Sobre este blog

Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

Concentración de familiares de transportistas en las puertas de Mercacórdoba

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En 2018, en Francia, la llama prendió entre lo que se llamó Mouvement des gilets jaunes (el movimiento de los chalecos amarillos). De octubre hasta enero del 2019, los chalecos amarillos pararon Francia. Se detuvo a casi 7.000 personas en unas protestas que comenzaron por el alza del precio de los combustibles, por una crisis de precios y por el encarecimiento del precio de la vida. ¿Les suena? Finalmente, Macron decidió apartar su reforma fiscal que hacía pagar al diésel la factura de la adaptación del país al cambio climático.

Esta semana, ha surgido en España una protesta por el brutal encarecimiento de los combustibles que se concentra en el transporte por carretera. Como en aquel movimiento de los chalecos amarillos, no ha habido asociaciones oficiales en la convocatoria. Como entonces, el movimiento ha surgido desde la base al margen de estos colectivos, en los que muchos, dicen, no se sienten identificados. Y como en aquel momento, antes de optar por entender qué está pasando el Gobierno ha optado por descalificar al movimiento, asegurando que está todo orquestado por la extrema derecha. Los paralelismos con lo que pasó en Francia asustan.

Sí, la extrema derecha se ha colado dentro y probablemente tendrá mucho protagonismo en el futuro de este movimiento, como pasó en Francia. Pero no todo es extrema derecha, porque si todo lo es, ya nada es extrema derecha.

El movimiento es bastante más transversal de lo que parece, lo que lo hace muy importante y peligroso para el propio Gobierno si no se lo toma en serio. Muchos transportistas no están en huelga porque quieran, sino porque no le salen las cuentas. Llenar el depósito a estos precios para hacer un porte determinado no cubre costes. Es algo así como pagar por trabajar, o perder dinero por mantener la actividad, algo que nadie en su sano juicio está dispuesto a hacer. Solo las grandes empresas, las que aún tienen márgenes suficientes para sostener pérdidas durante un tiempo determinado, se pueden plantear seguir adelante. Pero el transportista medio, que en España, y en Córdoba, no deja de ser un autónomo con uno, dos o tres camiones a su cargo, no puede hacerlo.

Es cierto que el margen del Gobierno es escaso. A diferencia de Europa, circular en camión por España apenas tiene sobrecostes de peajes, lo que abarata los portes. Y la capacidad para retirar impuestos de los combustibles no es muy alta, aunque algo se puede hacer. Impuestos, por otra parte, que van al 50% a financiar a las comunidades autónomas, de ahí que no estén surgiendo muchas voces de presidentes poniéndose del lado de los transportistas.

El movimiento de los chalecos amarillos logró cristalizar en la Francia rural, que de repente se hizo muy conservadora. Los agricultores y ganaderos se sintieron abandonados por el Gobierno. Este domingo, se espera que de Córdoba lleguen más de 50 autobuses de agricultores, ganaderos y cazadores a una gran manifestación en Madrid. El campo se siente también abandonado en un momento en el que, precisamente, la huelga del transporte le está dando la puntilla.

El campo y el transporte son dos sectores clave para mantener algo en lo que se ha encastillado el Gobierno y la izquierda: las ciudades. Sin agricultores, ganaderos y camioneros los supermercados se quedan vacíos. No solo dejará de haber aceite de girasol, pescado fresco o leche. Tampoco comida.

El futuro empieza a parecerse mucho al pasado, a la eterna lucha entre el mundo rural y el urbano, en el que el segundo quiere decirle al primero lo que tiene que cobrar, cuándo hacerlo, lo que tiene que pensar y cómo tiene que vivir. Y cuando el mundo rural se rebela es que está auspiciado por la ultraderecha. O algo así.

No es difícil de comprender que para que existan las ciudades tiene que haber un mundo rural sano, contento, bien pagado, digno y ordenado. Y que el sector primario se llama así por algo: es vital para la vida misma.

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Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

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