De Puente Genil a La Alhambra: La historia de ‘El Tenazas’ en el mítico Concurso de Cante Jondo

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“Eso es cantar por derecho”. Esta fue la categórica afirmación de Don Antonio Chacón, el Emperador del cante, cuando en el Concurso de Cante Jondo, celebrado hace 98 años en Granada -concretamente el 13 y 14 de junio de 1922-, escuchó un cante perdido en el tiempo en la voz de Diego El Tenazas. Poco se sabía de aquel anciano consumido, salvo que era de Morón y de quién se rumoreaba que había hecho el camino andando desde Puente Genil hasta la colina de la Alhambra. Un rumor que pertenece a la leyenda.

Diego Bermúdez Cala, El Tenazas de Morón, conmovió a Granada, a los organizadores y al público de aquel mítico Concurso de Cante Jondo promovido hace casi un siglo por Manuel de Falla y Federico García Lorca en el Patio de los Aljibes de la Alhambra. Una amistad intergeneracional y explosiva en lo artístico que dio lugar a este hito en la historia cultural española que tan solo tuvo una edición y cuyo espíritu, tras caer en el olvido, reavivaría 34 años después otro poeta, Ricardo Molina, en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba.

El Tenazas pasó parte de su vida en Puente Genil, lugar en el que murió y en donde su mitificada figura en el mundo del flamenco no es tan desconocida como en el resto de España, ya que ganar aquel certamen “por derecho” lo inmortalizaría para la historia del cante.

Lorca, Falla y el flamenco

“Estoy aprendiendo a tocar la guitarra. Me parece que lo flamenco es una de las creaciones más gigantescas del pueblo español”. La magia de lo flamenco cautivó al joven García Lorca, quien en el verano de 1921 le hacía esta confesión a su amigo Adolfo Salazar. Otro amigo, el gaditano residente en Granada Manuel de Falla ejerció una notable influencia flamenca sobre Lorca.

La convocatoria que realizaron de un concurso sobre el cante jondo o canto primitivo andaluz, que fue la expresión finalmente utilizada, surgió como un llamamiento de ambos ante el peligro de desaparición que auguraban del repertorio flamenco. En su imaginario se encontraba un concepto de tradición como tesoro a preservar, pero también Falla y Lorca buscaban, de una forma un tanto romántica visto con los ojos de hoy, rescatar los cantes puros primitivos como fuente de creación innovadora para los nuevos lenguajes. Todo ello desde una óptica regeneracionista muy ligada a la filosofía de la Institución Libre de Enseñanza.

Hubo críticas a la “españolidad” del certamen, ya que en el centro del debate estaba la mirada a la tradición. Ortega y Gasset pensaba que ésta era la libertad, “hay que apartar de la tradición todo lo que nos ate, pero en la tradición también está el vuelo”, sostenía el pensador. La idea de Falla y de Lorca no era imitar los cantes antiguos, sino que estos sirvieran de inspiración. Para ambos el cante jondo era la piedra de toque de la tradición y no en vano meses antes del certamen, Lorca escribía su Poema del Cante Jondo y Falla hacía lo propio con varios textos sobre la importancia universal del cante jondo.

Las más destacadas personalidades de la vida intelectual de la época apoyaron la convocatoria, que contó incluso con la presencia activa de muchos de ellos: Zuloaga, Rusiñol, Edgar Neville, Gómez de la Serna, Chaves Nogales o Andrés Segovia fueron sólo algunos de esos nombres.

También se dieron cita en Granada muchos corresponsales de medios nacionales y extranjeros e igualmente las más destacadas figuras del flamenco de la época estuvieron presentes durante esos días del concurso, con un jurado presidido por el citado Antonio Chacón, uno de los mayores creadores de toda la historia del flamenco.

El Tenazas: De Puente Genil a Granada

Por tanto, la tarea más importante del concurso era la de localizar a flamencos que conocieran viejos cantes en toda su pureza. Antes de la primavera de 1922 Diego El Tenazas tuvo la noticia de que en Granada se iba a celebrar un gran concurso de cante, dotado con importantes premios en metálico. Se buscaba a cantaores “de ambos sexos y no profesionales”, es decir que no estuvieran curtidos ni en cafés cantantes ni en óperas flamencas, sino que sus cantes saliesen del escenario natural de los campos, los pueblos y las tabernas .

El cantaor había pasado penurias y hambre durante toda su vida y la poca vida que se había ganado la había hecho en el campo. Seguidor de Silverio Franconetti, parece que llegó a trabajar y cantar en su café de Sevilla huyendo del campo, un lugar duro al que no quería ver “ni en fotografías”, pero al que acabó volviendo instalándose en la Posada Campos de Puente Genil y cuidando cerdos para ganarse el sustento.

En 1922 Diego Bermúdez estaba deseando poder viajar desde allí a la ciudad nazarí y volver a cantar ante el gran público. Tenía la legítima ambición de un veterano cantaor. Los amantes pontaneses del cante creyeron en El Tenazas y no permitieron que aquel anciano emprendiese el camino a pie ni tampoco que acudiese con el atuendo de un campesino. José Bedmar El Seco propuso que se realizase una colecta popular para costear el viaje y la estancia del cantaor en Granada.

El pueblo de Puente Genil respaldó con generosidad la iniciativa, reuniendo los fondos necesarios para dignificar la apariencia del cantaor y costearle los gastos del viaje a una de las citas culturales más importantes de la primera mitad del siglo XX en España. De esta manera El Tenazas pudo alejarse por unos días de su miserable destino y vestido con ropaje decente se subió al tren camino de Granada en busca de la gloria.

Miguel Cerón, otro de los promotores del certamen, describió a Diego El Tenazas como “bajito, con cara impasible, ojillos pequeños, claros, un poco perdidos. Canoso, con sombrero cordobés destartalado que no se quitaba jamás y vistiendo traje gris y botas enterizas”.

Por su parte, Galerín, el crítico de El liberal de Sevilla, describió de esta forma su actuación en la Plaza de los Aljibes: “El anciano Tenazas hace la salida con voz clarísima, fresca; voz de muchacho, y al terminar es ovacionado. Va a cantar la caña y el polo, una cosa muy seria, que termina con soleares y siguiriyas […]. Y el viejo andarín se arranca con estas coplas, cada una en su tono, como corresponde al cante de la canela”.

El Tenazas era el hombre que estaban esperando en Granada. Se trajo dos de los diplomas más importantes del concurso, resultando ser la gran revelación junto a un jovencísimo de 13 años llamado Manolo Caracol. Un anciano y un niño alcanzaron la gloria de lo jondo aunque el premio de honor quedó desierto. Diego se reivindicó como discípulo de Silverio durante el concurso, interpretando los cantes atribuidos al cantaor de la Alfalfa, al que consideraba “el mejor de todas las Españas”.

Tras la gloria, muerte en Puente Genil

Aquel concurso, aunque no consiguió los propósitos que perseguía, cambió el rumbo del flamenco para siempre. También, en parte, los de El Tenazas, del que se había rumoreado que fijaría su residencia en Granada, donde se quedaría como profesor de la escuela de cante.

La realidad es que todos querían escucharlo, desde la aristocracia hasta el pueblo llano, desde los aficionados de la capital hasta los de los pueblos. El debut de Diego en Madrid se produjo el 6 de agosto de ese año. 1.200 localidades a 5 pesetas la silla. Por insistencia de Falla, logró grabar sus cantes en discos de pizarra en la Casa Odeón, gracias a lo que su voz ha llegado a nuestros días. Cañas, soleares, martinetes, siguiriyas gitanas de Silverio y serranas, cantes destinados a unos gramófonos prácticamente inexistentes aquellos días en lugares como Morón o Puente Genil.

Pero el tiempo lo devolvió a Puente Genil. En abril de 1933 se encontraba ingresado en el Hospital Municipal pontanés. El Miércoles Santo de aquel año republicano y sin procesiones cantó saetas al Humilde en la Nave del Templo.“¡Cómo lloraba la gente!”, narran las crónicas. Fueron sus últimas saetas con 83 años. Murió pobre y abatido por la tisis el 10 de noviembre de ese mismo año dejando una enorme influencia en el flamenco de la época.

Antes de morir entregó a la familia Campos en Puente Genil uno de los dos tesoros que consiguió en Granada, el diploma que acreditaba su triunfo en la segunda sección del concurso. Francisco Campos, nieto del posadero, ha conservado como oro en paño esta reliquia del arte flamenco.

De hecho, en Puente Genil, como en Morón y Granada no lo olvidan. El 14 de agosto de 2008, con motivo del 75 aniversario de su fallecimiento, el ayuntamiento pontanés dedicó a su memoria la XLII edición del Festival de Cante Grande Fosforito.

Aquel verano el Archivo Manuel de Falla  ideó unas audio-guías musicales para recorrer la Alhambra. Las siguiriyas gitanas del Tenazas de Morón fueron el soporte musical escogido para visitar la Plaza de los Aljibes, la antigua explanada donde comenzó a fraguarse su leyenda dos mágicas noches de junio de 1922.

“El cante jondo canta siempre en la noche. No tiene mañana ni tarde ni montañas ni llanos, no tiene más que la noche, una noche ancha y profundamente estrellada. ¡Y le sobra todo lo demás!”.  Federico García Lorca.

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