Córdoba no es Fuengirola
El olor a dama de noche y a jazmín, el crujir del albero bajo los pies, el rumor constante de las chicharras, los gatos paseando entre las piernas y el bocadillo envuelto en papel de plata. Para cualquier cordobés, esta estampa no es una mera postal nostálgica, sino la esencia viva e insustituible de sus noches de estío. Los cines de verano no son solo recintos donde se proyectan películas; son los verdaderos pulmones sociales de una ciudad que, durante los meses más asfixiantes del año, necesita respirar al aire libre, es el gran patio para los que no tenemos casa en la playa, es el lugar dónde la soledad se siente acompañada.
Sin embargo, este espacio cívico, vecinal y cultural se encuentra hoy bajo la grave amenaza de la desaparición, víctima de la especulación inmobiliaria, de una visión mercantilista y cortoplacista que confunde de nuevo el valor con el precio.
Córdoba no es Fuengirola. Y al afirmar esto no hay desdén alguno hacia la respetable localidad malagueña llena de cordobeses, sino la constatación empírica de que cada territorio tiene su propia idiosincrasia y debe defender su propio modelo de desarrollo. La Costa del Sol ha abrazado históricamente un modelo de turismo y ocio de masas, una “cultura a granel” diseñada para el consumo rápido, la homogeneización y la masificación del sol y playa. Córdoba, por el contrario, atesora un modelo de vida fraguado a fuego lento a lo largo de los siglos. Su belleza y su atractivo no residen en la estandarización de las franquicias que asaltan los cascos históricos vaciándolos de alma, sino en la singularidad innegociable de su vida cotidiana, en la pausa de sus patios y en la magia insondable de sus cines de verano: el Delicias, el Fuenseca, el Coliseo San Andrés o el Olimpia.
Perder los cines de verano significa extirpar un pedazo del alma cordobesa para sustituirlo por el vacío del hormigón, casas para los coches o por el enésimo bloque de apartamentos turísticos. Significa rendirse sin presentar batalla ante la dictadura de una globalización que aniquila lo local, transformando ciudades milenarias e históricas en meros decorados de cartón piedra para visitantes de paso. Defender los cines de verano es hacer una defensa encendida y necesaria de la cultura de calidad frente a la cultura de usar y tirar. Es apostar por el séptimo arte como acto de comunión vecinal, donde abuelos, padres, nietos y nietas comparten un espacio intergeneracional que cohesiona el tejido social del barrio.
La singularidad de Córdoba se desvanece un poco más cada vez que un ambigú apaga sus luces para siempre y una pantalla de cal blanca es derribada por las excavadoras. No podemos permitir que el centro de la ciudad se convierta en un escaparate sin vida propia, un parque temático estéril donde los propios cordobeses acaben sintiéndose extranjeros en sus propias calles. La cultura de calidad exige proteger con valentía los espacios físicos y humanos que la hacen posible. Reivindicar nuestros cines de verano es reivindicarnos a nosotros mismos, es recordarnos quiénes somos y decir en voz alta que Córdoba tiene un latido único, profundo y cultural, y que sus noches, perfumadas de cine y ambigú, no están a la venta.
El problema no es la licencia, el problema no es el ruido, el problema no son los vecinos, nunca lo fue. El problema es el modelo urbano, social y cultural que el Partido Popular tiene para nuestra ciudad y que, por no entenderla, no cuida en su singularidad. La ceguera les provoca querer hacer negocio con todo, no solo descuidando un patrimonio tan valioso como los cines de verano, sino realizando una mala gestión del dinero público, además les impide ver cómo dinamitan la convivencia entre vecinos y vecinas de Córdoba. El problema es el modelo de ciudad, el escaparate de plástico que cierra a la hora de la merienda. Así no. Apunto el camino de la solución, los cines de verano deben ser declarados Bien de Interés Cultural, porque lo son.
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