Cosmopoética ha vuelto

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Parece que Cosmopoética ha vuelto a parecerse a sí misma y está bien eso… pero no tanto. Tuvo el festival hace ahora 13 años unos inicios brillantes, recuperó el placer de las palabras y nos mostró lo evidente, que sirven para reinventar el mundo, cualquier mundo. Vimos una poética diversa, cotidiana y vibrante, que encontraba acomodo en las cárceles, los colegios, las plazas, que alternaba los talleres de barrio con las figuras, las palabras con las imágenes. Sectores amplios se identificaron con aquella forma elegante y sutil de ser ciudad, sin las vacuidades del city branding ni los tópicos del casticismo, un gran descubrimiento en el momento en que Córdoba se preparaba para su particular asalto a los cielos de la capitalidad europea de la cultura.

Se perdió la capitalidad y en algún vericueto Cosmopoética perdió el hilo también. De repente parecía un festival como los otros, una sucesión de eventos faltos de convicción, una hoja más de la agenda aquella de las 16 citas, con su vuelta a la ortodoxia de los recitales y las entrevistas. Este año la gente volvía a preguntar, a curiosear por el programa, a contarse si se verían en el Góngora o en Orive, a escribir poemas en las redes. Consiguió eso el festival, y ha conseguido fijar un espacio central para la propuesta, la manzana de Orive, una manzana que tampoco es la promesa que nos hicieron, otro proyecto detenido más, varado entre desidias y excusas.

Pero como bien saben los poetas, no hay tema más recurrente que el paso del tiempo, y aquí tampoco ha pasado en balde. Había algo de autohomenaje en los sombreros, las perchas y el sofá de invitados; a veces la obsesión por recuperar lo que fuimos nos hace no caer en la cuenta de lo imposible de la tarea, y no damos lo mejor de nosotros, no leemos del todo el tiempo en que vivimos, lo que hoy podemos ser. Como antes dije, se nota el estancamiento de Orive, los espacios públicos han sido poco frecuentados, han faltado propuestas para contar con una ciudadanía activa, y no está claro cómo atraer las enormes periferias que la poesía aún suscita.

Dados los plazos y circunstancias con que han trabajado los organizadores creo que el resultado ha sido muy bueno, que Cosmopoética ha vuelto, pero que al modelo de gestión en que se sustenta el festival le saltan las costuras. El festival necesita de un trabajo permanente, de una presencia estable en la ciudad y en el exterior, una labor de tejido lento de esos grupos sociales a los que no llega y que son imprescindibles, algo imposible de realizar con una licitación anual que se resuelve pocos meses antes de la cita. Necesitamos recuperar la confianza y volver a tener la osadía que otros tuvieron y, lo que es muchísimo más difícil, conseguir que los responsables institucionales respondan impulsando un modelo de gestión a la altura del festival. A ver si con el estruendo de los martillos hidráulicos alguno se inspira.

Nota: En la imagen, detalle de la obra de Inma Naranja dentro del programa Express, de Cosmopoética 2016

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Publicado el
11 de octubre de 2016 - 06:06 h
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