Cristina Rentería, primera finalista extranjera en los Premios de la Crítica: “La violencia es más hija de puta en las zonas rurales”

Cristina Rentería.

Cristina Rentería mantiene su acento mexicano prácticamente intacto, a pesar de que lleva siete años afincada en Córdoba, una ciudad en la que recaló para terminar el doctorado y donde acabó echando raíces. La última de estas raíces ha sido Juan y los murmullos (Ediciones Azimut), un libro de relatos con el que se ha convertido en la primera finalista extranjera del Premio Andalucía de la Crítica.

"Soy una extranjera que se ha colado en los premios de la crítica. Así que eso ya es un premio", dice Rentería, cuya ilusión impregna prácticamente cada palabra que suelta sobre su libro, una obra en la que se atreve a ambientar 68 microrrelatos en la Comala que ideó Juan Rulfo, protagonista también de una recopilación de historias con un importante componente metaliterario, pero que, como el referente, se puede leer también como una reflexión sobre el México actual.

PREGUNTA. ¿Cuánto tiene de juego creativo Juan y los murmullos

RESPUESTA. Es un libro de microrrelatos que es un género que no encuentra bien su sitio. Muchas veces, creo yo, porque los microrrelatistas no hemos sabido hacerlo. Y, aunque en Andalucía, por ejemplo, el género es potente, no está totalmente bien asentado dentro del mainstream porque no hemos logrado proponer un libro de microrrelato temático, cerrado o atractivo para el mundo literario. No obstante, yo creo que es un género literario que puede proponer muchísimas nuevas maneras de leer y de narrar.

P. ¿Y tú qué has propuesto, en este caso?

R. Es un libro que comenzó hace cinco años en un taller literario. En aquel entonces, yo comencé a escribir cosas de violencia en México, que es un tema para mí muy importante. Pero poco a poco, de manera natural, aterricé en la historia de Juan Preciado, que es el personaje, como bien sabes, de Pedro Páramo. Y de aquel relato comenzaron a brotar el resto. La cuestión es que aquel microrrelato ganó el Premio Zenda, y entonces comencé a escribir microrrelatos que sucedieran en Comala.

P. Una Comala que es y no es, al mismo tiempo, la de Pedro Páramo.

R. Mi Comala es este sitio que se parece más al infierno, pero es un limbo. Un sitio muy espeso. La verdad es que pensé mucho si convertirlo en un sitio propio o personal, pero me di cuenta de que el tributo a Juan Rulfo podía ser potente si conseguía escribir sobre Comala como un sitio real. Así que todo lo que había aprendido en aquel taller -en el que el profesor fue muy enfático en que un libro tiene que tener una propuesta, un principio y un fin-, lo apliqué a Juan y los murmullos. El libro de relatos tiene que ser casi una propuesta ideológica. Tiene que tener un eje vertebrador.

P. Y ese eje fue Rulfo.

R. Yo cuando empecé a estudiar la vida de Juan Rulfo, desde sus inicios hasta su muerte, comencé a montar el libro a lo largo de este eje. Desde la gestación del metapersonaje, hasta su muerte. En todo ese camino, Juan Rulfo se va encontrando con los murmullos, que para mí tenían que ser seres tangibles, al menos para él. 

P. Hablando de murmullos, ¿qué papel tiene en tu libro el tío Celerino, ese que, según Rulfo, se murió y con él se agotó la fuente de su literatura?

R. Sí, sí. El tío Celerino aparece en el libro en varios cuentos como una figura importante. Aunque más cercana a un tutor. Para mí el tío Celerino es esa figura protectora, pero no es una abuela andaluza, en plan “a mi niño que no le pase nada”, sino más bien alguien que enseña a lidiar con lo terrible a través del conocimiento vicario. 

P. Rulfo es para vosotros lo que Lorca es para los andaluces, un género literario en sí mismo

R. Rulfo en México es un tótem. Pero también porque no se ha permitido explorar a la persona. En México hay unos debates legales con los herederos de Juan Rulfo, que no permiten que se diga nada que esté fuera de la historia oficial de su padre. Así que hay teóricos, investigadores e incluso grandes eventos alrededor de su figura. Pero porque toda persona que lee algo de tradición mexicana se queda con su impronta. Rulfo se parece mucho a la vida. Nosotros hemos vivido con nuestros abuelos y nuestras abuelas y todo lo que nos cuentan. Y estamos muy marcados por las zonas rurales. Por esa constante tristeza, melancolía y desazón que te causa y que, a la vez, tiene una belleza única por encima de la pobreza y la miseria. Eso se nota mucho en Rulfo.

P. Y para ti debe ser una fuente, dada tu formación.

R. Sí, para alguien que ha estudiado sociología y antropología, ver las zonas rurales que él describía y que no han cambiado a lo largo de estos años ha sido muy importante. Así que la elección de Rulfo fue casi inadvertida. Porque yo he trabajado toda mi vida en áreas rurales y fue después cuando me di cuenta de que Rulfo era una persona muy lacerada por la violencia, igual que yo. Y también trataba de explicarla, trataba de entenderla, trataba de verla. Y eso es algo que me ha unido bastante. 

P. Es cierto que, sin haber pisado México, uno imagina la Comala de Pedro Páramo como si estuviera escrita hace dos años en Sinaloa.

R. Pero eso es porque México es un país donde siempre ha habido mucha violencia. Es mentira que la violencia comenzara con el narco hace 20 años. Yo he hecho revisiones desde el siglo XVIII, XIX y XX, de la Revolución y la Guerra, que es algo que a Rulfo lo marcó mucho. Así que, tú lees Pedro Páramo y El llano en llamas, y se percibe la violencia que él siempre intenta revelar. Y yo no he querido salirme tampoco de esa gran nata que existe de violencia y de abuso en el México de ahora. Es una violencia del día a día, así como de cuchillito de palo, de poco a poco. 

P. Y que además es desigual. Porque hay como muchos Méxicos dentro de México, ¿no?

R. Sí. Y como antropóloga he conocido muchos pueblos. Por eso la violencia me calaba tanto, porque yo veía la violencia más hija de puta en las zonas rurales. Aquí donde todo el mundo pierde las chanclas, aquí vienen a tirar los cadáveres. 

P. En los fragmentos que he podido leer de Estampas de la violencia ya practicabas una suerte de realismo mágico. ¿Tiene cabida esa forma de mirar en el México actual?

R. Yo no sé si es una forma de sobrevivir o nos gusta, pero para nosotros es tan cotidiano el realismo mágico que sí, yo creo que tiene cabida. Porque nos permite vivir nuestro día y porque tenemos muy presente a la gente que se ha ido. No sé si es una necesidad o es algo que nos nace, pero definitivamente tiene cabida en México. 

P. Es maravilloso que, en un marco como el que hablábamos antes, haya una comunicación tan natural con la muerte.

R. Es que la vida en México es como un arcoíris de colores en el que todos están al mismo tiempo. En El Barrio de donde yo soy, el gallo canta a las once de la noche. Y, si no pasa a las seis el del gas con una canción techno, pasa el de las tortillas con su motocicleta. Los perros se ponen de pronto todos a ladrar a las tres de la mañana. ¿Por qué? No sé. Es como demasiados estímulos, demasiado folclore, todo junto. Así que yo creo que ahí claro que cabe el realismo mágico. 

P. Y cómo ha acabado una pobleña en Españistown y en Córdoba.

R. (Jajaja) Sí que has leído cositas mías. Eso fue una tesis doctoral y estuvimos ahí dándole vueltas al nombre de Españistown. Pues acabé aquí porque encontré un doctorado en Córdoba que, no sé si lo sabes, pero fue la megacaña en los noventa en temas rurales. O sea, no había quien le preguntara algo a nadie de la escuela de agrónomos. Estaba metido todo dios, la Unión Europea… Y a mí me tocó todo eso de refilón. Pero aquí conocí a mi marido y me quedé aquí hasta terminar el doctorado. Y desde hace siete años que volvimos los dos de nuevo, vivimos aquí.

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Publicado el
1 de febrero de 2021 - 12:20 h
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