El descosido

La camisa tiene un descosido. Aún recuerdo cuando nos hicimos con ella. Es cierto que no era la que hubiésemos querido exactamente, pero de esas camisas ideales no quedaba ninguna. Al menos, ninguna de nuestra talla. Ésta nos gustó. No estaba mal. La relación de uno con su ropa se irá progresivamente estableciendo a través de los momentos en que la usamos, de su comodidad, del beneplácito que vamos percibiendo en los demás, y especialmente a trevés de todo aquello que colabora a configurar lo que queremos ser, o, cuando menos, la imagen de lo que queremos ser.

Él día que la estrenamos nos sentimos bien con ella. Ha habido que buscar con qué combinaba mejor, pero eso es algo habitual para todas las camisas. Ésta no iba a ser menos. Vestía dignamente en los actos y resultaba perfecta en circunstancias cotidianas. Todo iba bien.

Pero esta mañana la camisa tiene un descosido. Y nos han asaltado las dudas. No sé si debimos comprar una talla más. O quizá es que hemos engordado un poco. O, quién sabe, un mal movimiento. Siempre las rompemos por la espalda. Esa ruptura a traición, en el lugar más insospechado. El descosido no es grande aún. Pero queda tanta temporada... Debía durarnos como mínimo hasta el próximo año y, mira, ni siquiera ha llegado el invierno y ya hay que repasarla.

El martes tenemos una cita muy importante. Nos jugamos mucho. Y esta es la camisa disponible. Tengo la esperanza de que no se note mucho y podamos lucirla. Si todo sale bien, quién sabe, podríamos tener camisas nuevas la temporada que viene. Y la ilusión hace que todo te siente mejor. Pero si no... si el descosido se agranda... Uno no puede ir por ahí sin camisa. Y ésta hoy no nos llega al cuerpo.

No se alarmen. Puede que hoy esté de bajón. Pero si el martes la cosa no va bien, no quiero ni pensar tener que andar el invierno en camiseta. Al menos, hasta que alguien nos haga un zurcido artístico y solvente.

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26 de noviembre de 2012 - 07:00 h
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