Céfiro nos abandonó una vez más

El forastero observa, en la ciudad, un cielo color ceniza. Sabe lo efímero que se ha vuelto su tiempo, mientras mira el reloj adelantado veinte minutos para ganar (y disponer) un poco de tiempo al vacío. Un tiempo que se va mimetizando en esas ráfagas de viento que de manera inquietante, repentina y descontrolada se están sucediendo. Les llaman rachas y los listos las humanizan con la expresión buena o mala racha (golpes de fortuna o desgracia).

El forastero cuenta a quien quiera oírle que estos vientos violentos, hijos de Tifón, se han vuelto a desatar sobre el planeta y recuerda la primera vez que eso sucedió: estaba Ulises en la isla de Eolia cuando el señor de los vientos le regaló un enorme odre de piel de buey, cosido con hilo de plata; en su interior estaban todos los mugidores vientos del mundo salvo Céfiro, el viento más suave de todos. El dios Eolo le rogó que no abriese el odre hasta llegar a su destino y... ¡ay!, la tripulación, pensando que el odre guardaba y escondía los tesoros que ambicionaba, lo abrió. Ya no hay noche para los vientos casados ni día para los vientos amargos. El Siroco se ha adueñado de los cielos, seco y caliente en África, húmedo y sofocante en esta feliz Europa. Desde el Estrecho, como un jinete veloz, sopla muy fuerte el Levante y nos trastorna y arrastra a personas y animales (incluidos forasteros). Del desierto sube el Harmattan, cargado de polvo que se introduce en nuestros ojos (perfecta coartada para asegurar que no vemos). Del centro de Europa desciende, con aparente suavidad, el viento Riesengebirg cuyo silbido constante nos impide escuchar (otra magnífica excusa para...). Ahora todos los vientos se parecen al conocido Sharav , abrasador y triste hasta quemar, que reinaba solitario y aislado en Oriente Medio. El forastero, que conoce el devastador efecto de estos vientos, los va nombrando uno a uno. Nada. Nadie escucha, todos tienen prisa y el ritmo vertiginoso del tañido de las campanas (y de las sirenas) impide identificar cada uno de los nombres de los vientos. El forastero, con ojeras de no dormir, prepara su despedida clandestina (una más), mientras espera, infructuosamente, la llegada de una corriente que proveniente de el Cabo de Buena Esperanza dicen que limpia el aire. Ojo de Buey la llaman.

Un joven, al que le late muy fuerte el corazón, se acerca al forastero y le pregunta: ¿qué hizo Ulises para soportar el azote de la tempestad? Este contestó: resistir, resistir...

Etiquetas
Publicado el
6 de noviembre de 2012 - 03:47 h
stats