Pacto de señoros
El Apartamento es posiblemente la mejor película de la historia del cine. Una obra maestra dirigida por Billy Wilder con ayuda en el guion del gran I.A.L. Diamond.
Muchos de ustedes se preguntarán por qué lo es. Es fácil: porque lo digo yo; y punto, al menos hoy.
El otro día, la televisión pública española, en su sección de Cine Clásico de los lunes en La2, nos regaló la joya de Wilder protagonizada por Jack Lemmon, Shirley MacLaine y Fred MacMurray, entre otros y otras impresionantes personajes danzantes de la puñetera comedia humana. En una copia restaurada, con una fotografía en blanco y negro impresionante y sin anuncios (excepto un intermedio para que el ente público promocionara programas propios de mierda, de famosetes que decoran casas o hacen pasteles…, en fin, mi tele no es aún lo que yo quería…).
Claro que había visto esta película antes. Claro que había percibido su hermosa historia de amor. Claro que había visto, desde la voz en off del principio, su recreación de la alienación del obrero contemporáneo en esa oficina con esa profundidad de campo en blanco y negro donde todos están en sus mesas desfigurados, despersonalizados, fichas de un juego, de un sistema (se dice que la dirección de producción utilizó a “extras” muy bajitos, incluso con acondroplasia, para llenar el final del plano de la oficina)… todo perverso envuelto en un aire de comedia grisácea y de sonrisa forzada.
Claro que C.C. Baxter (Lemmon) es un trepa. Un tipo que presta su apartamento alquilado y se presta a sí mismo para ascender.
Y claro que hay un ascensor y una ascensorista, la señorita Fran Kubelik (MacLaine), porque no es lo mismo estar arriba que abajo.
Pero las películas, como las novelas o la música que escuchamos van creciendo a nuestro lado. Y, al mío, viendo El Apartamento, estaba mi compañera de sofá y de cineclub y me advirtió: Ojo a Rousseau y a aquel pacto social como un “pacto de caballeros”.
Ojo a las refutaciones que Mary Wollstonecraft (la “abuela de Frankestein”, digamos) le hizo a Rousseau y a los señores ilustrados en su “Vindicación de los derechos de la mujer”.
Leo ahora el Emilio del autor ginebrino de otra manera: eso de que los hombres y mujeres no deben “tener una constitución semejante de temperamento y carácter, no deben educarse de la misma manera”, o eso de que “La primera aptitud y la más importante de una mujer es la buena conducta o suavidad de carácter”. Eso se nos hace ya, afortunadamente, bola.
Pero sigo viendo la maravilla de El Apartamento y a esos señoros vacilándole, con su pacto, al trepa tonto, jugando con un chantaje de capitalismo parvulario y con las metáforas de un ascensor y de una llave que lo mismo sirve para echar “una canita al aire” que para acceder al servicio de los directivos… lo más en la pirámide.
El Apartamento, esa película en la que no se salva nadie. Ni los señoros, ni el tonto útil, ni la señorita Kubelik.
Ni yo, cada vez que la vuelvo a ver.
Sobre este blog
Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.
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