Ciclogénesis montañera

Vista desde abajo la montaña me pareció, cuando menos, imponente. Me inspiró tanto respeto que decidí abordarla con prudencia, mucha prudencia. Apenas había avanzado unos metros, el respeto se tornó primero confianza, felicidad, después. Sencillamente me enamoré de ella. Y, claro, en estas cosas de amor ya se sabe: toca sufrir. Y lo hice. Y mereció la pena.

Ha pasado un mes desde nuestro primer encuentro y ya le he dado plantón. Habíamos fijado nuestra segunda cita para hoy mismo. Y ya me ven: sentada en el sofá repasando una y otra vez el mapa del tiempo. Tratando de convencerme de que gracias a las alertas meteorológicas y la ciclogénesis explosiva he tomado la decisión adecuada, aunque haya sido en el último minuto. Sí, le he dado plantón; mejor, le he plantado unos soberanos cuernos cambiando mis chirucas por las pantuflas.

En las relaciones ya se sabe: a solas en la cama el mundo es perfecto, pero es poner un pie en el suelo y suena el timbre y es el cartero con la notificación que avisa del inminente corte de suministro y las lentejas que hervían plácidas en el hogar han empezado a oler a chamusquina y la vecina ha vuelto a montar fiesta y el ruido no te deja pensar y darte cuenta de que lo que sobra son los extras, no la cama.

Entonces te arrepientes y escribes un post pensando que las metáforas nunca se te dieron bien.

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19 de enero de 2013 - 07:45 h
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