‘Las Meninas’ de Scarpia Kids y el arte de saber mirar bien

Miguel y Candela colocan sus Meninas

A ver quién de vosotros me dice quién pintó Las Meninas. “Diego Velázquez”. ¿Y de dónde era? “De Sevilla”

Miguel tiene nueve años, pero sabe perfectamente que Velázquez es de Sevilla y que Picasso era malagueño. También sabe que los hombres de las cavernas pintaban animales porque pensaban que les traería suerte en la siguiente batida de caza. Y defiende que un nariz en la frente no es un error, sino un gesto cubista.

A su lado, Candela, de nueve años también, es capaz de situar un toro de extraña expresión en un famoso cuadro. “Ese es el toro del Guernika”, dice. Y también tiene otra teoría según la cual los hombres “prehistóricos” dibujan en las paredes “de sus casas”. “Pintaban porque no sabían hablar”.

Candela y Miguel son dos entre una veintena de niños, vecinos de El Carpio, que han participado esta semana en el taller de pintura para niños organizado por el festival de arte contemporáneo Scarpia, que ha cumplido 20 años recuperando estas actividades, tras un año, el 2020, en el que el festival se ciñó a la actividad positiva.

Lo cierto es que el taller Scarpia Kids se puede considera un éxito dadas las circunstancias. Al final, lo que iban a ser tres jornadas, se han convertido en cuatro, dedicando la de este jueves a terminar de montar la exposición colectiva que recopila los trabajos realizados por los peques, que han descubierto esta semana a dos grandes pintores andaluces, Velázquez y Picasso.

Pero antes, han ido a lo básico, a esos “hombres de las cavernas” de los que hablaba Candela. “Arrancamos con el arte rupestre, mostrando el origen, a través de vídeos, para que entendieran cómo se expresaban en las cuevas”, explica el coordinador de la actividad, Juan Alcalá, un joven vecino de la localidad, licenciado en Bellas Artes en la Universidad de Sevilla y que está estudiando un máster en gestión museística.

Así, mientras engorda su CV, aprovecha su estancia en el pueblo para conectar con los más pequeños y lograr que, mientras ellos aprenden, él se enriquece. “De aquí me llevo un puñado de dibujos que me han regalado”, señala Alcalá, que ha pasado la última semana entre pinturas, ayudado por dos monitoras y un monitor, que se han encargado de atender las necesidades de la veintena de niños.

“Es que no lo estás mirando bien”

Un grupo que se ha dividido por mesas, según las edades, adaptándose a los protocolos que siguen en el colegio, dado que los niños, pese a los tópicazos que se digan, se adaptan mucho mejor que los adultos a cualquier circunstancia (y mascarilla). La imaginación, el asombro y la inocencia son la mejor vacuna infantil en tiempos como estos, y un taller de pintura puede ser estimulante para estos chavales, que han vuelto a vivir unas navidades raras.

Nada ejemplifica mejor esto que las máscaras colgadas en la pared. “¿Estos tíos son así de feos?”, le pregunta el periodista a un niño. “Es que no lo estás mirando bien”, le responde, con desarmante naturalidad, cual crítico de arte, el pequeño querubín.

Nada pinta mejor que la mirada de un niño. Miguel y su hermana Lola, de 6 años, se llevan a Candela y al periodista para enseñarle un dibujo que han hecho al margen del taller. “Mira, esto es la noche y el día y la naturaleza y la contaminación”, explica Candela. Efectivamente, un verde valle soleado y un oscuro río contaminado aparecen ante sus ojos. “¿Sabéis lo que es la contaminación, os preocupa?”, pregunta el periodista.

“Claro que sí. Lo hemos dado en el colegio y ya sabemos lo que es”, dice Candela. Miguel (a quién el maestro califica de “niño del Renacimiento” por sus numerosas cualidades artísticas) es aún más certero: “Claro que me preocupa, si yo vivo en frente del campo y me gusta mucho”.

Antes de que lleguen los padres, hay tiempo para la foto de familia. Monitores y alumnos se sitúan en torno al Velázquez. El fotógrafo apunta. “Meeeeeeeniiiiiinaaaas”, gritan todos.

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