Polvo somos

Toc toc. Suena igual que tu madre al otro lado de la puerta. Ya no eres un niño. Tienes una vida. Eres responsable. Eres un adulto. Limpia tú tu cuarto. Ordena tus papeles. Dona tus juguetes. Descarta tus recuerdos. Unos lo merecen. Otros lo merecen. Descarta tus recuerdos. Mira tus papeles. Descarta tus recuerdos. Tira tus recuerdos. Tira tus recuerdos. Eres un adulto.

Si no, lo hará tu madre.

Y tu madre abrirá tus cajones. Y tu madre acercará la papelera al escritorio. Y se sentará en la mesa y hurgará en tus cajones. Y las cartas en añicos. Y los peluches en el contenedor de inertes. En la parroquia más cercana. En la casa de esos primos que nacieron más tarde. Y tu madre no tendrá miramientos. Y tus recuerdos qué son para tu madre. Y tus cuadernos del colegio reciclados. Y tus poemas de la adolescencia reciclados.

Así, sin miramientos.

A la basura con lo que no sirva.

Por ejemplo: toc toc. Es el ayuntamiento y es la casa junto al Arco del Portillo. No es un cromo de la infancia. No es un folleto de una excursión del instituto. Es memoria. Es memoria de la ciudad. Es memoria de generaciones y generaciones que han caminado bajo él. Son fotografías y fotografías ahora transformadas en pasado. Si no sirve, se tira. Si molesta, se tira. No se salva la fachada.

Es memoria. Es encanto: eso que se percibe y se transmite, que construyen los años, que no es artificial. Las aplicaciones web, las pernoctaciones, las altas posiciones en los listados internacionales, se nutren siempre de la historia. Pero la memoria no se toca: nadie paga una habitación de hotel y cena en un restaurante y toma una copa en una terraza por la memoria. Sí por algo que se vea. Sí por algo que se toque.

La memoria es de aire.

La memoria es volátil.

La memoria no existe.

Al menos, ya no.

Ya no existe la memoria en la casa junto al Arco del Portillo. De qué sirve esa casa abandonada. Qué memoria. Qué casco histórico. Qué patrimonio de la humanidad. Quién es la UNESCO. Viene la UNESCO a tu casa y te limpia la basura. Viene la UNESCO a tu casa con grandes bolsas grises a limpiarte la suciedad y las vergüenzas. No viene la UNESCO. Viene el ayuntamiento en fechas señaladas y demuele la casa por peligro.

Los recuerdos no se cuidan: se seleccionan. Los recuerdos no se salvan. Viene tu madre y los arroja con los folletos de publicidad y las revistas viejas. Nada tiene vigencia: todo caduca, todo se digiera mal. Los recuerdos no tienen fachada, no tienen raíces. Un golpe de viento los arroja al vacío. Un golpe de capricho los condena a la nada.

Las ciudades se cuidan. Con atención. Con mimo. Enferman si nadie les hace caso. Se pudren si nadie les hace caso. Se debilitan poco a poco, sus huesos delgados, su cabello finísimo y frágil, los recuerdos no existen, mira qué se hace con la memoria. Se quiebran. Amenazan. Y hay que derribar las ciudades, bloque a bloque, para volver a levantarlas al gusto de cada uno.

Quizá por eso. Quizá se han anticipado. Quizá han abierto el cajón antes de tiempo, y lanzado al reciclaje todas las postales de viajes ajenos.

Porque eres adulto. Porque tienes tu vida. Porque tomas decisiones. Entonces tiras una puerta. Tiras una casa. Tiras tus papeles. Tiras tu memoria. Ahí, en la papelera. Ahí, con los escombros. Ahí están tus recuerdos. Ahí, con la basura. La casa junto al Arco del Portillo. Piensa en la postal. Piensa en la memoria. Piensa en el silencio. Ya no existe: es silencio. Se cargan la memoria, aquello que nos une con quienes estuvieron antes, con quienes estarán después. La memoria es nada. Polvo somos sin memoria. En mierda nos convertiremos sin recuerdos.

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24 de marzo de 2013 - 07:00 h
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