Gatos

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No me gustan los gatos. Ojalá encontrara algún placer en acariciar sus peluditas cocorotas, en despertar potreado por sus almohadilladas zarpas o en ser halagado por su ronroneo. Pero no. Sólo siento indiferencia hacia ellos. En el mejor de los casos me sacan una sonrisilla si son las mascotas de amigos. Una mueca falsa por respeto, casi por obligación. Jamás he dicho "aleja de mí esos bichos del demonio", pero soy muy de un "qué bonitos", dicho así con caída, con blanda complicidad, con delatora lentitud. Los acaricio por compromiso y luego los ignoro. Y ellos a mí.

En mi comunidad se han colado dos gatas, madre e hija. O eso me cuentan, porque yo no les he pedido el libro de familia. Un vecino las alimenta y han decidido vivir aquí debajo. Sus maullidos, a todas horas, me molestan. Por lo visto no puedo decir esto en voz alta. Por lo visto que me molesten los animales me sitúa en lado de los malos, de los gruñones, de los amargados. O eso han dejado caer cada vez que cuento mi sufrimiento con los felinos.

Doy ejemplos de bondad. Muchos niños juegan a todas horas en el parquecito que está justo bajo la ventana del estudio donde trabajo y, a veces, trato de concentrarme y hasta leer. Los niños no me molestan, ni sus balonazos, ni sus desmesurados llantos, ni sus agudos y agitados gritos. Convivo con todo ese escándalo infantil con un sonrisón estoico. Jamás les he mandado callar ni he ido con la cantinela a sus padres. Pero mira por donde, los gatos sí me joden. Oigo sus afiladísimos grititos, se me clavan en la cabeza. Los noto cerca y cuando me asomo se van, como fantasmas, y se esconden en las sombras, bajo los maceteros. Y ahí siguen con su canción triste. Como si en alguna parte de su pequeño cerebro animal supieran que no los aguanto y trataran de devolverme la ingratitud. "A mi gato sólo le falta hablar", dice siempre una amiga. "Si pudiera hablar diría COMER CAGAR FOLLAR", pienso. En eso los gatos y los seres humanos no somos tan distintos.

Odio al vecino que les da de comer, por amarlos así de lejos. Le han llamado la atención pero él dice que los vecinos que no queremos darle de comer a los animales no tenemos corazón. Que pobrecitos. Que tienen hambre. Sin embargo él los alimenta desde su ventana, lanzándoles sobras. Le han dicho que si tanto quiere a sus gatos que se los meta en casa. Pero los gatos siguen aquí, en las zonas comunes. Maullando a todas horas.

El pasado domingo, cuando ocupaba mi espacio en la cadena humana que se formó en torno a El Arcángel como protesta contra la gestión del Córdoba CF, escuché una conversación que me llenó de tristeza. Pasaron tres aficionados del club. Con mis colores. Y nos vieron allí tan serios, tan enfadados con la actual situación del club, tan en nuestro papel, que se rieron. "¿Y esos qué hacen?", dijo uno de ellos. "Mirar las obras del estadio a ver si las acaban ya", dijo el otro. Los tres rieron. Luego se escapó un lejano y perdido "payasos", que ya no sé a quién iba dirigido. Y yo seguí allí unos minutos más, convencido de que patalear es un derecho legítimo y que algo hay que hacer para mostrar nuestro desacuerdo contra el saqueo y contra el cutrerío con el que la familia González dirige nuestros sentimientos.

Son tiempos extrañísimos en los que mostrar desacuerdo se ha convertido en un capricho exótico. Como meter una jirafa en la corte de Madrid o decorar las paredes del piso de Fidiana con máscaras balinesas. Este hombre sensato que soy esconde un viejo gruñón que dará la cara más pronto que tarde. Pero aún conservo cierta dejadez con el entorno, como si la vida que me rodea no fuera conmigo.

Ahora, por ejemplo, veo el Real Madrid-Al Jazira en el sofá de casa. Los gatos maúllan bajo la terraza del salón. Hacen su llamada al particular Telepizza de la cuarta planta. Intuyo que el viejo ha respondido solícito a su llamada, se ha asomado y les ha dado algo de merendar. De repente se han callado.

El partido es de bombero-torero. A mí esto del VAR no me gusta nada, porque yo creo en la bondad del ser humano. El VAR, el 155, los hilos de Twitter… todos son lo mismo: desconfianza en el otro. Yo creía en los demás más que en mí mismo. Después empecé a utilizar los transportes públicos, a tener trato con los vecinos, y ahí descubrí que el hormigón sólo sirve para maquillar la jungla. Convivir es una trampa. Los trenes, las reuniones de comunidad, las comidas del trabajo, las gradas del estadio… cerraduras a través de las que observar las miserias de lo ajeno. Sus inquietudes y sus pasiones.

Intuyo que me acostumbraré a los gatos de la misma forma en la que muchos aficionados del Córdoba se han acostumbrado a la gestión desganada, al gobierno interesado, a las decisiones torpes, al jueguecito sobre la cuerda floja. Al principio molestan las cosas, luego van importando menos, y al final a lo mejor hasta les lanzo un trozo de pollo que me sobró del arroz o me abono de nuevo, aunque estos inútiles sigan al frente del club en Segunda B. Así somos, tan tenaces como caprichosos. Tan nuestros como de los demás. Hay luchas que no pueden ganarse. El cansancio nos vence antes de que el enemigo haya, si quiera, desenvainado su espada.

Lo que sí tengo claro es que se nos conoce mejor en lo que odiamos que en lo que queremos. Con tanto corsé social, con tanto libro necesario y serie imperdible, tengo claro que nuestros gustos se están homogeneizando y que la única esperanza está en lo que no soportamos. Hay algo auténtico en cogerle coraje a las cosas. Hay algo personal, único y hermoso en odiar. No me gustan los gatos. Lo siento. Y no me gusta que estén arrastrando al Córdoba CF al sótano húmedo y cochambroso del fútbol. Lo siento. No voy a cultivar mis manías, no soy tan soberbio, pero tampoco las voy a ignorar así de pronto. Sólo tengo una vida y me voy a permitir el capricho de expresarme con cierta crudeza. Para hacer amigos siempre nos queda el Twitter.

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13 de diciembre de 2017 - 23:25 h
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