'E la nave va' (a punto de naufragar)

En 1983 se estreno E la nave va, una película de Federico Fellini. A mí me conmovió. Comienza con unas secuencias en blanco y negro. Sin voz (la modernidad no se ha inventado hace seis meses). Continúa con sonido y una espectacular música. Finaliza con un derroche de color. La historia tiene un hilo conductor en la figura de un reportero que está filmando. Ejerce, al principio, de narrador (Walter Benjamin tuvo que haber soñado con esta figura, cuando décadas atrás escribió su ensayo El narrador). Para los críticos de cine era un original homenaje a la historia del cine. Es mucho más. Estamos en la primera década del siglo XX. El reportero, Orlando, está filmando a un grupo de personas que embarcan en Nápoles, en un barco negro, para llevar las cenizas de Edmea Tetua, una diva de la ópera, hasta una isla del Mar Egeo. Entre los que acompañan las cenizas se encuentra su amante; el tenor Aureliano Fucciletto; la princesa Lherimia y su hermano el Gran Duque; un jeque árabe y todo su harén; la reconocida soprano Ildebranda (eterna rival de la fallecida); un actor de comedia que siente debilidad por los jóvenes marineros; un ruso que se gana la vida hipnotizando gallinas con su voz; dos ancianos y virtuosos maestros que interpretan una pieza de Schubert, jugando con el sonido que produce el roce de los dedos en las copas de cristal; dos monjas, barítonos, tenores, admiradores y..., un rinoceronte enfermo. Más tarde se suman al pasaje y tripulación, varios náufragos prófugos de origen serbio (sospechosos de ser anarquistas). A veces actúan ante la cámara del reportero/narrador, en otras ocasiones se les olvida que están siendo filmados. Tres escenas me causaron especial inquietud. La primera: los artistas, burgueses, potentados y compañía, se asoman a la barandilla de la sala de máquinas y compiten entre sí para demostrar quién canta mejor y más fuerte. Sus rostros son un espejo de miserias, rivalidades y envidias. La tripulación escucha embelesada. La segunda escena tiene un frío lirismo: la princesa Lherimia, que es ciega, va indicando con sus dedos los colores de cada sonido. En la tercera, al final, Fellini hunde el barco de un cañonazo, sin motivo aparente, al ritmo de un canto de ópera (Fellini siempre tuvo su propio camino). Nadie parece tener conciencia del naufragio. Un largo funeral de una burguesía y clases dirigentes que parecen ignorar lo que está sucediendo. Una metáfora eterna.

Nota: cuando se estrenó la película fue criticada por un sector de la izquierda más exquisita. La que marca las estrategias y concede patentes. También sufrió las críticas burdas de Berlusconi que denunciaba la ridiculización de los valores de la nación y sus élites. Los dos coincidían: Fellini estaba perdido.... Fellini era libre.

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16 de abril de 2013 - 04:50 h