Las costumbres

Cualquiera diría que estamos a 2 de julio. Por esta tierra, la cordobesa, los días que pasan desde el 1 de junio se cuentan por olas de calor, pero de esas, hasta la fecha, ninguna. Una alegría que tiene al cordobés desconcertado, en cuanto que los ritmos naturales de esta tierra, no acompañan debidamente a los puramente antropológicos. La ilusión de tener una ciudad en Primera División, le confunde con noches de verano excesivamente relajadas en lo térmico, no teniendo aún del todo claro si comerse el bocadillo de atún al raso del Coliseo de San Andrés, o en el salón de su casa bajo el cobijo de su techo.

Las nubes aún acompañan unos cielos que por fechas, deberían estar tintadas con la asquerosa calima que la dorsal sahariana acostumbra a traernos como velo y penitencia por algún extraño pecado que nuestros antepasados cometiesen tiempo atrás. La ciudad amodorra su culo en las costumbres propias del verano sin tener demasiado claro qué hacer. ¿Reservar en los Boliches o comprar avío para un perol en los Villares? ¿planear un domingo de piscina o de flamenquines en el Bonillo? El cordobés revisa el calendario, posiblemente inquieto ante la extenuante proliferación de procesiones de santos de todo tipo, y un cielo extraño que trae agua propia de primavera.

Las costumbres, las sanas o perniciosas costumbres, son rituales sociales que unen al hombre con el sitio que vio nacer a su parientela, y si es el caso de ser cordobés, la que lo unen con cierto orgullo de supervivencia verano tras verano, de saberse intelecto superior en su perenne batalla contra la flama. Pero ya les digo que de eso, hasta la fecha, poca cosa. La culpable, según se mire, reside estos días por la gigantesca isla de Groenlandia. Allí, donde acostumbra a formarse un anticiclón que de su unión con el de Azores hacen de insalvable barrera para el paso de las borrascas atlánticas, anda estos días un tanto debilitado, averigüen ustedes el porqué, debilitando y achatando al que dirige los rigores veraniegos en la Península Ibérica.

Ya en días pasados, ese achatamiento del azoriano nos dejó un marcado flujo de oeste, con vientos de largo recorrido marítimo que cubrieron la Península de nubes bajas matutinas, más propias del otoño. Ese achatamiento, sólo ese, es quien aún anda modificando los rituales propios de la fecha a toda la cordobesidad. Las siestas, lejos aún de echarlas con el aire a todo trapo, para alegría de Endesa, podremos seguir echándolas sin consumo añadido y puede que incluso echando mano de las manguitas largas.

Lo que toca en lo inmediato es un nuevo descuajaringue de masa fría hasta los dominios peninsulares, lo que en meteofriquez, como ustedes ya sabrán, se conoce como DANA, es decir, una situación propicia para asistir al crecimiento de nubes con forma de coliflor. De momento todo apunta a que el paso del centro de la DANA llegará hasta el suroeste, dejando buenos registros pluviométricos en sistemas montañosos del interior y centro peninsular. Una situación que por el momento aquí no apunta demasiado alto, pero ante la que habrá que estar atento por el comportamiento del disparador convectivo que es Sierra Morena.

Una situación que volverá a dejar grises cielos, temperaturas comedidas y fresco nocturno, mandando las sanas costumbres cordobesas, al menos hasta la segunda semana de julio, cuando entonces sí, empiece el verano.

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2 de julio de 2014 - 08:00 h
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