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La caja de puros

Manuel J. Albert

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Un día cualquiera. La puerta del Ministerio se abre. Él entra. No pasa los controles porque ya le conocen de sobra. Sonríe a los agentes, a los bedeles y les saluda levantando el brazo derecho. Ligeramente, solo. Porque lleva una bolsa. Hoy es de papel. De una firma cara de ropa. Mucho envoltorio para un paquete que no parece muy grande. Él desaparece

por los pasillos enmoquetados.

Va solo. Conoce el camino. Cruza un patio. Dos. Tuerce a la izquierda. Y se topa con el despacho de la secretaria. No hace falta abrir la boca. De nuevo la sonrisa. De nuevo el arqueo de cejas. Y la brisa de la colonia de hombre que alegra la nariz de la mujer. Ella levanta el dedo índice de su mano derecha, deteniendo el tiempo. Él ha detenido su marcha con la misma diligencia con la que la inició. La empleada coge el teléfono con la mano izquierda. No le hace falta marcar ninguna tecla. Su voz fina musita al interlocutor. Se ríe mientras el tipo de la bolsa se atusa el pelo engominado, se reafirma la chaqueta y mira la hora en un reloj tan grande como el puño de su camisa.

Son las 12 en punto. La hora convenida. Ni un minuto más.

Ella cuelga. Sigue sonriendo nerviosa. Sigue sin abrir la boca. Nadie lo hace. Nadie dice nada. La secretaria rodea su mesa, pasa por delante del hombre enchaquetado, respira el intenso perfume que le rodea como un aura y abre la puerta del despacho principal.

El hombre con barba y con gafas parece trabajar al otro lado del escritorio. Levanta los ojos y mira por encima de las lentes. Sonríe adelantando sorprendentemente su barbilla. Es alto y se mueve con un vaivén al que ya se ha acostumbrado el recién llegado. No es la primera vez que cruza el despacho.

Mudos, los dos se acercan el uno al otro, empujados por sendas sonrisas. La de uno parece a punto de dislocarle la mandíbula. La del otro le ha congestionado de tal forma la cara que podría derretir la brillantina de su pelo. En mitad del gran despacho, junto al sofá rinconera, tapizado en estampados, se encuentran. Se dan un abrazo solo de brazos, manteniendo la distancia masculina a la altura de sus cuatro codos, bien agarrados por las manos del otro.

Tras unos segundos, el hombre perfumado se agacha ligeramente, estira su brazo izquierdo y el enorme reloj que marcan las 12 y dos minutos sale a la luz; chocando directamente con uno de los rayos de sol que entran por el enorme ventanal y que, dorado y brillante, ciega los ojos del hombre de la barba. Éste recibe la bolsa y su contenido sin prestarle atención, más atento a las lucecitas de colores que habitan durante segundo en su vista

Los dos se ríen nerviosos. Se miran. Se dan la mano. Y se despiden.

En el despacho, el hombre de la barba saca la caja de puros de la bolsa de marca de ropa cara. Es una caja sin precintar. Ya se ha abierto. No le preocupa. Se acomoda en el sofá rinconera. Enciende el puro tomándose su tiempo, disfrutando de la llama sincopada que acompaña a sus caladas. El perfume de quien se acaba de ir hace rato que murió asfixiado por el aroma del tabaco. No importa. Nada de eso importa. Estira las piernas y pone los grandes zapatos de cuero negro encima de la mesa de cristal. A la derecha, la caja de puros sigue abierta. Ya no hay puros. Pero sigue llena.

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