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REPORTAJE

El foro que anticipó hace 40 años el espíritu de Córdoba como solución a los conflictos en Oriente Medio 

Una imagen del Encuentro Abrahámico Internacional, celebrado en Córdoba en 1987

Juan Velasco

9 de agosto de 2025 20:23 h

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“Cristianos, mahometanos y judíos analizan en Córdoba el papel de la religión”. Así titulaba El País en abril de 1987 su cobertura de un acontecimiento insólito para su tiempo y que puede leerse como un hito silencioso en la historia del diálogo inter religioso aunque, visto con perspectiva, siga hoy igual de estancado que entonces.

Se trató un evento sin parangón en la época, precursor de lo que luego se ha llamado “Espíritu de Córdoba”, algo que incluso el expresidente Barack Obama llegó a mencionar en un discurso en 2009 en El Cairo, Egipto. Aquello, sin embargo, fue mucho después de que, en 1987, durante cuatro días, Córdoba acogiera el Encuentro Abrahámico Internacional, un foro impulsado por el polémico intelectual francés Roger Garaudy, donde se reunieron líderes religiosos, teólogos y pensadores de las tres grandes religiones monoteístas para reflexionar sobre los grandes desafíos del mundo contemporáneo.

El evento fue un éxito para una época convulsa en Oriente Medio: logró reunir a 16 musulmanes, 16 cristianos y cuatro judíos (de los cuales solo uno asistió en persona), en un intento inédito hasta la fecha por trazar puentes entre tradiciones enfrentadas por siglos de conflictos y malentendidos, algunos de ellos en marcha mientras los líderes religiosos de los tres principales credos monoteístas se paseaban por la Mezquita de Córdoba.

Aquella fue una apuesta arriesgada en un contexto internacional cargado de tensiones religiosas, pero también un experimento pionero que, con el tiempo, anticipó el espíritu de entendimiento y convivencia pacífica que Córdoba ha intentado proyectar al mundo desde entonces, aunque sin demasiado éxito.

El director general de la Unesco, Mokthar M'Bow, el obispo Helder Cámara, y el exalcalde de Córdoba, Herminio Trigo

Una ciudad como símbolo

“Roger Garaudy trajo un proyecto que parecía imposible: sentar a todos en una misma mesa para hablar de paz”, recuerda Herminio Trigo, entonces alcalde comunista de Córdoba, en una entrevista con Cordópolis. Sobre el papel, con la Unesco apoyando el congreso y a Garaudy, era un proyecto muy interesante para poder también reivindicar el pasado histórico de la Córdoba andalusí, con el tan manoseado mito de la convivencia pacífica entre las tres culturas (que existió, aunque no según la idea del pacifismo actual).

Sin embargo, una vez encarrilada la organización, comenzaron a haber algunos problemas que, en una ciudad pequeña como Córdoba, eran casi una novedad: “Recibimos amenazas y todo. Hubo que instalar detectores de metales en el Ayuntamiento, que hasta ese momento no los tenía. Pero se hizo, porque creíamos en el valor simbólico de Córdoba como ciudad de encuentro”, apostilla el exalcalde, que no olvida los rostros: el teólogo alemán Hans Küng, el obispo brasileño Helder Câmara, el jesuita Ignacio Ellacuría —referente de la Teología de la Liberación—, y representantes del islamismo chií, entre ellos dos altos cargos iraníes. También asistió un único rabino, el francés Emile Moatti, cuya presencia fue tan significativa como sus desacuerdos con los postulados del congreso.

Necesitamos con urgencia que la paz empiece a ser noticia

Herminio Trigo Alcalde de Córdoba en 1987

Tampoco olvida las ausencias. Empezando por el obispo de Córdoba de la época José Antonio Infantes Florido, quien ni asistió a la apertura, ni a la clausura, ni a ninguna de las sesiones, pese a estar invitado. Sí que recibió a los principales líderes católicos que pasaron por Córdoba. Lo hizo en privado, eso sí.

Religión, política y esperanza

Porque, desde el inicio, el foro dejó claro que no sería solo un debate teológico. “La confusión entre lo espiritual y lo material ha sido utilizada históricamente de manera consciente con fines de opresión”, denunció Trigo en el acto de apertura, según recogió la prensa de la época, que otorgó al encuentro una relevancia mediática nacional. El entonces alcalde había arrancado su discurso destacando la dicha de que aquel encuentro se celebrara en Córdoba.

“Para nosotros significa el reconocimiento de un pasado histórico del que estamos orgullosos y queremos recuperar. Ese pasado histórico nos habla del respeto a las ideologías y a las creencias religiosas, hecho que hizo posible el surgimiento de una civilización propia”, pronunció el regidor comunista, que estaba acompañado nada menos que por el entonces director general de la Unesco, Mokthar M'Bow, que calificó de histórico el encuentro.

“Este encuentro sólo es posible en Córdoba, la ciudad que era centro de la ciencia y de la espiritualidad”, dijo el alto comisionado, que asentía cuando Trillo cerró su discurso con unas palabras que hoy siguen sobre la mesa: “Necesitamos con urgencia que la paz empiece a ser noticia”.

Los dos representantes iranís que vinieron al Congreso Abrahámico de Córdoba

Propuestas que siguen vigentes (pero siguen siendo propuestas)

Tras la inauguración, comenzó el encuentro, en el que las ponencias y discusiones abrieron caminos, pero también escenificaron las divergencias. Algunas, pronunciadas hoy, curiosamente podrían salir de los sectores más ultras de cualquiera de las tres religiones, como aquello de promulgar la “destrucción de los ídolos del consumismo, la droga y el sexo como solución a los males de la humanidad”. Entonces, solo la secundó el ayatolá Ahmad Jannati, una figura ultraconservadora iraní.

Desde la Teología de la Liberación, los mensajes fueron más tibios: Ellacuría, por ejemplo, alertaba del desencanto europeo y apostaba por una praxis transformadora desde la esperanza, frente al camino que la religión toma en Europa, “que va más por las líneas institucionales legales y de prohibiciones”.

No todos los asistentes hablaban el mismo idioma simbólico, pero todos compartían la urgencia del diálogo. Por ello, a pesar de las tensiones, el encuentro no se cerró en palabras vacías, sino con propuestas. Vistas hoy, siguen vigentes. Aunque, desgraciadamente, siguen siendo eso: propuestas.

Un moento del Encuentro Abrahámico Internacional

Entre ellas: la enseñanza de la libertad religiosa en los sistemas educativos, la supresión del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, y una llamada a la solidaridad internacional para aliviar la deuda externa del Tercer Mundo.

Los participantes también denunciaron el “positivismo” como ideología dominante, criticaron la subordinación de la ética a la técnica y alertaron sobre el individualismo como motor del miedo y la desigualdad. Y, además, pidieron reflexión sobre tres hechos que les parecían fundamentales (y que hoy lo siguen siendo).

A saber: que la guerra mundial no acabó en 1945, ya que a diario morían (mueren) miles de personas en conflictos por medio de las armas facilitadas, la mayoría de las veces, por las grandes potencias; que millones de personas mueren de hambre cada año, mientras que en los países occidentales no se consigue dar salida a la producción agrícola; y que la deuda exterior del Tercer Mundo produce la asfixia de esos países.

Terrorismo y refugiados

Los ecos del pasado-presente no terminaron ahí. El encuentro también acabó con una condena de la violencia y el terrorismo, aunque con matices muy significativos. El acuerdo entre todos fue -ojo- que la violencia fundamental de nuestro tiempo es “la institucional que se comete con los humillados y oprimidos”.

Por ello, consideraron que la lucha de liberación contra las secuelas del imperialismo es revolucionaria, mientras que la que se ejerce contra estos grupos minoritarios es una represión. Por eso anotaron en sus conclusiones que es “una hipocresía condenar sólo el terrorismo de los pequeños grupos guerrilleros”. Si esto se tradujera a 2025, significaría que el verdadero terrorismo lo está practicando el Gobierno de Israel sobre la población palestina.

Asimismo, hicieron una reflexión sobre “la situación insoportable” de los refugiados, de los prisioneros políticos y de los rehenes en el mundo exterior, al tiempo que pedían un respeto al derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos y a practicar su propia creencia religiosa.

Visita de Roger Garaudy en 1982, con Julio Anguita, al fondo

El legado truncado

El encuentro de 1987 en Córdoba pretendía inaugurar un ciclo. Se llegó a constituir un comité permanente, se habló de repetirlo, de construir una narrativa internacional desde la fe y el humanismo. Incluso, como recuerda Trigo, inspiró la propuesta de ubicar en Córdoba una Universidad Euroárabe para el diálogo entre civilizaciones, idea que años después retomó Miguel Ángel Moratinos. Finalmente, de todo aquello solo sobrevivió parcialmente en forma de la Casa Árabe, que abrió su sede en la ciudad años después.

Pero el impulso original se perdió, pese a intentos recientes de recuperarlo. “No se continuó. Nadie recogió ese testigo con verdadera fuerza”, lamenta el exalcalde. “Córdoba tenía todo para convertirse en símbolo mundial del entendimiento: su pasado islámico, su papel en la historia, su localización geográfica. El mundo islámico veía bien a Córdoba. Pero no hubo voluntad de seguir por ese camino”, indica Trigo.

Hoy, en un país en que el llamado “espíritu de la Transición” sigue siendo manoseado (y traicionado) casi a diario y con un genocidio televisado y difundido en redes sociales llama la atención la falta de interés verdadero que hay en recuperar aquel “espíritu de Córdoba” tanto a nivel local como a nivel nacional, y que rara vez va más allá de algunos titulares vacíos de contenido y propuestas, y de algunas entrevistas por parte de expolíticos sin capacidad de movilizar las políticas.

Lo cierto es que, cuando se leen las conclusiones de aquel encuentro, parecen casi un acuerdo de máximos 40 años después. Y aquellos no fueron tampoco años fáciles: la Guerra Fría estaba dando sus últimos coletazos y Oriente Medio se estaba cargando de violencia cuando un grupo heterogéneo de creyentes y pensadores ya advertía que la paz no llegaría sin justicia y que el diálogo no era una opción ingenua, sino una necesidad vital.

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