No hay que temer a los elefantes (los conocidos y los que están por conocer)

Alejandro se quedó asombrado de la imponente presencia de los elefantes en el ejército de Darío III. Tal fue su sorpresa y temor que antes de la batalla de Gaugamela tuvo que realizar ofrendas al dios del miedo, Fobos. La rapidez de movimientos de su falange impidió la actuación de los elefantes. En el río Hidaspes lo tuvo, años después, más difícil; los elefantes del rey Poros causaron el terror de la caballería macedonia.

Publio Cornelio Escipión, en la batalla de Zama, se enfrentó con éxito a los elefantes de Aníbal abriendo pasillos entre sus tropas para que los elefantes se adentrasen al tiempo que provocaba un ruido ensordecedor y soltaba cientos de ratones. Los elefantes enloquecieron volviéndose contra sí mismos.

Durante el reinado de Ptolomeo II la ciudad de Megara (aliada de Egipto) es sitiada por los macedonios a cuyo frente se encuentra Antígono II. El macedonio lanza un grupo de elefantes contra la ciudad. Los megarenses reaccionan soltando una piara de cerdos a los que previamente habían untado de grasa y prendido fuego. Los elefantes, aterrorizados por los chillidos de los cerdos, salen en estampida y rompen el asedio. Después de esa derrota, Antígono decidió criar a los elefantes junto a los cerdos (esa convivencia dio buenos resultados).

El sultán Mehmud se enfrenta a las tropas de Tamerlán en las afueras de Delhi. Iba acompañado de decenas de enormes elefantes con sus colmillos impregnados de veneno. Tamerlán ordena cargar a sus camellos con paja y madera; les prende fuego y los lanza en estampida, como bolas de fuego, contra los elefantes. Los quejidos de los camellos (semejantes a profundos ronquidos) desconciertan a los elefantes que huyen despavoridos.

Hedodoto relata el asedio del rey asirio Senaquerib a la ciudad de Jerusalén. Ezequías, rey de Judá, soltó miles de ratones sobre el campamento asirio y estos, en una noche, fueron royendo todas las correas de los caballos, los brazales y los arcos. A la mañana siguiente la caballería, totalmente inutilizada, abandona el asedio y la intención de ocupar Egipto.

En el sitio de Stalingrado las tropas rusas contraatacan a los nazis soltando millones de ratas y ratones que se introducen en sus tanques (averiándolos) y terminan mordiendo los dedos de los pies de los alemanes. Es la conocida batalla de Ratenkrieg. Las ratas y los ratones se encargaron de los gatos nazis.

Nota:

Los aprendices de estrategas modernos deberían leer (o releer) las sorprendentes y acertadas descripciones que realizó el estoico Plinio el Viejo. Todo era observado por él y nada se quedaba en la mera y hueca retórica.

Plinio el Viejo es prolijo en descripciones del arte de la guerra. Es el primero que analiza detalladamente el chillido (y su efecto) de los cerdos en las batallas. Lo mismo hace con los elefantes. Su sobrino, Plinio el Joven, lo describe como un hombre alejado de la apariencia, la falsa alegría y que "consideraba perdido el tiempo que no podía dedicar a la reflexión, el estudio y el conocimiento".

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30 de junio de 2015 - 08:25 h