Combo se inunda con hombres lobo y mujeres animales

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Dos artistas con discapacidad intelectual que han trabajado en La Fragua, gracias a la beca Ikario, exponen sus obras en Córdoba

El círculo es casi perfecto. Un amarillo pálido lo llena. Lo enmarca un rectángulo de papel sobre el que está pintado. Ha nacido de las ceras blandas que maneja José Manuel Egea, concentrado en darle el color. Ahora es el negro el que ocupa todo su tiempo y todo el papel. Por una cara: “Es el cielo que rodea a la luna”, dice sin apartar los ojos de su labor. Y por la otra: “El cielo está por los dos lados”, aclara. Una luna. Redonda, fría y clara. No es cualquier cosa. Las tres caras monstruosas que vigilan a José Manuel nos dan una pista. Dientes puntiagudos, rasgos caninos y amenazantes... No hay duda. Son hombres lobo. Aun solo abocetados, se ve claramente que lo son. Tres hombres lobo en Combo. Porque Egea está, junto al alemán Rudolf Bodmeier, invitado a la nueva exposición de la sala cordobesa nacida de la residencia de artistas de La Fragua. Por tercer año consecutivo y gracias al apoyo de una beca privada (Beca IKARIO), La Fragua ha seguido explorando las posibilidades de trabajar con artistas con discapacidad intelectual.

La muestra se llama Let the damn flow que, en una traducción algo libre podría significar Dejad que fluya el dique. Pero mejor que sea Gaby Mangeri, una de las responsables de Combo, quien nos lo explique... “El título de la exposición tiene un doble sentido. Damn, en inglés, puede ser una persona damnificada pero también un dique. Queríamos jugar con ese doble significado de algo que separa pero aguanta al mismo tiempo”, cuenta. “Los artistas con discapacidad, antes, no estaban incluidos en los circuitos de arte profesionalizado. Estaban separados. Pero están rompiendo esa barrera, ese damn, ese dique y estamos dejando que los artistas fluyan”, concreta Mangeri, quien destaca la enorme capacidad de trabajo y de producir obras. “Lo hacen de una forma muy fluida. De una manera muy fuerte y brutal”, subraya. Igual que el agua cuando escapa de los diques y lo inunda todo.

Jose Manuel Egea (1988) es un artista madrileño que trabaja en el colectivo Debajo del sombrero, en el Matadero y la Facultad de Bellas Artes de Madrid. “Está principalmente empujado por un amor muy profundo al hombre lobo. Trabaja reconvirtiendo muchas imágenes del hombre lobo y figuras de proporciones enormes del cine, bestias como La Masa. Él usa mucha escultura pero en esta obra cuenta, sobre todo, con el dibujo”, prosigue Gaby Mangeri. Mientras, José Manuel sigue sentado en el suelo enfrascado en plasmar la noche en esa luna perfecta. Cuando ha terminado la mira con sus grandes ojos verdes y dice: “Se la voy a dar a mis padres”. Los tres bocetos de hombres lobo que hizo el día de antes miran la escena amenazantes. Uno de ellos tiene un toque de color en su hocico arrugado. Lo otros se mantienen en blanco y negro.

En la planta de arriba de Combo ya se encuentran las obras de Rudolf Bodmeier (1961), un artista de Munich que trabaja en HPCA, asociación alemana similar a Debajo del sombrero. “Rudolph trabaja con el dibujo, reordenando figuras femeninas con partes de cuerpo animal, con un amplio estudio de formas geométricas. Todas las figuras son muy voluptuosas y ha hecho miles y miles de ellas. Produjo muchas de ellas durante su residencia en La Fragua y también hizo una obra muy grande de casi dos metros y medio”, recuerda Mangeri.

Volvemos a La Fragua. Todo parte de allí, de la visita de un mecenas privado al que le encantó el proyecto de la residencia de artistas y decidió apoyarla en un programa de minimecenazgo anual. “Pero nos puso la condición de que el artista al que apoyase debía tener algún tipo de discapacidad”, apunta Mangeri. Son las becas Ikario. ¿Y el resultado? “La verdad es que ha sido maravilloso, es un mundo muy interesante, muy amplio y muy profundo. Y con mucho reconocimiento internacional. En España solo tenemos a Debajo del sombrero, con los que queríamos trabajar y al fin lo hemos conseguido. En Alemania hay muchos centros, en Bélgica y en Estados Unidos o Japón”, cuenta. Un circuito planamente profesional y alejado de los convencionalismos terapéuticos. “Esto es profesional, no es arteterapia. Esto es arte”, termina la responsable de Combo.

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