Paraíso

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Salir a empatar es una derrota. Ganar es un milagro. Perder es lo de siempre. El fútbol es la medida del mundo. No hay verso más hermoso que un balón al larguero de tu portería. No hay canción más triste que un descenso. Es lo que hay y es lo que somos. Millones de adultos con el fin de semana embargado. Con el armario lleno de viejos disfraces de futbolista. Inventando valores que den a tu club, a tu sucio club, un suspiro de nobleza. Millones de adultos esperando en la calle a que el niño falle el pase para volver a sentir el balón en los pies, por un instante. Y devolverlo con seriedad, con innecesaria precisión, con esa magia imborrable del que sabe que dentro de cada pelota hay una llave que abre la infancia. No hay paraíso sin infierno. No hay cordobesismo sin duelo.

Mis colores son el blanco y el verde. Soy de un equipo que celebra la supervivencia. Solo siendo felices con lo pequeño podemos soñar con algo más grande. No hay prisa. En el fútbol no hay mudanzas, siempre las mismas cuatro paredes de tu club. En una casa en la que no recuerdas haber entrado, pero que ya será tu hogar para siempre. Estamos condenados a vivir en ese piso frío en invierno, caluroso en verano, con ventanas al patio interior, sin piscina, sin aparcamientos. Vecinas ruidosas. Llamadas de Orange a la hora de la siesta. Murciélagos anidando en la persiana.

El fútbol está lleno de rascacielos construidos con palos y cartón. Yo quiero las paredes finas de mi Córdoba, su arquitectura ingenua, su puerta que se arrastra, su lavadora huidiza, su humedad en la esquina del baño. Un segundo sin ascensor. El pasado sábado fui feliz y respiré tan profundo que casi me esnifo el disfraz al señor que va dentro de Koki. No sé qué nos traerá el futuro pero quizá no sea mejor que ese aplauso en el noventa a un equipo que celebraba como una Champions la más elemental de las gestas: quedarse como estaban.

Todo sucede de repente. Sólo el amor dilata las decisiones. Las ciudades se estrechan y los bares donde fuimos felices ahora nos resultan espacios irrespirables. Todo cambia. Nos cansamos por dentro. Cuesta despegarse de la cama. Acaba la temporada y ya sólo queda la incertidumbre. El futuro arde como la carne con tomate recalentada en el microondas. El fútbol es una búsqueda de nosotros mismos. Una lista de la compra llena de miedos. Es una cosa intrascendente que de repente ocupa el pecho y florece.

Hemos nacido para perder, mosquetera. Pero nos quedan las doradas cópulas. La apnea sentimental. Una ouija para invocar nuestro deseo, arrastrando el vaso al sí y al ahora. La lengua es el único músculo por el que estoy dispuesto a madrugar. Tirar para adelante y llevarnos lo que podamos. "Como los hijos de la mar". Lanzarme a tu sonrisa como un niño a la piscina, en pelotas y con manguitos. Encontrar la felicidad palpando los muros del laberinto. El fútbol es como la vida, pero ya se ha dicho muchas veces. Amar es una gimnasia melancólica. Acaba la temporada y hay que empezar de nuevo, pero el sueño a los postres nos vence y humilla. Llega el verano. Ficharemos peor que otros. La esperanza se irá poniendo del color de los álbumes de cromos en los escaparates de los quioscos, de ese azul rosáceo y triste por el sol.

Ser del Córdoba es hacer la ola con lágrimas en los ojos. Mi felicidad está preñada de ceniza. Han sido unos meses terribles. Temo más a la Segunda B que a mi madre de pequeño diciéndome que me iba a dar un aire tras intentar hacerla reír con una cucamona. El fútbol somos millones de adultos esperando a que nuestro equipo fiche a algún nigeriano eléctrico, a algún portero sin tatuajes, a un goleador de treinta y seis años. Es maravilloso este deporte. Se sustenta sobre la irrenunciable puerilidad de sus aficionados. Todos los años lo mismo. Volver a casa arrastrando la bufanda. Abrazarse a desconocidos. Afónicos y desconcertados. Peregrinación agridulce. Quedarse y permanecer.

Ahora que tenemos un ministro de deportes al que no le gusta el fútbol, es hora de parar esta maquinaria de escozor y sinsentido. Prohibir el césped y el cuero. Mandarnos a casa. Entregar el bombo, las cervezas sin alcohol, el bocadillo de chorizo, las elásticas... y rendirnos sin condiciones. Eso sí, si me hubieran hecho a mí ministro de deportes lo primero que hubiera hecho es quitar el césped artificial y volver a los campos de albero. Prohibir Nike y nacionalizar Luanvi. Cambiar los balones Adidas por los Mikasa. Ahí, curtiendo a la ciudadanía desde chiquititos. Un Mikasa duele más que el amor. Un Mikasa duele más que cualquier derrota. Aquellos tiempos, cuando el público se agolpaba de pie en la banda. El taco gastado. La sangre manchando las medias zurcidas.

Y ahora el Mundial. Qué pereza. Donde se ponga un Córdoba-Valladolid que se quite un España-Portugal. No podemos ver un capítulo de La que se avecina y luego uno de The Wire. En fin. Paciencia para la temporada que viene. Siempre hay un roto para un descosido. Acaba el fútbol pero llega el verano y con él los besos tras el mar. La arena fustigándonos las piernas. Mil formas equivocadas de comerse un Maxibon. Perseguir sombrillas por la playa. Señalar con el dedo a las medusas. Probarse el bañador como una sevillana el traje de gitana. Meter barriga. Tomarse una Cruzcampo casi a escondidas. Bajar las toallas de los altillos. Lavar la blanquiverde y guardarla, poniéndola en la balda del armario como una bandera sobre el ataúd de un caído. Enhorabuena, compañeros cordobesistas. Sonreíd. Nos vemos en un par de meses. Nuestro corazón pide a gritos un descanso.

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7 de junio de 2018 - 20:14 h
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