Sobre este blog

Desde muy pequeña he sentido que mi mundo lo dirigían como en “El Show de Truman”, pero con Fofito. Me esforzaba en tener una vida seria y, desde arriba, alguien iba soltando “extras” y guiones absurdos que me hacían perder la dignidad a base de risa. Llegó un momento en que mientras protagonizaba esas historias, mi mente solo pensaba -para sobrevivir- en cómo iba a escribirlo. Por lo que ya no puedo seguir siendo testigo en silencio. Necesito vaciar mi cerebro y madurar.

Rakel Winchester

La infancia y otras confesiones

Infancia

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Bueno, supongo que no soy a la primera niña del mundo a la que controlaban a saco -por no decir prohibían- el consumo de chucherías, pero me temo que va a ser que sí soy de las pocas que confesarían cómo saciaban sus ansias de azúcar.

Me importa un pito, bah, confieso.

La primera vez que probé una ensaimada con nata era del suelo. Me la encontré en una pastelería de al lado de mi cole, que olía muy bien al pasar y, como nunca tuve dinero para comprarla, pues no dudé. Allí estaba, abierta y boca abajo, con la nata espachurrada contra el asfalto. Y me supo a gloria, a ver qué le hago.

Pero hay algo peor...

Cuando era super pequeña me comía los chicles del suelo. Pero no un chicle, digamos, “reconocible”. Hablo de esas manchas negras que decoran las calles, sobre todo las carreteras. Esas cosas que la gente se pregunta qué son. Pues bien, yo os lo digo: son chicles requetepisados. Y aún más horror: sabía distinguir perfectamente al masticar esas cosas con piedrecitas si en el pasado fueron de menta o de fresa. Ea, ya lo he dicho.

Pero hay algo peor...

Una vez me tumbé boca abajo en un banco de un parque con mi hermana la mediana (2 años más que yo), apoyando las barrigas y mirando como por debajo. No nos llegaban los pies al suelo, calculad el tamaño nuestro.

Pues bien, me encontré mogollón de kikos enterrados en arena amarilla y los dividí en dos montones exactos.

Mi hermana que, averigua el motivo, siempre me decía que teníamos que comernos las cosas a la vez, manías de la infancia, propuso hacer lo mismo con los kikos con tierra.

Mirándonos fijamente íbamos metiendo en la boca aquellas delicias correosas como si nos mirásemos en un espejo, con idénticos movimientos. Demasiado rápido para mi gusto, pero bueno, ella llevaba el ritmo y me aguanté. Al terminar, mi hermana abrió la mano y la muy... se había guardado medio kiko de cada uno que comía. Y muy sonriente se los comió en mis narices.

Pero... algo peor...

Me encontré un chupachup enano, casi era solo el chicle, en otro parque lleno de barro y lo lavé chupando y escupiendo, chupando y escupiendo. Y me lo jalé.

Aunque hay algo peor...

Me comí un regaliz rojo del suelo -lo limpié con mi sistema “chupa/escupe”- estando ya de por sí super chupado. Me explico; la mitad del regaliz tenía su grueso normal y la otra mitad estaba la mitad de fino. Su dueño/a ya lo había chupado mucho, lamento la redundancia, hasta dejarlo blandísimo y finísimo. Y aun así, me lo zampé.

Y aún peor...

En el cole, como casi nunca llevaba merienda, calmaba mi hambre en el recreo con una cosa que necesita explicación previa. A ver, el bocadillo de nocilla de toda la vida que te hacía tu madre (bueno, que le hacían las madres a los demás). Se la untaban en un trozo de barra de pan que luego envolvían en su papel albal, ¿verdad?. Lo que hacían los niños era comérselo, pero si les tocaba la punta, se dejaban ese cachito de pico. Chupaban la Nocilla que quedaba, envolvían en el aluminio eso tan duro pa tirarlo todo a la papelera, ¿si?

Ea, pues que sepáis que a eso le quedaba sabor. Y rauda lo rescataba yo, porque estaba muy rico y le quedaba su poquillo de cacao (chupado y dejando el pan mojadillo). Y me comía varios, confieso, según se diese la mañana.

Y lo peor: se lo conté un día a mi hermana mayor (3 años más) y me dijo:

-Ah, sí, ¡las puntas del bocadillo de nocilla! ¡yo también me las comía del suelo!.

No sé decir si alguien me veía, si lo hacía a escondidas, pero sí puedo explicar cada detalle del sabor de todas esas cositas que engullía. 

De repente me vienen a la mente cosas de cuando era pequeña. De esas que se te quedan grabadas y un buen día de mayor descubres que tienen fallo y te preguntas cómo no te diste cuenta en su momento.

Me explico; por ejemplo, la canción de Marco. Yo era super pequeña cuando en un viaje le pregunté a mi padre el significado de una frase que no entendía:

...vive nuestro amiiigooo Marcoooo... en uuuuna “humiiiiilde moradaaaa...”

Le pregunté qué era una HUMILDEMORADA (yo pensaba que era una palabra que iba to junta). Mi padre, en cuanto que vio por el camino una casa, de esas chiquitas de piedra al borde de la carretera -y casualmente abandonada y algo en ruinas- me dijo:

-Eso es una humilde morada.

Ea, pues recuerdo que durante años y años, en mis viajes, siempre que divisaba una casa en ruinas de piedra me decía mí misma: eso es una “humildemorada”. Y de tanto repetírmelo así junto, “humildemorada”, llegó a perder su significado real. Me refiero a que siendo ya mayor y conociendo perfectamente las palabras “humilde” y “morada”, nunca caí en que tuviesen algo que ver con mi “humildemorada” (¿me está entendiendo alguien?). Y me di cuenta super mayor.

Otro ejemplo, Rocío Dúrcal, Marieta para los grimosos. Tenía una canción que se llamaba “tarde” que decía:

Hoy que te haaago tanta faaalta ya es muy taaarde... “lamentablemente” te he olvidadooooo... Ea, pues ella tenía una manera de pronunciar ese “lamentablemente” muy extraña, con acento y pequeña parada en la sílaba MEN y sonaba “lameeentoablemente”. Por lo que yo deduje queriendo buscarle un sentido -era super pequeña- que decía: LAMENTO HABLEMENTE (“hablemente” no es nada pero yo pensaba que sería una palabra “de mayores” por descubrir).

Y eso, que toda mi vida he cantado “lamento hablemente” sin saber qué coño quería decir esa parte de la letra de Rocío Dúrcal. Y también lo descubrí hace poco. De esto que te tiras toda la vida sin pararte a pensar y repitiendo como un loro algo, año tras año.

Otra cosa. Yo de pequeña pensaba que la vuelta ciclista era cualquier grupo de ciclistas que iban juntos por la carretera. Por tanto, cualquier conjunto de más de tres personas en bici que se cruzaban a tu paso se llamaba “lavueltaciclista” (y era un deber aplaudir, lo cual me daba bastante corte).

Recuerdo las caras de sorpresa de mis amigas del cole cuando les contaba súper a menudo que me había cruzado con “lavueltaciclista”.

Convencida. En serio. Y todavía se me viene a la mente “lavueltaciclista” cuando veo algo de eso por los caminos, y casi que aplaudo.

El Seven up. Bueno, esto le ha pasado a más gente por lo que me han comentado. Yo pensaba que se llamaba ZUP. Nunca vi el 7 de “7 up”. Siempre leí ZUP. Aunque los anuncios de la tele dijeran claramente “seven ap”, yo a lo mío... ZUP.

El caso es que me preguntaba siempre: ¿por qué coño le llaman de otra forma, si es ZUP?. Lo peor es que siendo camarera desde que tenía 17 o 18 años, seguía pensando que era ZUP. Y no entendía por qué me pedían un “DYC CON SEVEN UP” con lo fácil que era decir “DYC CON ZUP”. Y me di cuenta de que era un 7 cuando llevaba ya mogollón de años tras las barras.

Y hay algo peor que descubrí relativamente hace poco.

Cuando salieron los primeros coches (yo era chica chica) en los que no tenías que matarte dándole a la manivela de subir o bajar los cristales, los anunciaban diciendo: ¡con ELEVALUNAS eléctrico!.

Pues bien, yo siempre escuché ELEVADURAS. Elevaduras eléctrico, de toa la vida. Pensaba que como en los coches antiguos darle vueltas al chismito ese estaba tan duro, pues ELEVADURAS ELÉCTRICO era el nombre adecuado.

Ehmmm... y bueno, voy a pensar más cosas de esas, pero ahora no que me muero de sueño.

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Desde muy pequeña he sentido que mi mundo lo dirigían como en “El Show de Truman”, pero con Fofito. Me esforzaba en tener una vida seria y, desde arriba, alguien iba soltando “extras” y guiones absurdos que me hacían perder la dignidad a base de risa. Llegó un momento en que mientras protagonizaba esas historias, mi mente solo pensaba -para sobrevivir- en cómo iba a escribirlo. Por lo que ya no puedo seguir siendo testigo en silencio. Necesito vaciar mi cerebro y madurar.

Rakel Winchester

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