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El alcalde que acabó con los cines de verano

El alcalde de Córdoba, José María Bellido, en una imagen de archivo

Ángel Ramírez

30 de junio de 2026 19:58 h

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La política tiende a la simplificación, necesitamos imágenes sencillas que nos cuenten bien lo que significan las cosas y los tiempos. Al final la memoria va seleccionando y se queda con lo que le sirve, lo que aporta más información desde una aparente sencillez. Digo lo de la simplicidad porque al final una o dos imágenes, algún adjetivo, es lo que queda para la historia de la mayoría de los líderes políticos. Zapatero es el presidente que aprobó el matrimonio homosexual, Aznar el que nos metió en la guerra contra Irak, y nuestro José María Bellido va a ser, si las diosas y los vecinos no lo remedian, el alcalde que acabó con los cines de verano.

Los cines de verano llevan cien años en Córdoba, el San Andrés es el más antiguo del país en activo. Fue una forma habitual de socializar de la España del siglo XX, pasar las noches de verano viendo cine en cualquier descampado, terraza o hueco que la ciudad nos permitiera. En Córdoba se consolidaron en espacios del casco histórico y es uno de esos pequeños milagros que dan personalidad a esta ciudad. Sobrevivían a todos los cambios tecnológicos y sociales, y nos ayudaban a sobrellevar el insoportable calor, la soledad a que este te obliga, dándonos la oportunidad al final del día de ver películas en formatos que ya es imposible encontrar a la vez que veías a los amigos y disfrutabas de la noche. Era, aún es, el veraneo de los que no tienen veraneo.

Demasiado bonito, alguien tenía que venir a prohibirlo. Primero fue un empresario de su tiempo que quiso ganar mucho dinero y muy rápido, y los cines de verano, tan valiosos, para eso no sirven. Y después ha sido al alcalde, hasta hace no mucho un político de la escuela de Moreno Bonilla, en transición hacia el otro rostro de la misma cosa. Sin que nunca el Partido Popular ni nadie haya planteado la más mínima objeción a los cines, sino todo lo contrario, José María Bellido dijo que los cines (tres de los cuatro supervivientes) ni tienen licencia ni pueden tenerla, y que el Ayuntamiento iba a intentar comprarlos para convertirlos en islas verdes, pero nunca cines de verano. Esto lo hizo después de renunciar por dos veces el Ayuntamiento a quedarse con los cines, por 400.000 y 300.000 euros en cada ocasión, así que no los quiso ni regalados.

Por qué un alcalde en su sano juicio se empeña en prohibir lo que todo el mundo valora, y muchos disfrutan es una buena pregunta. La explicación más sencilla es ver qué ha ocurrido con los espacios que ocuparon los más de 50 cines de verano que hubo en la ciudad en el pasado siglo. Alguno se ha convertido en parque o espacio público, pero muchos de ellos son ahora viviendas o equipamientos comerciales, un caramelo en el tan colmatado casco histórico que seguro que interesa a mucha gente cercana al Partido Popular. Descartamos que realmente le interese lo de las islas verdes, así que de no ser la explotación económica de esos espacios, solo se me ocurre alguna suerte de crueldad contra esas personas que deciden vivir en el casco histórico como una reserva comanche, con sus tics antiguos y su defensa del espacio público, en lugar de aceptar su función de extras en las nuevas funciones del casco, un enorme decorado/hotel para que los turistas acostumbrados a Punta Cana vivan un todo incluido sin atavismos.

Hacemos Córdoba manifestó hace unos días que “Bellido pasará a la historia como el alcalde que dejó desaparecer los cines de verano”, permitiéndole esa imagen de liberal defensor del laissez faire laissez passer tan caro al morenismo, políticos que simulan poco hacer y que supuestamente dejan que las cosas sucedan o dejen de suceder (otro día acabaremos con ese mito, analizaremos lo mucho que hay que hacer para que nuestros hijos no puedan alquilar la vivienda que necesitan, ni realizar los estudios que desean). La realidad es que los tres cines han cerrado porque lo ha querido así Bellido (aún no hay ni un solo informe técnico que sustente la posición), por su acción, no por su pasividad.

Cuando salgan estas letras ya habrá habido una primera reunión de los colectivos vecinales para organizar la defensa de los cines, y se habrán sucedido diversas acciones en la ciudad con el mismo fin. Como a pesar de que nuestros dirigentes nos traten así somos buena gente, deberíamos hacer todo lo posible por evitar que nuestro alcalde pase a la historia como el que acabó con los cines de verano. Para eso habrá seguro una plataforma, muchas invitaciones, las plazas, las noches, y el único superviviente, el Coliseo San Andrés. Ahí nos vemos.

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