Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité… No en serio, dónde.

(Creo que) he extraviado mi título universitario. Ciertamente me viene dando un poco igual porque SÓLO lo he necesitado dos veces en mi vida para solicitar cursos gratuitos del paro. Así es, podría poner en mi cv que hice Farmacia y ¡hey hou! Nadie lo contrastaría nunca.

El caso es que en verdad quizás no esté perdido. La última vez que nos vimos estaba en su sitio: en el cajón de la ropa interior enrollado sobre sí mismo. Y de pronto, no sé cómo, ha desaparecido de mi vida.

Mi preocupación por este extravío no viene tanto por el hecho de que ¿hola? tenía el autógrafo del señor Juan Carlos I (única evidencia de un quehacer por su parte y aún por encima no es más que una impresión de su firma, a color eso sí, que para algo te tangan más de 100 euros por sacarlo de la Secretaría), sino porque me planteo dónde irán a parar todas esas cosas que perdemos o que no encontramos nunca más (o no a corto plazo).

En este caso concreto, como si de mecánica cuántica se tratase (la movida del gato y la caja o la caja con el gato o el gato que está pero no, que estaba tomando cañas, y el señor Schrödinger con los Whiskas preparados y un mosqueo que no veas), puede que el papel esté detrás de los cajones o puede que en un pico de enajenación mudancil haya optado por tirarlo a la basura. Bravo.

Pero ay, es que ese diplomilla no es lo único. He dejado demasiado en el camino y no sé en qué momento ni haciendo qué trayecto, y puede que ya sea hora de lanzar la preguntar: ¿Dónde estáis cosas?

Quizás una adaptación del ‘Quién sabe dónde’ de Paco Lobatón para la búsqueda proactiva de todos estos enseres podría ayudar. ¡No lo sé! Pero algo hay que hacer.

Este tema (creo que) ya lo he sacado, pero en torno a la infancia me preocupan la cantidad de chaquetas de chándales (incluso pantalones) que se pierden en los colegios, campamentos y/o cumpleaños. ¿Hay un mercadillo mundial de ropa infantil etiquetada con nombres de pequeños ilusos que sudados y rojos como tomates por pegarse cuatro carreras (hola qué tal, cada vez que práctico cualquier deporte, ya sea badmington o los 1.500 metros lisos, me sigo poniendo así de colorada así que todo mi respeto para esas criaturas) dejan confiados al lado de un banco en teoría resguardado por la atenta vigilancia de los adultos responsables de semejante manada de chavalería? Y en tal caso, ¿dónde están a estas alturas cualquiera de aquellos chándals de táctelchándals morados, amarillos y verdes fluorescentes que podían arder (niño incluido) sólo con acercarles a dos metros un cigarro? ¿Hay un país donde la gente es feliz luciendo nuestras rodilleras de dinosaurios adheridas a casi cualquier parte de aquellas prendas? No, porque molaría saberlo.

En esta etapa de pérdidas cada cual tenía su teoría siempre poco racional: mientras mi amiga Candela pensaba que existía un país de las cosas perdidas donde estaban todos los zapatitos de la Barbie que se le perdían, a mí mi hermana me hizo creer que todos mis Ponys y pelucas de Playmobil se habían colado en el hueco que une los asientos de la parte de atrás del coche. Primero, imposible que cupiesen; segundo, para mí valía el hueco de cualquier coche del mundo. Inteligencia artificial.

De adultos también extraviamos cosas sin parar. Desde las momentáneas llaves o cartera (a día de hoy daríamos un bracete porque todo fuese llamable como los teléfonos móviles) hasta importantes documentos identificativos, bancarios o arrendatarios que yo creo que sólo Hacienda (y NO somos todos, ya sus vale) sabe dónde van a parar, pasando por todo tipo de vestidos o chaquetas que en algún momento te quedaron genial pero han DESAPARECIDO de forma mágica de su cajón o estante (dios, ¿qué nos pasa con la ropa y su desubicación?) hasta lo que ocurre con los libros o discos que prestas. No hay más preguntas señoría.

¿Y cuándo vas a la compra y lo único que necesitabas y habías puesto (¡júralo! Maldita sea ¡hay cámaras de videovigilancia que te avalan!) en la cesta ya no está al llegar a casa?

Ya del tema de los calcetines no voy a hablar porque eso es cosa de una banda organizada fijo. Vamos, solos se van a ir. ¡Anda! ¿O de verdad se van las cosas de sus sitios?

Y luego están las cosas inmateriales que se pueden perder pero ciertamente no se demuestra que no se recuperen después, simplemente se ausentan durante un periodo de tiempo (cuya extensión depende ya de según como se mire, que todo depende). Me refiero a la paciencia, la dignidad, la memoria, el respeto, los nervios, la coherencia, la razón, los papeles (mira, cómo yo con el título, ¡juas!) y un largo etcétera que os animo a completar.

No, en serio, dónde. ¿Dónde está ese agujero negro planetario en el que se arrejuntan las cosas que no encontramos pero en apariencia no deberían estar extraviadas? Ojalá cerca de Ohio, que su nombre lo mola todo.

Creo que tanto creer… A ver si al final la que va a estar perdida soy yo.

https://www.youtube.com/watch?v=MNwuZIGKp_I

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10 de junio de 2014 - 09:00 h