La ciudad de los pegos

No sé si lo saben, pero la palabra 'pego', tan cordobesa ella, tiene un origen en una deliciosa historia, que recuperó Manuel Harazem y que recomiendo aquí encarecidamente. Léanla, y quizás después comprendan algo mejor esta ciudad, a la que tanto le gustan los pegos. Creo que como a cualquier otra, la verdad. Pero aquí por lo menos las tonterías tienen un nombre propio, incomprensible en cualquier otra parte de España: el pego.

Es agotador comprobar cómo en esta ciudad importa más un pego que una iniciativa de verdadero calado, y cómo se generan debates absurdos, con origen desconocido, pero que se convierten en verdades absolutas.

Primer pego del verano: el cuadro de San Rafael. No quiero cuestionar el trabajo de nadie, pero hasta donde yo sé, y estuve en bastantes ruedas de prensa, a la alcaldesa nunca se le pasó por la cabeza retirar el cuadro de San Rafael del vestíbulo del Ayuntamiento. Sí que retiró, y lo defendió, el crucifijo de su despacho. Pero el cuadro nunca. Ni se le pasó por la cabeza. Pocas veces he visto correr como la pólvora una reacción ciudadana de una manera tan intensa como por la supuesta retirada del cuadro, que dudo que haya visto alguna vez (más allá de en las fotos de los periódicos) el 99% de la población de la ciudad. El debate, si es que lo hubo, era otro. ¿Son necesarias las imágenes religiosas, que no artísticas, en lugares oficiales? En fin.

Segundo pego del verano: las vallas de la ciudad deportiva. Son como niños. El Córdoba se agarra a la cesión del solar para construir la ciudad deportiva y con nocturnidad y alevosía va y valla una parcela (que todavía no es un solar, al menos a mí no me consta que se haya cambiado el PGOU en la zona) que considera suyo. El Ayuntamiento envía a la Policía para impedir el vallado. Días después, en otra acción pego, el Ayuntamiento se lleva los carteles, que no estaban mal puestos, según parece ser. El Córdoba aprovecha un día festivo para seguir vallando. El Ayuntamiento le vuelve a multar. El Córdoba veta al alcalde accidental la entrada al palco de un edificio, el Arcángel, que es municipal. Agotador. Y de fondo, nadie entra en el verdadero debate: El Córdoba es una sociedad anónima, ¿de verdad que a una empresa privada se le puede ofrecer suelo municipal gratis sin canon ni nada a cambio?. En fin.

Tercer pego del verano: las medallas militares de Antonio Cañero en el museo taurino. También es agotador explicar quién era Antonio Cañero fuera de los ruedos. Resulta que no se sabe muy bien porqué (bueno, algunos sí que lo saben pero no lo dicen) alguien no muy contento/a con el cambio en el Ayuntamiento decide colocar las medallas militares de Antonio Cañero en el Museo Taurino, en la sala que el Consistorio decidió dedicarle (ojo, tiene una sala gigante, y nadie, ni siquiera activistas de la memoria histórica, han protestado por ello, al considerar que se limita a eso, a su rejoneo). Pues bien. Esas medallas, que nadie entiende en un museo cuyo contenido expositivo intenta huir de lo rancio y que a mí me parece muy bien que lo haga, aparecen de repente en una vitrina. Ganemos monta en cólera y el Ayuntamiento decide retirarlas inmediatamente. Siempre se dijo que eran militares. Quizás lo militar se confundió con lo franquista. Quizás no eran franquistas. Pero Cañero fue militar y luego franquista. Y aunque haya una asociación que vaya por ahí escribiendo cartas al director y diciendo que apenas si estuvo cuatro días en la guerra, es algo que la historia desmiente categóricamente. Cañero no solo participó de manera activa en la retaguardia, creando un escuadrón que fusilaba gente (casi siempre, inocentes). Además, siguió en activo varios años. Solo hay que irse a la hemeroteca para comprobar que vestía el uniforme de la Legión y que acudía tanto al frente Norte como al Sur. Y no solo eso. ¿Cuántos cordobeses fueron a su entierro? No hay más preguntas, señoría.

En fin. La ciudad de los pegos. Y éstos solo han sido los tres que más portadas se han llevado este verano. Habrá más. Y un pego, ya saben, primará sobre las noticias realmente importantes, las que cambian la vida de la gente. Pero esas, quizás, son las que menos interesen. O no.

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Publicado el
22 de agosto de 2015 - 14:56 h
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