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Sobre este blog

Soy una barcelonesa trasplantada a Córdoba, donde vivo creyendo ser gaditana. Letraherida, cinéfila aficionada, cultureta desde chica, más despistada y simple de lo que aparento y, por lo tanto, una pizca impertinente, según decía mi madre. Desde antes de tener canas, dedico buena parte de mi tiempo a pensar y escribir sobre el envejecer, que deseo armonioso. Soy una feminista de la rama fresca. Yo, de mayor, vieja.

ET, prepárame una infusión

ET, prepárame una infusión

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Leí hace un tiempo que el Ayuntamiento de Barcelona estaba poniendo a prueba en casa de algún@s ancian@s que viven sol@s unas robots que, según afirman, tienen como función cuidarles. Al principio me quedé un poco pasmada aunque, pensándolo bien, me parece un tema interesante y poliédrico.

Desde hace bastantes años sabemos que la relación con los animales es beneficiosa en la vida de los seres humanos y especialmente para el bienestar de las personas mayores. En el mundo de las mascotas, parece claro que los perros son los preferidos, porque suelen ser amigables y pacientes (una cualidad majestuosa, frente a la impaciencia con que habitualmente se trata a la vejez). El solo hecho de tenerlos cerca, poder cuidarlos e interactuar juguetonamente con ellos, supone un enorme estímulo para l@s ancian@s que no suelen recibir de quienes les rodean la misma respuesta desprejuiciada, amorosa y agradecida que les dan los animales.

No hace falta ser Einstein (o su sabia y olvidada esposa, Mileva Marić) para comprenderlo. Esto es así simple y llanamente porque en los animales pueden depositar el cariño, la intimidad, la dedicación, la comunicación de la que están habitualmente privados en una sociedad que los considera seres sin interés.

En nuestra sociedad, las personas mayores se ven obligadas a vivir en un tiempo vacío, disponiendo de muy poca interacción con otros seres humanos que las consideren valiosas; ancianas y ancianos a quienes se les ofrecen esporádicas migajas de afecto, cuando no directamente un trato marcado por la desidia y la indiferencia. Aunque también puede ocurrir lo contrario: esa relación aparentemente amable, afectuosa, pero vacía de verdadero interés y total ausencia de reconocimiento de su pasado.

En Filmin se puede ver un documental maravilloso sobre la intensa vida del neurólogo Oliver Sacks, quien tuvo la luminosa convicción de que las personas que se encuentran en un estado incluso vegetativo están, sin embargo, ahí y son capaces de responder y transformarse cuando alguien con verdadero interés, respeto y reconocimiento de su identidad, de su pasado, las invita a participar en la vida.

Con semejante panorama, me parece que las robots pueden ofrecer una compañía de la que se carece. Me diréis —escandalizadas— que donde se ponga una persona de carne y hueso que se quiten todos los robots del mundo. Pues no sé qué deciros. Dependerá de qué persona, ¿verdad, queridas y querid@s viej@s solitari@s con hijas e hijos que a duras penas recuerdan que tienen madre y padre?

Tampoco tiene que ser blanco o negro; o robot o persona. Cada uno tiene, sin duda, su función complementaria. Con una buena robot podemos jugar, ver documentales, escuchar música y también la radio, pedirle que vaya cambiando canales de acuerdo con nuestros deseos: quita esta emisora, llama a mi amiga, pon las noticias, quiero ver a Wyoming. Apágate y déjame soñar. Mientras llega el momento de relacionarnos con alguien de carne y hueso que suministra afecto, estimula el recuerdo, informa de lo que ocurre alrededor, en la familia, en el vecindario, en la ciudad, en la cultura.

Nada sustituye, desde luego, a una persona que cuida con esmero e inventa cotidianamente una solución ingeniosa para los nuevos límites que van apareciendo poco a poco. Que lo hace desde el respeto, que minimiza el miedo a la dependencia, facilita lo cotidiano, hace sencillo lo que se nos antoja complicado. Alguien que no todo el mundo tiene la suerte de tener cerca, pero que cuando está ahí de verdad es una fuente de bien vivir y mejor morir.

Mientras tanto, una robot sagaz puede entretenernos y mantenernos en el mundo[1].

E.T., prefiero el roiboos con poco azúcar, por favor.

[1] En internet podéis encontrar un corto animado al respecto: https://youtu.be/Y0_BRyU_ye8

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Soy una barcelonesa trasplantada a Córdoba, donde vivo creyendo ser gaditana. Letraherida, cinéfila aficionada, cultureta desde chica, más despistada y simple de lo que aparento y, por lo tanto, una pizca impertinente, según decía mi madre. Desde antes de tener canas, dedico buena parte de mi tiempo a pensar y escribir sobre el envejecer, que deseo armonioso. Soy una feminista de la rama fresca. Yo, de mayor, vieja.

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3 de septiembre de 2021 - 06:01 h