Diario del Confinamiento | Desperdicio 0

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Las cáscaras de los melones y sandías que nos comemos en verano se las echamos a los cerdos y a las gallinas que tenemos en la parte de atrás que, a su vez, o nos darán huevos durante todo el año o, tras reproducirse, les llegará su sanmartín.

Haremos matanza en invierno, invitaremos a primos y vecinos, y no desaprovecharemos nada de los marranos que se comieron las mondas de fruta durante todo el año. Salaremos sus patas, sus costillas y su espinazo, embutiremos su grasa en sus propias tripas, herviremos sus entrañas, coceremos sus jetas, sus morros y sus patas, pondremos a la plancha sus lomos, no dejaremos apenas nada.

Los huesos que sobren se los daremos a los perros, si los hubiera, si no, acabarán también fundiéndose con la tierra en el huerto de la que crecerán hortalizas, legumbres y más sandías y melones cuyas cáscaras volverán a ser devoradas por los cochinos y las gallinas.

Y sin que nadie lo llamara así en ningún punto anterior de la línea del tiempo, inventamos la “Economía Circular”.

Y nuestros antepasados, ellas siempre, sabían que después de un cocido y una pringá había un plato de “ropavieja” o croquetas o buñuelos o albóndigas. Que las lentejas menguantes crecían al día siguiente con un puñado de arroz, que cualquier comida sobrante sería relleno de una empanada.

Y sin que ningún ministerio, ong, institución “sin ánimo de lucro” (ja!) o fundación diseñara una campaña sobre “Desperdicio 0”, nuestras abuelas, tías y madres ya lo sabían y lo practicaban como lo más cotidiano y normal del mundo.

En el Día Mundial del Medioambiente, semiconfinado, me pregunto si esas campañas de “Desperdicio 0” sobre los residuos alimentarios podrían extenderse también al exceso de ciertos discursos, al derroche de palabrería sin valor alguno y a la energía que se desperdicia para nada.

Porque de eso sí que hay demasiadas sobras.

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