Un verano debatiendo

Un pepino troceado con un pellizco de sal en un viejo plato de porcelana desconchado.

Monserga de chicharras en la siesta eterna.

Una avispa que sondea si aún queda algo de uva en la parra del porche de la parcela de un cuñao.

Perlas de sudor en ese escote.

Un tomate de Alcolea en forma de corazón que se desangra ajeno a las moscas.

Abanicos que aletean suspendidos en el aire como versos de Rubén Darío.

Lagartijas que cruzan la cal en las estrechas calles de la madrugada cuando vuelvo de un cine descapotable...

Verano.

Puedo ser un romano en la alberca que bebe mosto del año mientras ahí afuera la República se va al carajo. Soy también un moro que mira a la sierra y piensa que, si tuviera alas, podría lanzarse desde la Arruzafa

hasta el guante del cetrero. Puedo ser un perplejo judío alquimista que concibe el gazpacho conjugando la fe y la razón.

O un converso callado al otro lado de la celosía o cristiano viejo en la fresca penumbra de una capilla.

Y soy siempre el niño que esconde su cara tras la enorme tajada de sandía, una sonrisa fucsia.

Me relamo.

El verano en esta tierra se escribe con mayúsculas centígradas y a veces uno tiende a pensar que es de las pocas cosas sin dobleces que nos rodean. Acude puntual a su cita y nunca defrauda.

Época para elogiar la Pereza, sobre todo si ya eres perezoso como un sabio. Y tiempo para desacralizar eso que llaman Trabajo, que no es otra cosa que un invento del maligno para cabrear a la gente y que, curiosamente, en estos tiempos que corren, se parece demasiado al Robo: justo de lo que se quería diferenciar.

Es mejor tener herencias que trabajar por dinero, me dijo una vez un hombre tan bueno que el verbo "robar" no aparecía en su diccionario.

Voy a dedicar todo este verano que se estrena a analizar esa frase mientras observo la enfermiza disciplina de una hilera de hormigas y escucho el canto amateur de una cigarra perroflauta.

Ése es mi debate.

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16 de junio de 2013 - 03:00 h