Por un auditorio para la Orquesta de Córdoba
Toda institución necesita un hogar, un espacio propio, un lugar que permita dar adecuada forma, cabida y realización pública a su labor. No es razonable pensar que ningún proyecto humano esté en condiciones de desarrollarse en plenitud si no goza de una infraestructura propia.
De ahí el nombre: infra-estructura, aquello que sostiene los principios fundamentales de algo, sin lo cual ese algo acabaría por desmoronarse. La etimología nunca miente. Imaginemos un ayuntamiento sin oficinas estables o espacios habilitados y diseñados para sus mil gestiones de servicio al ciudadano o de digna representación institucional del municipio; un hospital situado en permanente situación “de campaña”, con quirófanos inadecuados, almacenaje deficiente de medicamentos y recursos materiales, pacientes en constante desubicación, sin adecuada ventilación o climatización; una universidad cuyas aulas carecieran de los mínimos espaciales necesarios, donde no se oyera a los docentes hablar, donde no hubiera lugar para una biblioteca estable, etc. Los ejemplos podrían seguir, son múltiples, diversos, y caen por su propio peso.
La Orquesta de Córdoba lleva ya demasiados años desempeñando una labor encomiable en condiciones infraestructurales que distan mucho de estar a la altura de su ejercicio profesional, artístico y, en última instancia, de servicio cultural a la ciudadanía cordobesa y andaluza. Merece, sin atisbo de dudas, un espacio digno, sencillamente. Facilitárselo no sería un capricho frívolo y un gasto sino, estrictamente, una inversión para optimizar recursos públicos ya en función —los de la propia orquesta— y para ofrecer a la ciudadanía cordobesa un espacio de programación cultural con enorme potencial a muchos niveles, diversificando y especializando así el parque de infraestructuras existentes en una capital cultural europea como Córdoba.
Tras muchos años de carrera internacional, concertista y docente, tanto en Europa como en las Américas, Asia y Oceanía, puedo asegurar que la situación actual de la Orquesta de Córdoba es una anomalía impropia de una ciudad de milenaria tradición cultural, ciudad que debe ser referente nacional e internacional como faro de humanismo, pensamiento y arte. Y obras son amores y no buenas razones, o como diría Séneca, no basta con slogans: hay que “concordar las palabras con la vida”. Córdoba debe decidir qué ciudad quiere ser. En palabras de Maimónides: “Cada uno de nosotros decide si quiere ser culto o ignorante, compasivo o cruel, generoso o avaro. Somos responsables de lo que somos”.
*Cibrán Sierra Vázquez, Premio Nacional de Música 2018, violinista, Cuarteto Quiroga, catedrático de la Universidad Mozarteum de Salzburgo.
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