Comida de avión

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Hace dos años saltó la noticia de una persona fallecida y la demanda de su familia al achacar como causa la cena en un vuelo. Hablamos de un caso extremo, claro está, pero que nos hace ver lo difícil que es mantener calidad en las miles de bandejas de cenas o almuerzos que vuelan de un continente a otro. Volar y comer bien nunca han estado unidos. La imagen de platos recalentados, salsas plasticosas y postres no identificados es habitual. Míticos son los zumos de naranja con sabor a Frenadol, aunque advierto que la evolución de la química ha obrado milagros.

Es difícil lograr comida de calidad en un vehículo cerrado, con aire enrarecido, sequedad y la presión trastocada a 11.000 metros de altura. Nuestra nariz se reseca y el aire acondicionado convierte en zombies nuestras papilas gustativas. Se han estudiado reacciones ante, por ejemplo, el eterno zumo de tomate. Su acidez se atenúa si lo bebemos en vuelo, una prueba de que, montados en un avión, nos convertimos en sujetos con lenguas de trapo y nariz confusa.

Otro problemón es el logístico. Las comidas son preparadas en tierra, conservadas al vacío y calentadas en hornos de convección a bordo. Los cambios de temperatura son castigos que sólo se palían si el plato es de una tan excelente calidad que a pesar de tanta perrería puede seguir comiéndose.

Las empresas de catering aéreo suplen las mermas sobrecondimentando. Vamos, que la comida de avión se convierte en el paraíso del glutamato sódico, la sal, las especias y el salseo indiscriminado. Con tanta limitación, y exceptuando la inaccesible Bussiness, las cartas se simplifican y se han hecho universales, sin presencia de platos, por ejemplo, del país de bandera de la compañía o del destino…aunque hay sorpresas. Recuerdo un vuelo en Lufthansa a Nueva Delhi. Nos sirvieron una cena hindú francamente buena. Con mucho curry, es verdad, pero buena… ¿Y se acuerdan de la compañía fantasma Flysur? Volé con ellos de Córdoba a Vigo y nos ofrecieron carne de Los Pedroches y pastel cordobés. Toda una exaltación. Suena a topicazo, pero ahí quedó el intento de buscar la diferencia a través de la comida... no estaba mal…

Y es que, a pesar de todo, hay algún interés por aportar platos sanos y cercanos a tendencias mediterráneas o asiáticas, con menos gusto por las natas apocalípticas y las grasas animales que saturan cualquier producto decente.

En cuanto a los servicios de bar la historia se repite, aunque aquí sí me caben críticas mayores. Faltan detalles que podrían suplir carencias. ¿Es tan difícil intentar cuidar, por ejemplo el pan de los bocadillos?. Un bocata de jamón con pan de bollería industrial semidulce resulta cuanto menos frustrante, cuando, además, en la carta te venden un fabuloso bocadillo ibérico. Los precios son salvajes. Bocata, más coca cola o cerveza de lata rara vez baja de los diez euros…

Si os interesa, el tema también ha llegado a Internet. Hay curiosos listados de lo mejor y peor visto y probado en aviones. Es divertido, echad un vistazo...

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21 de noviembre de 2012 - 02:58 h