismo llega al último trimestre en una espiral de bellísima incertidumbre. Esto es el Córdoba. Que uno mire al compañero que agita con rabia su bufanda al viento sin saber si está bailando o temblando.

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