La vida en un trasplante ( y III)

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La medida del resultado de algo tan complicado como un trasplante de riñón la dan, sin embargo, los gestos tan sencillos y cotidianos que Pablo había dejado de hacer. Es el segundo día de su postoperatorio en una habitación en aislamiento y a través del cristal lo dice todo con uno de esos gestos. Botella de agua en mano, dice: “Sin límite”. Y bebe. Bebe por fin el agua que le apetece. Hacía demasiado tiempo que no lo podía hacer.

Y a eso le acompaña otro gesto sencillo que, en boca de sus familiares se palpa como un logro inalcanzable hasta hace tan solo unas pocas horas. “Papá está haciendo pipí desde el primer día”. Es la sencillez de la naturaleza, que ahora se esperaba como un logro cuasi milagroso. Los gestos cotidianos que Pablo apenas podía hacer antes y que ahora se celebran como una fiesta, entre su familia y con la alegría empática de los sanitarios que le atienden.

A su habitación sólo está permitido el paso de los médicos y con todas las precauciones posibles. El aislamiento es el precio que ahora debe pagarse mientras el riñón se acomoda a realizar sus funciones en un nuevo cuerpo. El proceso es delicado, lento a veces a ojos de quien espera fuera, pero paulatino y ajustándose poco a poco al nuevo organismo, según lo previsto por la doctora que vigila la recuperación de Pablo.

A escasos metros de esa burbuja de aislamiento, en una habitación de hospitalización convencional, su mujer se recupera también de su operación. El ánimo la sigue acompañando y, saber que el riñón que le ha donado a su marido ya ha comenzado a realizar sus funciones, acelera su propia recuperación. En cuanto puede, aprovechando la cercanía de las habitaciones, va a ver a Pablo a través del cristal. A darle fuerzas y energía positiva de esa que ella irradia, para que su marido sobrelleve mejor las largas horas en soledad. Y cuando no pueden verse, la tecnología hace su parte de trabajo: se mantienen comunicados, acompañándose, a través del whatsapp de sus teléfonos. Mensajes de ida y vuelta que reconfortan, donde la preocupación por ver cómo irá todo aflora a la vez que la paciencia para sobrellevar estos días.

A Rafi, las molestias propias de la intervención le acompañan un par de días pero, al tercero, ya es dada de alta. Su generosidad ha ganado de largo la batalla y, ahora, ya solo volverá al hospital para acompañar a su marido durante los días de postoperatorio que aún le quedan a él. Vuelve a casa, para descansar, pero no quiere estar lejos de Pablo. Su casa no es su casa sin él aún, así que, pronto está de vuelta al hospital. Y allí estará hasta que salgan ya juntos definitivamente.

La adaptación del nuevo riñón de Pablo pasa por pasos lentos. Unos para delante, alguno para detrás. La doctora trata de explicarles que es lo habitual, el engranaje de un nuevo órgano en otro cuerpo tiene que acoplarse, y es un proceso lento. Pero muy estudiado. Y, sobre todo, muy logrado en este hospital desde hace ya 30 años. La objetividad de esa experiencia tranquiliza a la familia, pero su corazón lo que desea es que todo se acelere y no haya más sobresaltos.

Han pasado ya diez días y los médicos controlan en cada momento el progreso de Pablo. El de su riñón y el del resto de su organismo: la circulación de sangre tras el baipás sufrido, la tensión que sube si la presión se eleva porque no se elimina todo el líquido que se debería, su diabetes… Análisis, ecografías y todo tipo de pruebas van guiando el ajuste de todo el engranaje. Todo se va normalizando, poco a poco, como cogiendo ritmo. “Es el rodaje de un coche nuevo. Pues igual”, se autoconvencen en la espera los familiares. Y mientras, cada día que pasa, Pablo toma todo el líquido necesario y su riñón hace su trabajo. Ya se ha hecho a él, ya es suyo. Y le acompañará de aquí en adelante.

Al fin, una nueva vida en casa

Cumplidos ya los quince días desde la operación, el horizonte lo marcan los últimos análisis que le hacen a Pablo. Están a la espera de sus resultados y, si todos los niveles están bien, podrá al fin salir del hospital. La tranquilidad ya hace unos días que les acompaña. El día a día de Pablo y su nuevo riñón ya se ha normalizado y, a falta de los últimos detalles, en la cabeza de todos sobrevuela la posibilidad real de volver ya a casa.

“Todo está bien. Le vamos a dar el alta”. Las palabras que esperaban han llegado y, ahora sí, la salida del hospital, para Rafi y Pablo ya es una realidad. En casa le esperan sus hijas, sus nietos, y la nueva vida que ambos han recuperado con la donación y el trasplante. Pablo, en primera persona, pero Rafi también, regalando generosidad para poder disfrutar juntos de una vida plena.

Por delante quedan las revisiones médicas habituales. Pero, sobre todo, por delante comienzan a recuperar su día a día. “El cambio de vida es total. Poder beber y prácticamente comer de todo…”. Es lo que anhelaba y lo que ya puede hacer. “Es un cambio de vida 100%. De tener que depender de una máquina, de un tratamiento, de restricción de líquidos y de todo, a hacer prácticamente tu vida normal, la diferencia es total”, explica Pablo, feliz.

En su casa, por su barrio, han recuperado su día a día. Y también más allá. Meses antes, Pablo y Rafi lamentaban que el deterioro había llegado hasta impedirles ir a visitar a su propia familia. Ahora, el cambio en sus vidas se mide en la sonrisa con la que miran al futuro: “Ya tenemos reservado un viaje para las vacaciones”.

Pincha aquí para ver el primer capítulo ‘La vida en un trasplante (I)’

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