La frontera artificial

Una frontera tan artificial como un cambio de año facilita, sin embargo, los impulsos de cambio. Todos deseamos un punto de inflexión. A mejor, obviamente. Y, de repente, Barenboim vuelve a dirigir el concierto de año nuevo, baja la prima de riesgo por debajo de 200 puntos, el paro desciende en más de cien mil personas, la inflación es la más reducida que se recuerda, termina Masterchef junior...

Alguien nos quiere tender una trampa, estoy seguro. No estoy acostumbrado a esto. Seguro de despertarme del inquietante sueño, decido afrontar la prueba definitva: Ver un partido del Córdoba y no acabar maldiciendo mi afición por el fútbol. Pero, no salgo de mi asombro, una presión bien ejecutada y una sensible disminución de pelotazos de los centrales para optar por más apoyos cortos entre los centrocampistas convierte el fantasma del descenso a tres puntos en un retorno a la zona noble de la clasificación. Xisco mete un gol. Y Arturo, el refuerzo del que se empeñan en destacar su parentesco con Pérez-Reverte, reivindica su propio protagonismo paralelamente a nuestra esperanza irreductible. La salida a Mallorca se antoja crucial para saber la calidad del bebedizo. Y todo ello, en un año en el que tendremos opción de medalla en la competición de patinaje artístico de los próximos juegos de invierno. Si eso es posible... La temporada parece empeñarse en dar oportunidades. El sueño se hace corpóreo a fuerza de ser recurrente.

Nos dicen que el cielo quiere abrir. Gestionar los estados de ánimo se ha convertido en el factor clave de cada futuro inmediato. Ese enésimo futuro para el que acabamos de dar los primeros pasos. Yo, por si acaso, no pienso dejar de andar.

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6 de enero de 2014 - 07:00 h
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