Todo empezó con una conversación sobre Nietzsche, la IA y un grupo de chavales de 18 años
Era este sábado, algo tarde. Quedábamos unos cuantos alrededor de una mesa, con una copa de vino delante y un grupo de chavales de dieciocho años, amigos de la hija de un amigo hablando de IA, de Nietzsche, del futuro y de cómo será el mundo dentro de veinte años. Me llamó la atención una cosa. No discutían sobre ChatGPT, ni sobre cuál era la mejor herramienta, ni siquiera sobre si la IA destruirá empleo. Nada de eso. La conversación acabó derivando hacia una pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil: ¿qué significa realmente ser inteligente? Y entonces me di cuenta de algo, llamarme observador…
Llevo más de dos años hablando prácticamente a diario de IA,de modelos cada vez más potentes, de agentes autónomos, de automatización, de productividad, de software que escribe código, diseña campañas, analiza contratos o responde preguntas complejas. Sin embargo, dedicamos muy poco tiempo a definir aquello que, supuestamente, estamos intentando reproducir. ¿Qué entendemos exactamente por inteligencia?
Responder rápido no es necesariamente ser inteligente. Memorizar tampoco resolver cálculos complejos, escribir un texto brillante o tener siempre una respuesta preparada tampoco parecen suficientes. Si alguien es capaz de recordar millones de libros, pero es incapaz de distinguir qué es importante y qué no, ¿es realmente inteligente?. Si otra persona encuentra siempre la respuesta correcta, pero nunca sabe formular la pregunta adecuada, ¿podemos decir que lo es? . Quizá, pude ser, llevamos demasiado tiempo confundiendo conocimiento con inteligencia, y creo que esa confusión va mucho más allá de un debate filosófico. También , en mi opinión, explica buena parte de cómo hemos construido nuestras empresas, nuestras profesiones e incluso nuestra economía. Durante décadas hemos dado por hecho que el valor estaba en acumular conocimiento, incorporar especialistas o reunir más información que los demás. Pero ¿y si nunca fue exactamente así?
Quizá por eso la IA está generando tanta incertidumbre en las empresas. Llevamos dos años comparando herramientas, modelos y funcionalidades cuando, en realidad, la conversación importante nunca ha sido tecnológica. Ningún director general se pregunta si quiere más tecnología, se pregunta cómo crecer más rápido, cómo tomar mejores decisiones, cómo innovar antes que sus competidores o cómo multiplicar la capacidad de su organización sin multiplicar proporcionalmente sus costes. La IA no es el objetivo, es una nueva forma de adquirir capacidades y entender esa diferencia cambia completamente la manera de afrontar esta revolución. Porque las empresas nunca han comprado tecnología por sí misma, compran la capacidad de esa tecnología.
La aparición de la IA nos está obligando, por primera vez en mucho tiempo, a volver a hacernos una pregunta profundamente humana, no qué puede hacer una máquina, sino qué hacemos nosotros cuando decimos que alguien es inteligente.
Durante siglos esa pregunta apenas tuvo importancia. No necesitábamos responderla porque no existía nada con lo que compararnos. Éramos la única especie capaz de escribir un libro, desarrollar una teoría científica, diseñar una empresa, imaginar un futuro posible o resolver un problema complejo mediante el lenguaje. Bastaba con observarnos a nosotros mismos, pero ahora ha aparecido algo completamente distinto.
Un sistema capaz de escribir un ensayo, traducir un libro, desarrollar una aplicación, resumir miles de documentos, analizar balances financieros, preparar una estrategia comercial o mantener una conversación como esta. De repente, descubrimos que quizá nunca habíamos entendido del todo aquello que creíamos exclusivamente humano.
Resulta curioso.
La IA no solo está poniendo a prueba nuestras profesiones, nuestros modelos educativos o nuestras empresas, también está poniendo a prueba nuestras definiciones. Si una máquina puede realizar muchas de las tareas que durante años utilizamos como prueba de inteligencia, quizá el problema no sea la máquina, el problema sea nuestra definición de inteligencia.
Pensándolo bien, todos conocemos personas con una memoria extraordinaria que toman decisiones desastrosas. También conocemos personas capaces de citar cientos de libros y, sin embargo, incapaces de comprender el problema que tienen delante. Del mismo modo, hay profesionales que no destacan por acumular conocimientos enciclopédicos, pero poseen algo mucho más difícil de encontrar: criterio. Son capaces de entender una situación, conectar ideas que parecen inconexas, identificar aquello que realmente importa y anticipar las consecuencias de una decisión antes que los demás.
Quizá por eso me llamó tanto la atención aquella conversación con un grupo de chavales de dieciocho años. Mientras muchos profesionales seguimos preguntándonos qué herramienta utilizar, ellos estaban intentando responder a una pregunta mucho más profunda, qué significa realmente pensar. Tal vez sea una cuestión generacional, o quizá simplemente todavía no han heredado algunos de nuestros marcos mentales. Nosotros tendemos a mirar la IA desde lo que hace, ellos parecen mirarla desde lo que cambia y sospecho que ahí hay una lección importante para las empresas. Las organizaciones que lideren esta transformación no serán necesariamente las que adopten antes una herramienta, sino las que entiendan antes que está cambiando la naturaleza de las capacidades sobre las que competirán durante la próxima década.
Entonces, ¿dónde está realmente la inteligencia? ¿En la memoria? ¿En la velocidad? ¿En el conocimiento? ¿En la creatividad? ¿En la capacidad de adaptación? ¿En el juicio? Sinceramente, creo que nadie tiene una respuesta definitiva. Filósofos, psicólogos, neurocientíficos e ingenieros llevan décadas intentando responder a esa pregunta y probablemente seguirán haciéndolo durante muchos años más.
Pero quizá eso sea precisamente lo interesante.
La IA no ha llegado únicamente para volver a formular qué significa ser inteligente, también nos está obligando a empresas, profesionales y organizaciones a replantearse una pregunta igual de importante: ¿qué capacidades seguirán teniendo valor cuando una máquina sea capaz de reproducir muchas de las que hasta ahora considerábamos exclusivamente humanas? Para mi, aquí empieza la conversación verdaderamente importante.
Durante décadas las empresas han crecido incorporando personas para adquirir capacidades. Contratábamos analistas para analizar mercados, programadores para desarrollar software, diseñadores para crear productos, abogados para interpretar normas, consultores para resolver problemas complejos o directivos para tomar decisiones. En realidad, nunca hemos comprado personas, siempre hemos comprado capacidades y esas personas, esos perfiles eran la forma de acceder a ellas.
La inteligencia artificial está cambiando esa lógica. Por primera vez una organización puede acceder a muchas de esas capacidades sin aumentar proporcionalmente su estructura. Ya sabéis, puede investigar mercados, analizar miles de documentos, desarrollar aplicaciones, diseñar propuestas comerciales, automatizar procesos, generar simulaciones o coordinar agentes especializados en cuestión de minutos, no porque las personas hayan dejado de ser necesarias, sino porque la capacidad de una organización ya no depende exclusivamente del número de personas que forman parte de ella, y como es obvio,eso representa un cambio económico enorme.
Creo , intuyo, leo y veo como estamos interpretando la IA como una revolución tecnológica cuando, en realidad, es una revolución sobre las capacidades empresariales, igual que la revolución Industrial multiplicó la capacidad física de las organizaciones e Internet multiplicó su capacidad para acceder y distribuir información, la IA multiplica su capacidad para analizar, crear, decidir, desarrollar, coordinar y ejecutar.
No estamos comprando tecnología, estamos comprando capacidades, y esa diferencia cambia completamente la conversación.
Las empresas no competirán porque utilicen ChatGPT o el modelo de IA más avanzado, esa tecnología terminará siendo accesible para todos. La competencia estará en algo mucho más difícil de copiar, la capacidad para rediseñar su organización alrededor de estas nuevas capacidades, combinando el talento humano con la IA de una forma que genere más valor que sus competidores.
Todas las grandes revoluciones tecnológicas terminan produciendo el mismo efecto. No cambian únicamente las herramientas, emplazan el lugar donde reside el valor, y hacen abundante aquello que antes era escaso, obligando a descubrir cuál es la siguiente fuente de ventaja competitiva.
Durante años el valor estuvo en acceder a la información, después estuvo en distribuirla mejor que los demás y ahora empieza a desplazarse hacia la capacidad para combinar inteligencia humana e IA, transformando esa combinación en mejores decisiones, mejores productos, mejores organizaciones y nuevos modelos de negocio.
Quizá dentro de unos años descubramos que el mayor impacto de la IA nunca fue escribir textos, programar software o automatizar procesos, sino que su contribución haya sido obligarnos a replantearnos qué significa realmente crear valor, tanto para una persona como para una empresa.
Cuanto más capaces son las máquinas de reproducir algunas de nuestras capacidades, más importante se vuelve distinguir aquello que simplemente puede automatizarse de aquello que realmente marca la diferencia.
Sospecho que esa será la gran conversación de la próxima década. No si las máquinas llegarán a ser inteligentes como nosotros, sino si nosotros seremos capaces de entender, antes que los demás, hacia dónde se está desplazando el valor en la nueva economía impulsada por la IA.
Sobre este blog
Raúl Ruiz Rodríguez (raul@relevado4.es) es uno de los profesionales pioneros de la transformación digital en España. Con más de 25 años de experiencia en medios de comunicación, marketing, estrategia e innovación comercial, ha desarrollado su carrera ayudando a empresas y grupos editoriales a reinventar sus modelos de ingresos, modernizar sus estructuras comerciales y aprovechar las tecnologías emergentes para crecer.
Comenzó su trayectoria en los primeros años de Internet en España, allá por 1998. Posteriormente, consolidó su experiencia en el sector de medios, ocupando puestos directivos en Vocento, PRISA, Vozpópuli, Secuoya Nexus o Zinet Media Group, donde dirigió equipos de ventas/Marketing, expansión , desarrollo de negocio gestionando carteras de grandes clientes y proyectos con marcas como Kia, Movistar, BBVA, Endesa, Heineken o Repsol.
En 2021 fundó Relevado4 para ayudar a los medios de comunicación a redefinir sus modelos de ingresos y sus estructuras comerciales. Esta experiencia, basada en transformación, innovación y optimización de ventas, es totalmente aplicable a cualquier sector que necesite modernizar sus procesos comerciales, incorporar nuevas tecnologías y mejorar su rendimiento.
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