Las vacas de Los Pedroches se están cargando el planeta

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El titular de esta columna es mentira. Quizás, el 10% de los que lo han leído han decidido pinchar en el enlace. El 90%, a lo mejor, ha seguido haciendo scroll en Facebook o Twitter, en el propio periódico, o ha decidido ver las fotos de Instagram de su primo en la piscina tirándose de bomba. Pero en su subconsciente algún día despertará ese: "pues no que leí en internet que la culpa de que nos asemos de calor o que no llueva es de las vacas de Los Pedroches".

El famoso informe del IPCC, el grupo de expertos de la ONU sobre cambio climático, señala que "el derroche de alimentos" (eh, aquí la clave) es responsable en un 10% (¿solo el 10%, eso no nos lo ha dicho nadie?) del cambio climático. Primero, compramos más de lo que comemos. Punto segundo, en ocasiones comemos más de lo que debemos. Y eso es salud. Punto tercero, tiramos a la basura comida que alimentaría de sobra al Tercer Mundo. Vamos a corregir el titular:

"La forma en que compras alimentos y la cantidad de ellos que tiras a la basura se están cargando el planeta (en un 10%)".

Lamentablemente, viví muy de cerca la crisis de las vacas locas. Jamás hubo una vaca loca aquí. Todas estuvieron en Reino Unido y en Francia. Pero la gente dejó mágicamente de consumir carne de ternera por lo que veía por la tele. Tenían miedo. El sector se arruinó. Hubo ganaderos en bancarrota, miles abandonaron sus explotaciones y carniceros que tuvieron que echar la persiana. Temo que ahora pueda acabar pasando algo parecido. Está la opción del veganismo (que respeto y hasta comprendo, pero no intentéis convertirme, por favor). Pero culpar a las vacas del cambio climático me parece una canallada.

El 90% de la culpa del cambio climático también la tienes tú. Pero no por comer carne. O no solo por comer carne, claro. La tienes por preferir la ropa barata a la cara, por aprovechar los vuelos baratos para viajar a Roma o París, por preferir un coche diesel (más barato el combustible, al menos antes) a un Tesla chachi hípercaro, por vivir en una ciudad donde necesitas tener casi siempre encendido el aire acondicionado, por necesitar fruta fresca fuera de temporada o por tener la costumbre de calentarte en invierno y que las eléctricas prefieran generarte la energía quemando petróleo o carbón en vez de con fotovoltaica o eólica.

Pero ahora, quizás, hay alguien al que le interese que la culpa la tengan las vacas. O que los urbanitas de ciudad incapaces de distinguir entre una cabra y una oveja sin mirarlo en Google sean los que ahora dicten las normas de una corriente llamada especismo. Para todo eso, es tarde. Habrá gente que dejará de comer carne, especialmente de vaca (jamás lo entenderé, cuando el peor estiércol es el de pollo o gallina, y cuando las granjas que más contaminan siempre son las porcinas). Mucha. Y seguirá mirando para otro lado, mientras aprovecha una oferta barata para pasar un fin de semana en Roma (adonde va en avión, claro), no le importa de dónde viene la electricidad que ilumina su casa o que haya gente en el tercer mundo que no se pueda permitir ni siquiera la opción de ser vegetariano.

Y un bonus: dejar de comer carne puede provocar una catástrofe ambiental. Las personas no son capaces de digerir el pasto, por ejemplo. El 70% del planeta es pasto. Si el ganado no se lo come, ¿vamos a arrasar con él para sembrar quinoa? Muy sostenible no es la idea.

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10 de agosto de 2019 - 15:15 h