Portugal, todo un caballero en el imperio del caos

Bajó de Primera División a Segunda B sin una razón lógica que sustentara tal decisión. Quizá sintió una llamada interior, un grito del indomable ego del deportista de élite que se reactivó cuando le dijeron que contaban con él como pieza maestra de un proyecto de éxito. Esto es fútbol, ya saben. Muchas veces se actúa por instintos básicos. Y es perfecto que así sea. El próximo domingo se cumplen 25 años del momento en que Miguel Ángel Portugal Vicario (Quintanilla de las Viñas, Burgos, 1955) estampó su firma en el contrato que le presentó el Córdoba. Un buen contrato, todo hay que decirlo. El club blanquiverde era, en la campaña 88-89, un fiel exponente de su propio sello: poca organización, bastante dinero en las fichas y mucha prisa por lograr el objetivo. Que se fijaba, obviamente, en ascender a Segunda A. Lo tenía todo o eso parecía. Un entrenador con prestigio -Vicente Carlos Campillo-, un grupo de profesionales curtidos -Burgueña, Anquela, López Murga, Perico Campos...- y una batería de canteranos que aportaban compromiso y calidad, como Luna Eslava, Gonzalo, Hueso, Jorge, Paco Jémez, Rícar, Rodolfo, Toni... Tenía el asunto buena pinta.

Se entendió que faltaba un referente en el centro del campo, lo que se viene llamando un director de orquesta. Y llamaron a Miguel Ángel Portugal, que había reencontrado su condición de héroe siendo fundamental en el ascenso a Segunda del recién fundado Real Burgos. El equipo de su tierra, el lugar donde empezó todo. Ese episodio de gloria le reportó un premio singular: el retorno a Primera División. En el curso 87-88, con 32 años, disputó con la camiseta del Real Valladolid sus últimos tres partidos en la élite. Su perfil se dibujaba con trazos ideales para un Córdoba desesperado por terminar con su horrible peregrinación por la Segunda B. Portugal presentaba un historial atractivo para los aficionados, había pasado con éxito por la categoría de bronce con el Burgos y aún sentía la pasión por su oficio como jugador. Portugal se vinculó al Córdoba en julio de 1988. Era, sin dudas, el fichaje estrella para la temporada. Con su verbo pausado, su melena ochentera y su lustroso expediente -había sido campeón de Liga y Copa con el Real Madrid-, Portugal ofrecía una imagen diferente a lo habitual, un toque cosmopolita y sofisticado que contrastaba con el sello hiperlocal y recio de un Córdoba ávido de progreso.

Se decía de él que era un portento técnico, pero un témpano de hielo sobre el verde. A los técnicos no les importó. Para correr ya estaban otros. Su aportación se dejó sentir, pero... Después de un arranque sobresaliente, con Portugal al mando y el equipo situado en la órbita de los primeros puestos, se entró en una espiral lamentable. El timón burgalés se lesionó, se encadenaron cinco derrotas consecutivas y el caos se instaló en El Arcángel. Despidieron a Campillo y llegó Verdugo. El equipo terminó salvando la categoría en la penúltima jornada y Portugal empezó a entender dónde se había metido. Le dijeron que no tenían dinero para pagarle, pero se quedó.

El curso siguiente resultó igualmente frustrante. Con Crispi -que suplió a Verdugo con la Liga en marcha- en el banquillo, Portugal jugó 30 partidos y ayudó a otra salvación apurada. Los mejores productos de la cantera se largaban sin remisión -Toni Muñoz, Paco, Berges, Gonzalo, Rodolfo...- y el banquillo blanquiverde era una pasarela: Verdugo, Crispi, Uceda, Parreño, Cardeñosa... En la 90-91, Portugal protagonizó su episodio crepuscular como jugador. Ya estaba virtualmente retirado y pensando en su futura labor como director técnico, pero se lesionó un futbolista clave -el medio Fontán- y el entrenador, Paco Parreño, le pidió que volviera a ponerse las botas. Fue una incorporación clave.

Disputó cuatro partidos en el tramo decisivo de una campaña que llevó, por fin, al play off de ascenso al Córdoba. Todo terminó una tarde en El Arcángel, en un duelo ante el Racing de Santander. Los locales vencían por 3-1 a falta de 25 minutos y mantenían sus opciones de subir. Sin embargo, un final dantesco llevó al desastre. Berges fue expulsado, el Racing marcó dos goles en los últimos minutos y ese 3-3 le valió finalmente para ascender. El público arrojó piedras al túnel de vestuario, un furgón policial entró al césped, el árbitro Salinas Romero abandonó el recinto con escolta y el escándalo tuvo eco en los medios nacionales. Al Córdoba le cerraron el estadio. Ése fue el último partido de Portugal. Contra el Racing de Santander. Precisamente el equipo con el que se estrenaría años después como entrenador en Primera División.

La transición del césped a los despachos la vivió Portugal en el Córdoba, que pese a ser una entidad siempre convulsa y coleccionista contumaz de decepciones y trifulcas ejerció sobre el burgalés una extraordinaria fascinación. En El Arcángel hizo de todo. Fue futbolista en una etapa dura y cerró su ciclo aquí. También ejerció como secretario técnico en los años 90 antes de marcharse para entrenar a la Arandina y al Real Madrid C. En 2002 le llamaron de nuevo. El Córdoba ya estaba en Segunda desde el 99 y no podía evitar salvar cada año el pellejo en la última jornada. Necesitaba estabilidad, un proyecto definido, alguien que fuera capaz de construir una estructura deportiva fiable.

El club recurrió a Portugal, aunque la oferta incluía una cara oculta: el equipo era un desastre, iba en puestos de descenso desde el arranque y no veía la forma de despegar. A mediados del curso 2002-03, Portugal llegó como director deportivo para reordenar una situación trágica. Al final de la primera vuelta, con el equipo colista, decidió destituir a Ortuonso y traer a Fernando Zambrano, además de una lista de fichajes variopinta: Moisés, Francisco, Adil Ramzi, Fernando, Dennis Serban, Ariel Montenegro, Iñaki Berruet, Javi Gracia... El equipo reaccionó, pero otra vez entró en barrena y a falta de tres jornadas no podía permitirse una derrota más. Portugal echó a Zambrano y trajo a Castro Santos. El Córdoba logró la permanencia en el último partido, en el Alfonso Pérez de Getafe, con tres mil cordobesistas en las gradas y un gol de Montenegro.

Portugal continuó en el Córdoba. En la temporada siguiente, tras un arranque infame (ninguna victoria en las primeras nueve jornadas), optó por colocarse en el banquillo. El equipo ganó cuatro partidos seguidos y se colocó noveno. En esos tiempos, ese puesto era una bendición y un sinónimo de euforia colectiva, incluyendo en ese estado las cuentas de la lechera para el ascenso a Primera. Pero la cuestión es que todo se desinfló y, a falta de dos jornadas, el Córdoba necesitaba ganar para no descender. Hubo cambio de entrenador. El club colocó a Pedro Sánchez, un hombre de la casa, para afrontar dos citas en las que no cabía margen de error. El Córdoba sabía que la salvación tenía un precio. Venció por 1-0 al Elche y en la última jornada por 0-1 (Nico Olivera) al Leganés. Portugal nunca regresó a la casa blanquiverde.

Después de dirigir al filial del Real Madrid y ejercer responsabilidades en la secretaría técnica del club blanco, sustituyó a López Caro en el Racing de Santander, en el que ejerció durante los cursos 06-07, 09-10 y 10-11 en Primera División. Con los cántabros alcanzó una semifinal de la Copa del Rey en 2010, pero fue destituido en 2011. En la actualidad dirige al Bolívar, uno de los históricos del campeonato en Bolivia. Es su segundo curso en el club titular de la ciudad de La Paz, el lugar donde Portugal diseña hoy sus ideas de fútbol del mismo modo que construía sus jugadas en el campo. Con bella eficacia y las prisas justas.

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17 de julio de 2013 - 11:20 h
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