EL SELFI

Alfredo Asensi: “La deshumanización posmoderna está en Tinder”

El selfi de Alfredo Asensi.

El periodista, gestor cultural y graduado en Historia del Arte, Alfredo Asensi (Córdoba, 1978) publica su primera novela Cuadernos de Tinder (Íbera Ediciones). Una suerte de diarios de un hombre solitario que se abre un perfil en la red social de contactos para encontrar personajes que le acompañen en su soledad.

Un narrador que bebe y escribe en los bares de los barrios, un paseante en la ciudad que escucha conversaciones ajenas mientras reflexiona sobre arte, literatura o filosofía. Cuadernos de Tinder es una ópera prima arriesgada y sorprendente, que busca (y consigue) una extraña complicidad vital e intelectual con el lector. Es también un perfecto ejemplo de que realidad y ficción, verdad y verosimilitud, se cruzan en una frontera polvorienta y borrosa.

Hay que escribir desde la fractura, desde la amputación o la carencia

PREGUNTA. ¿Cuál es el origen de la novela? ¿Cuándo y cómo se empiezan a gestar estos Cuadernos de Tinder

RESPUESTA. En el confinamiento me abrí un perfil en Tinder y establecí contacto con esta realidad. Me encontré con un extraño catálogo de presencias ausentes, me encontré con una percusión excitante en esos días pandémicos que consistía en que en cualquier momento podía saltar un match. Me dio por pensar muy al principio de mi peripecia que, en Tinder y en este tipo de aplicaciones, se resume o se refleja la gran comedia humana de nuestra época y me fue surgiendo la idea de escribir una novela, con Tinder más como excusa que como centro (porque la novela trata fundamentalmente sobre la literatura, el desencanto y la búsqueda de plenitudes cotidianas). Con el paso de los meses fui almacenando ideas sobre personajes, situaciones..., hasta que en febrero del pasado año me puse a escribir. Tres meses después la di por terminada.

P. Creo que usas Tinder como excusa para encontrar personajes...

R. Sí, Tinder como casting, como catálogo o como suministro de personajes y argumentos... Esto lo hace más el personaje desde dentro de la novela: es un escritor que busca e intenta aprovechar los recursos que su realidad le ofrece. En Tinder todos somos personajes, todos somos antihéroes y todos somos constructores de nuestra propia máscara. En este sentido, la novela tiene algo de baile de máscaras y de juego de espejos. Un juego en el que participan el autor y el personaje, la realidad y la ficción, la conciencia y la acción...

P. La ficción y la realidad. Esa frontera borrosa…

R. La novela se mueve en esos territorios pantanosos y ambiguos en que es difícil establecer la frontera entre lo vivido y lo inventado. En la relación con el mundo tenemos dos herramientas decisivas, la mirada y la memoria. Ambas son imprescindibles y son propensas al falseamiento. A estas alturas creo que todos tenemos claro que hay ficciones que pueden ser y son más verosímiles que la más firme realidad. Ese concepto de la verosimilitud es importante en este libro, en el que casi todo es inventado y por lo tanto casi todo es verdad. La ficción participa de la verdad tanto como la realidad. 

P. El protagonista es un flâneur, un paseante en la ciudad, sus parques, sus barrios, las plazas…

R. Siempre he sentido interés por los escritores paseantes que van haciendo una literatura mental y urgente a partir del contacto de su mirada y su sensibilidad con un espacio geográfico. Esa literatura mental, que luego puede pasar a la página, a veces es la mejor literatura que se puede hacer. Hablo, por supuesto, de Baudelaire y su Spleen de París, de Walter Benjamin, James Joyce, Patrick Modiano... Antonio Muñoz Molina tiene un libro estupendo sobre este asunto, Un andar solitario entre la gente. El protagonista de Cuadernos de Tinder es, efectivamente, un caminante urbano que lee la ciudad como si fuera un libro. Este proceso tiene algo de estrategia de autoconocimiento. Yo escribí la novela en los barrios de Córdoba, redescubriendo la ciudad después de los meses pandémicos más duros. Me resultaba estimulante crear un flâneur cordobés. Llevo toda la vida leyendo a escritores caminantes de París, Londres, Dublín, Trieste, Lisboa, Manhattan... Yo planteo un flâneur cordobés que se cruza siempre en San Agustín con el mismo cofrade, reflexiona sobre la serpiente de los jardines de los patos y se emborracha nocturnamente en los bares del Parque Cruz Conde mientras lee a Emily Dickinson y piensa en su pasado y en el suicidio.

La ficción participa de la verdad tanto como la realidad

P. Cuadernos de Tinder se convierte también en una excusa narrativa para escribir pequeños ensayos sobre arte, literatura, música…

R. Para el personaje, un hombre desencantado y escéptico, son elementos compensatorios. En la órbita estética busca continuamente motivos de elevación. Es un enamorado de la literatura y las artes. Quizá es en esto en lo que más nos parecemos. Este hombre está muy solo: su familia la componen Bach, Coltrane, Bergman, Borges, John Ford... Y disfruta escribiendo en sus cuadernos sobre las cosas que le gustan. Mis cuadernos son así: entre poemas y pequeños relatos encuentras apuntes sobre lecturas y películas, la descripción de un cuadro, una nota sobre un disco de jazz, una reflexión sobre un filósofo... Yo planteo esta novela como un collage. Quizá el desarreglo emocional y probablemente psíquico del protagonista encuentra cierta correspondencia en la arquitectura de la novela. He buscado un sentido del desajuste y el desequilibrio, potenciar lo lúdico, lo gratuito y el contraste. Como lector me da pereza la novela perfectamente calculada, matemática, en la que todo ajusta y que es como un mecanismo de relojería. La literatura tiene que parecerse a la vida, y la vida no es así. 

P. El narrador es un escritor que no acaba de escribir, ¿Es acaso un “letraherido”?

R. Es un letraherido que escribe contra sí mismo y quizá como defensa, porque teme que sea la vida la que lo escriba o lo desescriba a él. Considera la vida en términos de sueño o parpadeo, que es una idea barroca, y también de irrealidad. El hombre contemporáneo es profundamente irreal. La irrealidad de este personaje empieza en el hecho de que ni siquiera sabemos su nombre: quizá no lo tiene. La soledad se inventa espejos, como dijo Juan Marsé, y este hombre se inventa muchos y los más decisivos tienen que ver con la escritura. Porque la escritura es una respiración alternativa. La literatura tiene que despeinar la vida, desajustar o mostrar el desajuste de lo que parece ajustado. También creo que los mayores talentos literarios de la Historia han sido, de alguna manera, escritores imposibles, empezando por Homero, del que ni siquiera sabemos si existió. Solo desde esa condición -pienso en Cervantes, en Whitman...- puedes llegar a ser un escritor total. Hay que escribir desde la fractura, desde la amputación o la carencia. La escritura es el viaje de los que perdimos el tren.

P. A veces, el humor se convierte en herramienta o de pasmo o de conocimiento...

R. El humor tiene que ver con el escepticismo y con la lucidez. El filtro irónico me parece esencial a la hora de relacionarte con el mundo. También es sano tener una cierta capacidad autoparódica. No pasa nada por desacralizar el yo: todos somos parodiables y en el fondo un poco ridículos. Últimamente he leído mucho a Plauto y Aristófanes, y siempre a Oscar Wilde... El humor conecta con la inteligencia y sin duda es una herramienta de conocimiento. En la literatura española no está muy presente. 

P. ¿Temes alguna “represalia” en estos tiempos de corrección política? ¿Puede tacharse tu novela de misógina o algo así?

R. Un escritor no puede ceder a la coacción del pensamiento correcto. Yo reivindico la necesidad de molestar y ser molestado. No podemos aspirar a que todo lo que leemos, escuchamos o vemos concuerde con nuestra sensibilidad o nuestra manera de ver el mundo. Me parece que la sociedad actual está cultivando una piel demasiado fina... Creo que en la literatura debe y puede caber todo. El protagonista es ante todo un mutilado emocional y un solitario irredento. Le cuesta establecer relaciones afectivas y lo que busca es estar menos solo de vez en cuando. Algunos de sus comportamientos son cuestionables. Me gustan las novelas que me plantean personajes cuestionables. Pienso por ejemplo en El extranjero de Camus o El túnel de Sabato. Me interesan las narraciones en las que la peripecia de un personaje te da pistas sobre el sistema de valores y contravalores de una época o un lugar. La deshumanización posmoderna está en Tinder. Pero yo no escribí la novela en clave moral y tampoco hago una lectura moral de ella. La posibilidad de que moleste a bien pensantes y vigilantes de lo correcto no me inquieta, más bien me motiva.

La sociedad actual está cultivando una piel demasiado fina

P. Radiografías a “la choni”, a la chica de barrio sin muchas pretensiones. Lo haces casi como un entomólogo, con cierto prurito científico en el análisis…

R. Es algo que surgió en el proceso de escritura. En esta novela no hay calculadora, yo me puse a escribir sin notas, sin método, a tumba abierta, confiando en la intuición. Evidentemente descarté muchas ocurrencias, pero otras las integré con mayor o menor desarrollo. Me puse a escribir sobre las “chonis”, tiré del hilo y me salió una especie de pequeño ensayo sobre el tema en el que se imponen el humor y el tratamiento literario, sin pretensiones sociológicas...  

P. El protagonista bebe en los bares, también escribe y lee en ellos. Eso casi ya no se ve…

R. Por la pandemia y por circunstancias personales, pasé el otoño/invierno de 2020/2021 casi sin salir de casa y del ámbito de mi barrio. En febrero de 2021, coincidiendo con el inicio de la escritura de la novela volví a la ciudad, a los barrios, a las plazas, a los bares... Todavía había restricciones. Yo siempre he leído y escrito, sobre todo poesía, en los bares. 

P. El bar de barrio como microcosmos. Dónde están los meteorólogos, los presidentes de gobierno y los seleccionadores de fútbol….

R. Sí, y los filósofos románticos... Hay una poesía del bar de barrio con su fino polvoriento, su calendario del año anterior y sus patatas Moyano. En estos bares ya no hay periódicos y ahora se puede pagar por Bizum. Pero todavía te encuentras al obrero que se toma la cerveza del mediodía y con su cansancio y su lenguaje, y mirando el reloj a ver si le da tiempo a tomarse otra, dice cuatro frases que son una lección de sentido común y de sentido de la realidad. Y te das cuenta de que, con su dolor y su lirismo, con su luz y su calambre, eso la vida. 

Hay una poesía del bar de barrio con su fino polvoriento, su calendario del año anterior y sus patatas Moyano

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