El Factor Humano | La Pandemia según Marina: “Nadie debería morir solo”

Marina Rodríguez | MADERO CUBERO

Marina Rodríguez es doctora en Medicina Intensiva y trabaja en el Servicio de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI, seguro que les suena mucho esa palabra) del Hospital Reina Sofía desde hace varios años. Tiene 50 recién cumplidos en diciembre –hubiera querido hacer una buena fiesta con sus amigos para conmemorar ese aniversario tan redondo, la había pensado, diseñado; pero no ha podido ser por culpa de las restricciones de movilidad y asociación que todos soportamos en estos tiempos y que ella, aunque de forma crítica, respeta-. Es madre de un hijo de 14 años que estudia la ESO, hipersensible y con ciertas necesidades especiales a las que una madre tiene que estar atenta. De todo este periodo de “tralla” laboral y personal es una de las cosas que peor ha llevado: no estar a veces suficientemente atenta a su hijo, saturada por el trabajo.

“Tardé un poco tarde en darme cuenta de que soy, entre otras cosas, madre, cuando mi hijo empezó a darse cuenta de que ´mami no estaba normal´, porque yo regresaba a casa después de turnos muy duros en mi servicio y me ponía en el ordenador a documentarme con artículos o a elaborar protocolos”, nos cuenta.

Miedo no, angustia

Marina nos confiesa que “nunca ha sido de mucho llorar”; pero que ha habido momentos duros durante el año pasado en que sí lo hacía y, hasta esto, podría sorprender a su familia y a sus seres más cercanos.

“Porque ha habido momentos en los que pasas angustia” ¿Miedo?, le repreguntamos, y nos insiste y aclara: “no; miedo no, porque tenemos el conocimiento, pero sí angustia de no saber si vamos a poder darle cobertura a quienes lo necesitan. Y se pasa mal con esa sensación”.

De todas formas, la doctora confiesa que “hemos tenido que hacer muchas cosas a la vez; afortunadamente ya vamos teniendo conocimiento sobre el tema y cree que sus compañeros –y ella- ”han estado a la altura“.

Desde dentro y desde fuera, la doctora Rodríguez no rehúye la crítica. Por ejemplo nos cuenta que “debemos aprender qué es de verdad lo valioso, que hay que destinar el 200% de lo que haya a la sanidad y a la enseñanza; que es lo que de verdad importa en una sociedad”. “Un país no es, al menos no lo es exactamente, la Casa Real o a qué hora abren los bancos; sino quien barre la calle, quien le da clase a tu hijo o quien te cuida. En momentos así, eso hay que verlo”.

Le apunto a la doctora que ahora ha habido mucha gente que ha escuchado el acrónimo “UCI” y lo ha relacionado con COVID y ya está. Y nos aclara lo que ya deberíamos saber, que en la UCI “ingresan personas con enfermedades crónicas, pacientes tras cirugías graves, infartos, socks sépticos… Existe lo que llamamos área polivalente en la que hay muchas casuísticas… Hemos tenido que hacer malabares…”

Compartimentos estancos

Marina lamenta que “siga habiendo compartimentos estancos” entre el ejercicio de las disciplinas científico-médicas y las humanidades. “El cuidado, el mimo, es muy importante”, nos dice. “Nadie debería morir solo”. Se muestra en ello muy crítica: “un hospital es un lugar seguro, no deberían haberse hecho ese tipo de restricciones a familiares de personas que no eran pacientes de Covid. Ahora se ha cambiado un poco, porque vamos aprendiendo”.

La doctora Rodríguez da la sensación de ser una persona optimista e informada que no desemboca en la definición que Mario Benedetti dio del pesimismo. Todo lo contrario, confía en sus compañeros más jóvenes, los médicos residentes, de los que dice “tomar energía” y a los que ella lo mismo les recomienda un artículo de la revista “The New  England Journal of Medicine” que un libro de poemas. “A pesar de la cara que me ponen”.

De hecho, al señalar la importancia que tiene el vacunarse, ella lo tiene claro y nos lo dice con vehemencia, con una sonrisa y parafraseando un verso de Alberti: “A vacunar, a vacunar, hasta enterrarlos en el mar”.

Y es que Marina es una ciudadana afincada en Córdoba a la que, en sus días de descanso, te la puedes encontrar en una butaca del Gran Teatro, en el mercado, en la librería o en Orive en un recital de Cosmopoética. Una ciudadana como usted y como yo –más o menos-, con sus angustias, sus responsabilidades, sus aficiones o su círculo familiar y de amigos.

Por ejemplo, al terminar nuestra conversación me ha dicho: “voy a freír unas papas para la caldereta de cordero que he preparado para que mi hijo, al salir del instituto, se la zampe”.

Y me ha soplado la calidad y el precio del cordero que vende su carnicero y la dirección de su tienda. Pero esto es off the record.

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