90 AÑOS DEL GOLPE MILITAR QUE PARTIÓ A ESPAÑA
“La tarde del 18 de julio mi padre me dijo: ‘Vete para casa y no salgas’. Fue la última vez que lo vi”
El 18 de julio de 1936, poco después de las ocho de la tarde, resonó en toda Córdoba el estruendo seco de un cañonazo de artillería. Una batería del Ejército, mandatada por el golpista coronel Ciriaco Cascajo, abrió fuego sin miramientos contra el edificio del Gobierno Civil, donde se refugiaban destacados miembros locales del poder constitucional. En medio del caos, varios representantes civiles lograron escapar por un boquete abierto en la medianera con el Teatro Duque de Rivas, ubicado entonces en el Bulevar del Gran Capitán. Entre ellos, figuraba Manuel Sánchez-Badajoz, alcalde legítimo de Córdoba.
A las nueve de la noche, la resistencia republicana cedió al asedio de los sublevados. Los representantes institucionales de la primera experiencia democrática en la historia de España abandonaron el edificio uno a uno y con los brazos en alto. Días después fueron fusilados a quemarropa. Los golpistas pusieron en marcha una operación implacable de exterminio que segó la vida de miles de cordobeses en una ciudad donde no se produjo un solo disparo.
Sánchez-Badajoz logró alcanzar el Ayuntamiento con la vana intención de organizar la resistencia civil al golpe militar. Pero hubo de abandonarlo a toda prisa y se escondió en la huerta de El Aldabonero, cerca del Marrubial, propiedad del bombero y militante socialista José Díaz. Fue delatado el 5 de agosto junto a varios concejales y fusilado tres días después por orden de Cascajo.
Oriundo de un pueblo extremeño, Sánchez-Badajoz había llegado a Córdoba un año antes junto a su familia como funcionario de Correos. Miembro del PSOE y hombre de acción, pronto se posicionó entre la élite local del partido y tras las elecciones de febrero del 36 que ganó el Frente Popular se hizo con la Alcaldía. Cuando fue ejecutado, su hijo tenía 17 años de edad. Los golpistas ordenaron su inmediata detención y estuvo preso en el Cuartel de Artillería y el Alcázar de los Reyes Cristianos durante diez meses. Allí compartió celda con el presidente de la Diputación Provincial y otros dos exalcaldes de Córdoba.
Francisco Sánchez-Badajoz salvó milagrosamente la vida antes de abandonar Córdoba junto a su madre meses después. La entrevista que hoy publicamos en Cordópolis es un documento inédito de extraordinario valor histórico. Fue realizada en noviembre de 2009 en una residencia de ancianos de Madrid, en el marco de un proyecto de memoria oral denominado Ágora del Pensamiento Social, dirigido entonces por Manuel Rubia, Antonio Zurita, Alfonso Genovés y Francisco Castro, tres de los cuales hoy ya no se encuentran entre nosotros.
Noventa años después del golpe militar que partió a España en dos, el testimonio del hijo del alcalde republicano de Córdoba resulta estremecedor. La precisión de su relato aporta elementos cruciales para reconstruir uno de los días más negros de la historia contemporánea. En 2 horas y 19 minutos, Francisco Sánchez-Badajoz, dueño de una memoria prodigiosa a sus 90 años, disecciona su vida familiar y relata con exactitud aquellos días aciagos que ensombrecieron Córdoba. Cinco años después de la entrevista, en septiembre de 2014, falleció.
PREGUNTA. Su familia llegó a Córdoba en 1935. ¿Qué recuerda usted de la ciudad?
RESPUESTA. La ciudad estaba en una fase de crecimiento. A nosotros nos tocó arreglar las casas de Cañete, en la Avenida de Medina Azahara.
P. Cuando ustedes llegan, su padre es designado como administrador de Correos.
R. Entra en Córdoba como oficial primero. Y cuando vino el triunfo del Frente Popular, mi padre se había afiliado al Partido Socialista. Francisco Azorín, que era arquitecto, y el doctor Romera mandaban en el Partido Socialista de Córdoba, pero tenían una disgregación. Se llevaban mal. Mi padre llegó, se presentó y lo aceptaron. El grupo de Correos tenía bastantes afiliados. Mi padre era desconocido. Se presentó en la Casa del Pueblo y convenció a unos y a otros. Mi padre ascendió en el PSOE porque había una disgregación en el partido.
P. Se dividían también entre los seguidores de Largo Caballero, como su padre, y los de Indalecio Prieto, que eran más moderados.
R. Prieto fue una vez por allí y mi padre lo atendió. Mi padre tenía una valoración bastante considerable en el PSOE.
P. Él tuvo un puesto importante dentro del Partido Socialista y lo presentaron como alcalde.
R. Había dos diputados, Romera y Azorín. Romera era más simpático y comunicativo. Yo he conocido a Romera más que a Azorín. A Azorín lo conocí algún día que iba a ver a mi padre a pedirle dinero porque no tenía. Yo he hablado muy poco con él porque entonces yo era un chaval. Romera era un hombre caritativo y buen médico. Tenía una mujer muy simpática que era zamorana. Tenía muy buen trato y era cariñoso con mi madre. Azorín nada. Tenía un contacto muy lejano.
P. ¿Cómo era la situación política en Córdoba?
R. No le puedo decir porque yo me dedicaba a jugar al fútbol.
P. ¿Cómo fue la designación de su padre como alcalde?
R. El gobernador civil, Antonio Rodríguez de León, era un hombre forjado en el periodismo, pero no el periodismo alto del ABC, La Vanguardia o El Heraldo de Madrid.
P. ¿Cómo eran las relaciones de su padre y el gobernador civil?
R. Rodríguez de León ha sido un hombre más pasivo que activo. Le daba más importancia a los informes de la Guardia Civil que a los que pudieran emitir partidos republicanos, como el Partido Comunista o el Partido Socialista. La prueba evidente la tiene cuando proclamó el Estado de guerra Cascajo y, sin embargo, a Rodríguez de León no le hicieron nada. Pasó desapercibido. Y en Córdoba la represión ha sido muy dura. Le puedo hablar de don Bruno.
P. ¿Cómo recibió su padre su designación como alcalde?
R. Con alegría.
P. ¿Recuerda usted algo de su desempeño como alcalde?
R. No le puedo decir porque generalmente yo jugaba al fútbol y mis amigos eran apolíticos.
P. ¿En los días previos del golpe de militar se percibía algo?
R. Yo no notaba nada. Si había algo mi padre lo silenciaba.
P. ¿Usted recuerda el día del golpe militar?
R. Sí. Yo estaba con mi padre. Fui con él a por unos apuntes a casa de uno que se llama Acosta. Su madre tenía una peluquería de señoras en la calle Claudio Marcelo, que es la principal que va de Las Tendillas al Ayuntamiento. Y en ese momento me cogió y me dijo: “Vete para casa y no salgas”. Eso fue lo que me dijo.
P. ¿Pero usted escuchó algo?
R. No. Ya se sabía lo del golpe.
P. Él se fue para el Gobierno Civil, ¿no?
R. Supongo que iría a ver a Romera. El gobernador civil era de Unión Republicana.
P. Rodríguez de León.
R. Rodríguez de León.
P. ¿Ese fue el último momento en que vio usted a su padre?
R. Pues seguramente fue la última vez.
P. Porque su padre se escapó del Gobierno Civil y luego se fue al Ayuntamiento, de donde se escapó disfrazado de bombero.
R. Yo la única noticia que he tenido de eso fue un día en una residencia de educación y descanso. Estaba hablando y llegó uno y empezó a hablar de Córdoba. Y me dijo: “¿Usted es hijo del alcalde?”. Y dice: “Se formaron unas tertulias allí en la huerta donde estuvieron escondidos en el barrio”. Mi padre estuvo por lo menos 15 o 16 días metido en la jaula aquella en una huerta del Marrubial.
P. Lo protegió un amigo suyo que era bombero. ¿Era amigo de la familia?
R. No. A mi padre le prestó protección porque le tendría simpatía. Ese fue el que le ayudó.
P. ¿Ustedes no sabían dónde estaban escondidos entonces?
R. No. A nosotros nos comunicó su mujer que estaba en tal sitio, pero nosotros no dijimos nada. A mí a los 10 días me cogieron y me llevaron al Cuartel de Artillería, me hicieron una pregunta y me dejaron diez meses en la cárcel.
P. ¿Cómo fue ese episodio?
R. Fueron a mi casa. Estaba el abuelo Eduardo y dijo el sargento o el brigada que me iban a hacer unas preguntas.
P. ¿A su abuelo también se lo llevaron?
R. No. El abuelo se quedó en casa.
P. Cuando usted volvió a casa aquella tarde del 18 de julio, hasta que a usted lo detuvieron, pasaron diez días. ¿Su madre sabía dónde estaba su padre?
R. A los dos o tres días de haberse declarado el Estado de Guerra llegó una persona y nos dijo que era la mujer del bombero.
P. Le dijo dónde estaba.
R. Sí.
P. Pero su madre no pudo verlo. No pudo desplazarse hasta allí.
R. No. Mi madre no podía ir. No era tonta.
P. Estaba vigilada
R. Sabía positivamente que si ella iba a un sitio éramos esperados.
P. No tuvieron ninguna comunicación por carta ni nada.
R. Nada. Iba a la plaza y pasaba desapercibida o se quedaba con mi hermana.
P. En aquellos días había habido ya fusilamientos en Córdoba. ¿Qué noticias tenían ustedes de la represión?
R. Yo no le puedo decir porque generalmente estaba Guerra conmigo, el que fue presidente de la Diputación, y también Bernardo de los Reyes, que fue alcalde con el Partido Radical. Después de allí, en el mes de septiembre, los llevaron a la cárcel.
P. A usted lo detienen y dónde lo llevan.
R. Primero a Artillería. Allí estuve casi tres meses.
P. En una celda.
R. Estábamos en una celda 14 individuos.
P. ¿Cómo fueron tratados?
R. Llegaban por la mañana y te decían: “A mear”. Y venían cinco o seis tíos de Artillería y nos llevaba al váter.
P. ¿Eran militares o guardias civiles?
R. Guardias civiles, no. Militares. Estábamos en el Cuartel de Artillería de Medina Azahara, que mandaba Ciriaco Cascajo Rodríguez.
P. El máximo responsable del golpe militar. Ustedes estuvieron allí diez días.
R. Yo estuve con don José Guerra, presidente de la Diputación. A ese venía a verlo su amigo… ¿cómo se llamaba? Un comandante. Y estaban muchos días de cachondeo los dos.
P. ¿Qué comunicación tuvo usted con José Guerra?
R. Normal. Correcta. Yo era chico [Francisco Sánchez-Badajoz asegura tener 15 años en 1936, pero según nuestros datos nació en diciembre de 1919. Si es así, durante el golpe militar tenía 17 años].
P. ¿Cómo era José Guerra?
R. José Guerra era tranquilo, muy sosegado y generalmente no expresaba nunca su sentimiento. Tenía un pariente suyo, un hijo político, que era médico e iba a verlo. El comandante Salgado, que era el que mandaba el cuartel en aquella época, era muy amigo de Guerra y se sentaba allí con él para charlar. José Guerra y Salgado se llevaban muy bien.
P. ¿José Guerra tuvo percepción en algún momento de que podía ser fusilado?
R. Yo creo que no. Yo creo que pensaba que se salvaba. Pero en aquella época yo no pensaba en salvarme. Alguna noche se pensaba que venían a por nosotros. Había dos o tres guardias. Alguno de nosotros decía: “Venga, ¿qué tienes ahí? ¿Tienes el cuchillo? ¿Tienes algo para hacer un contrafuerte para que no pudieran entrar por la puerta?”. Que si no, tiran con la ametralladora o ponen un cartucho de dinamita y se va a hacer puñetas la puerta.
P. ¿Ustedes fueron maltratados de alguna manera?
R. No. Yo he sido bien tratado por el director de la cárcel de Córdoba.
P. ¿Y en Artillería?
R. Allí no había distinción. Te daban el rancho, la comida, la cena y la manta para dormir.
P. Dormían en el suelo.
R. Al suelo.
P. En el suelo todas las noches.
R. Todas las noches.
P. ¿Usted fue sometido a interrogatorio?
R. No.
P. ¿Por qué estaba detenido entonces?
R. Estaba detenido por la personalidad de mi padre.
P. ¿Le acusaban a usted de algún delito?
R. A mí no me han tratado ni bien ni mal. Íbamos por la mañana a las 9, salíamos, pasábamos el patio de armas del regimiento y a mano izquierda había unos servicios. Ahí, con cinco o seis de guardia, hacía mis necesidades.
P. ¿Le preguntaron por su padre?
R. Nunca.
P. ¿Y entonces en calidad de qué lo detuvieron?
R. Allí no sabías nada. Detenido y fuera. Te ponían las esposas o te amarraban con una cuerda. En la cárcel el director me ha tratado con mucho cariño.
P. ¿Cuántas personas podrían estar detenidas en Artillería?
R. Allí estábamos lo menos 15 personas.
P. ¿En la misma celda?
R. Algunos que entraban eran desconocidos y decían que eran espías. Había unos que dormían como un lirón y no pensaban que los iban a matar.
P. Además de José Guerra Lozano, ¿estaba también Bernardo de los Reyes?
R. Bernardo de los Reyes.
P. Este señor fue alcalde de Córdoba.
R. Sí. Fue alcalde
P. ¿En la República?
R. Con Alejandro Lerroux. Era del Partido Radical.
P. ¿Estaba también Francisco de la Cruz Ceballos?
R. Don Francisco de la Cruz Ceballos también.
P. Este señor también había sido alcalde de Córdoba. ¿Cómo era?
R. Era muy pacífico. No tenía una oratoria vibrante.
P. ¿Qué hablaban las personas detenidas sobre la situación política?
R. Se hablaba poco. Yo creo que las personas mayores sabían que iban a ser fusilados.
P. ¿Permitieron a su madre que fuera a visitarlo a usted?
R. Mi madre no fue nunca a verme. Iba mi hermana por la mañana y me llevaba el desayuno. Y entre la verja y una zona de jardín podría tener cuatro metros de separación. Me hacía así y ya sabía que era ella.
P. Usted no pudo besarla ni abrazarla esos días.
R. Nada.
P. ¿Y su madre por qué no iba a verlo?
R. Pues no le puedo decir.
P. A usted lo trasladan a la cárcel de Córdoba que estaba en el Alcázar de los Reyes Cristianos.
R. Exactamente.
P. ¿Y por qué lo trasladan allí?
R. Yo creo que por ocupación de la habitación donde estábamos al principio. Y también tenía una motivación: el silencio de lo que iba a cometer don Bruno con relación a los presos. Allí pasaba todo el mundo y decían: “A este lo han fusilado”. Llegabas a las diez o a las once de la noche, pasaban lista y decían: “Vamos a hacer una pregunta”. Y la pregunta era esa: te vestían, te sacaban y te fusilaban en el Marrubial o en las tapias del cementerio.
P. ¿Cuántas personas había en la cárcel?
R. Había cerca de 1.000 personas
P. O sea, aquello estaba lleno de gente.
R. Sí.
P. ¿Y eran todos presos políticos?
R. No. Lo que pasa es que como la represión ya se había hecho bastante dura en Córdoba, generalmente los pueblos que habían sido liberados casi todos pasaban por la cárcel. Y aquella noche empezaban las denuncias de los del pueblo: “Fulano, mengano y mengano”. Llegaban los informes de la Guardia Civil y decían: “Diez esta noche”. O veinte.
P. ¿Cuántos meses estuvo usted en la cárcel?
R. Yo estuve hasta el mes de mayo.
P. ¿En total 10 meses?
R. Estábamos en el patio chico de la cárcel. Yo estaba con el Moro. ¿Usted ha oído hablar del Moro?
P. No.
R. Es un personaje de Cabra. Era el que llevaba toda la política del Ministerio de Alcalá Zamora. Era padre de dos comandantes que hoy día han sido generales. Dos hermanos. ¿Cómo le llamaban? El director de la cárcel me metió en el patio chico, que era para los selectos y los intelectuales. Y el patio grande, que es un rectángulo y tiene mucha anchura, tenía una vigueta donde hacía la guardia. El patio chico era la intelectualidad. Teníamos ocho celdas y nuestras (…) para hacer de vientre.
P. ¿Todos los días se sacaba a gente para fusilarla?
R. Ya los últimos meses se fusilaba poca gente.
P. Al principio mucha.
R. Al principio un carro.
P. Diariamente.
R. Diariamente. Bruno era el más sanguinario. Porque Zurdo me parece que fue más complaciente.
P. ¿Usted llegó a conocerlos a los dos?
R. Al primero sí.
P. A Luis Zurdo lo conoció.
R. Porque su hijo estudiaba conmigo. Él jugaba de extremo y yo de interior.
P. ¿Y cómo era Zurdo?
R. De papá y de alumno es completamente diferente a como estás en la cárcel. Él no se presentaba en la cárcel. Lo único que se presentaba en la cárcel era la lista: “Fulano de tal”. Y salían 15 o 20.
P. Cuando sacaban a gente ¿ustedes sabían que era para fusilarlos?
R. ¡Hombre! Se veían los tiros muchas noches porque fusilaban en las tapias del cementerio.
P. Y se escuchaban.
R. El eco y la proximidad, puesto que el cementerio está en talud de declive y después a casi 400 metros está el río. Y en el silencio de la noche se oían hasta los tiros.
P. ¿Allí fueron maltratados en alguna ocasión?
R. Yo no he sido maltratado.
P. ¿Y algún compañero suyo de prisión?
R. No le puedo decir porque si daban no hablaban. Decían: “Si digo algo me van a fusilar. Y así paso desapercibido”. La hija del director era muy cariñosa conmigo. Me daba los buenos días todos los días.
P. ¿Cómo se llamaba el director?
R. Don Francisco. Siempre estuvo cariñoso conmigo.
P. ¿Cómo eran las condiciones de habitabilidad de la cárcel?
R. La cárcel tenía las normas características. Teníamos una bica y una celda.
P. ¿Qué es una bica?
R. El váter.
P. Una letrina.
R. Una letrina. Se cerraba la puerta y ahí dormían cuatro o cinco. Hubo dos hermanos, que se llamaban Ferrer. Uno era soltero y otro casado. Y cuando vino el carro a las 10 de la noche llamaron al soltero. Dentro de la misma celda salió el soltero y al terminar le dice el que llevaba a la orden, el oficial de prisiones: “Usted también”.
P. Ellos eran conscientes de que iban a morir.
R. Sí.
P. ¿Cómo se comía en la cárcel?
R. Comíamos un rancho aceptable. No se pasaba hambre.
P. Los familiares no iban a llevaros comida.
R. Generalmente no concedían permiso. A mi madre la dejaron entrar dos o tres veces. A mí me dejaron entrar en las oficinas y le di besos.
P. ¿Dormían en el suelo?
R. No. Con una colchoneta que me dieron.
P. Allí estuvo también José Guerra Lozano.
R. Sí, pero poco tiempo
P. Porque lo fusilaron pronto.
R. Sí.
P. Y Francisco de la Cruz Ceballos también estuvo allí.
R. Sí.
P. A don Francisco no lo fusilaron.
R. No.
P. Pero él murió en la cárcel, ¿no?
R. Eso ya no lo sé.
P. ¿A Bernardo de los Reyes lo fusilaron?
R. A Bernardo de los Reyes no lo fusilaron.
P. ¿Qué más personas conocidas?
R. Yo era un chaval que desconocía a la mayoría de la gente de Córdoba. Conocía a los que habían estudiado conmigo por el apellido. Estuvo también Paco Hierro. ¿Ha oído hablar de Paco Hierro?
P. No.
R. Paco Hierro es un comercio muy fuerte que está enfrente del Ayuntamiento de Córdoba. Y a ese iba don Perfecto García. A ese sí lo habrá oído nombrar, ¿no?
P. No.
R. Era el director del Instituto de Córdoba. Y estudió con José Valle Martín.
P. La mayor parte de la gente que estaba en prisión eran represaliados por pertenecer a formaciones políticas o sindicales, ¿no?
R. También había algunos que por antipatía habían sido denunciados.
P. Ya. ¿Había gente de la provincia?
R. Más bien eran transeúntes. Entraban por la mañana, los afiliaban y a la noche al paredón.
P. ¿Pasó mucha gente por la cárcel en los 10 meses que estuvo usted?
R. Yo no le puedo decir, pero calculo que más de 15.000 personas pasaron por allí.
P. ¿Sintió miedo en algún momento?
R. Pues le voy a decir la verdad: no he sentido miedo ni cobardía.
P. ¿Por qué?
R. Estaba en un estado flotante. No pensaba que me iban a barrer.
P. ¿Había personas de su edad allí?
R. Había un chiquito que estuvo mucho tiempo desaparecido. Y es que lo trasladaron y después vino otra vez. Entonces se lo cargaron. Era de Doña Mencía.
P. ¿Y las mujeres?
R. Las mujeres estaban aparte.
P. No estaban con ustedes.
R. Estaba la cuñada de Velasco, que era uno de los represaliados, y conocía a toda la gente porque había militado en la izquierda. Su cuñada era la peluquera y la detuvieron porque era de izquierda.
P. ¿Qué pasó con Azorín y con Romera?
R. A Romera lo fusilaron con mi padre.
P. Porque estaba escondido con su padre.
R. Sí.
P. ¿En el mismo huerto?
R. En el mismo huerto.
P. ¿A cuántas personas fusilaron del huerto?
R. No le puedo decir porque no sé los que estaban en totalidad.
P. Cuando estaba en la cárcel ¿le llegó alguna información relacionada con su padre?
R. Yo sabía que había faltado mi padre al mes cuando se presentó mi madre a verme y el director le concedía siempre alguna visita. Don Francisco Madrid se portó muy bien conmigo y su hija igual. Siempre buscaba por todos los medios si venía la lista a ver si podía borrarme.
P. ¿El director era una persona del Movimiento? ¿Era franquista?
R. Había uno que se llamaba Sixto, que era guardia y no era de prisiones. Era aspirante a ser titular en una plaza previo examen y como lo había solicitado el director ante la afluencia de gente lo llamó. Ese era un chaval que tendría 18, 19 o 20 años. Muchas veces el director llegaba y decía: “Hablo por don Sixto porque se levanta enseguida”. Levantarse quería decir que esta noche vas al carro.
P. ¿El carro qué era?
R. El carro era la muerte.
P. ¿Usted tuvo algún tipo de proceso judicial? ¿Alguna acusación formal?
R. Yo no tenía ningún proceso.
P. ¿Y la mayor parte de la gente de la cárcel estaba sometida a algún tipo de proceso?
R. He tenido la suerte de que mi amigo Arrier y mi amigo Romero, que después han sido alférez provisionales, fueron a verme dos o tres domingos a la cárcel. Uno que se portó muy bien con nosotros fue don José María Rey Díaz. ¿No sé si lo conoce?
P. Hábleme de él.
R. Era auxiliar del instituto y cronista oficial de Córdoba. Se portó con mi madre y le dijo: “Señora, si no tiene usted dinero, yo le pagaré el entierro y así pasa desapercibido”. Yo he tenido muy buena amistad con su hija. Con él siempre que he ido a Córdoba he ido a visitarlo para darle las gracias. Y me dice: “Tu padre se portó muy bien conmigo”. Le hicieron una campaña el Partido Socialista o el Partido Comunista de que era un fascista. Y mi padre dijo: “Este señor es un catedrático y como catedrático hay que respetarlo”. Era muy amigo de Antonio Jaén Morente.
P. ¿Cómo fue la detención de su padre?
R. No lo sé. Yo estaba detenido.
P. Parece que había dos versiones. Una dice que hubo una delación de algún vecino del barrio. ¿Usted no sabe nada de eso?
R. Yo no.
P. Él estuvo tres días detenido antes de fusilarlo. Lo detuvieron el día 5 de agosto y lo fusilaron el día 8. ¿No sabe usted dónde estuvo detenido?
R. Había estado detenido en el Cuartel de Artillería.
P. Como usted.
R. Pero en dependencias distintas.
P. En mayo del 37 salió usted de la cárcel.
R. Sí.
P. ¿Por qué lo sacaron fuera? ¿Alguien intercedió por usted?
R. Le puedo decir una cosa: Yo fui a darle las gracias a un teniente de la guardia civil. Don Bruno era coronel. El carnicero de Córdoba.
P. ¿Qué se hablaba de don Bruno?
R. Don Bruno se debía llevar muy mal con Zurdo, otro comandante que fue el anterior responsable de orden público. Después llegó don Bruno. Este vino diciendo que habían fusilado a la mujer y que la habían violado.
P. ¿Y qué se decía de don Bruno? ¿Por qué tuvo tanta fama?
R. Don Bruno no sabemos si era un arribista o fue un oportunista. Una responsabilidad pensar que te vas a cargar a 8.000 o a 10.000 almas, porque yo calculo que el tiempo que duró todas las noches había un carro de 50 o 100 tíos.
P. Todo ordenado por don Bruno.
R. Le venían todos los pueblos que se iban liberando y la Guardia Civil los entregaba y le daba la lista, supongo. Los que eran médicos o tenían una personalidad de oficio los metían en el patio chico con nosotros. A los otros los llevaban a la cárcel o los llevaban al cuartel y los sacaban.
P. ¿Usted cree hubo algún intento de rebelión por parte de los presos?
R. Yo creo que no. No había espíritu. Nos desconocíamos unos a otros.
P. El estado de ánimo general de los presos era muy bajo.
R. No había ánimo.
P. ¿Usted recuerda el día en que salió de la cárcel?
R. Fue el mes de abril o mayo. Mi madre venía a Málaga porque mi tío Gregorio y mi padre tenían negocios. Yo estaba en la cárcel y le dijo el director a mi madre: “Me parece que mañana tiene usted a su hijo en casa”. De Córdoba nos fuimos a Málaga.
P. ¿Alguien intercedió en su liberación?
R. Si hubo alguien que ayudó siempre fue José María Rey Díaz, cronista oficial del Ayuntamiento. Ese me daba noticias siempre que iba a verme. Cada vez que iba me llevaba una libra de chocolate, que era un obsequio bastante bueno. Y me decía: “A ver si te podemos sacar”.
P. ¿Usted cree que pudo ser determinante en su liberación?
R. Puede que sí y puede que no. Don José era eminentemente católico. Cuando mi padre era alcalde querían echarlo. Mi padre lo llamó al despacho y le dijo: “Mire usted, mientras yo sea alcalde, usted es el cronista oficial de la villa”.
P. José María Rey Díaz estaba agradecido a su padre y por eso le ayudó.
R. Siempre iba a verme. Si no él, su hija Genoveva, que fue dos veces.
P. ¿El cronista se posicionó favorable al Movimiento?
R. Sí. Era un hombre eminentemente católico y muy amigo también de Antonio Jaén Morente.
P. Usted salió de la cárcel, fueron a su casa y no permanecieron en Córdoba.
R. No. Nos fuimos a una pensión.
P. ¿Por qué? ¿La casa la habían perdido?
R. Nos fuimos a Málaga con mi tío Gregorio.
P. Abandonaron Córdoba inmediatamente.
R. Un buen día un teniente de la Guarda Civil llegó a mi madre y le dijo: “Venga usted esta tarde con él que voy a dar la orden y que conozca yo a su hijo”. Y a mí me extrañó. Zurdo conmigo se había portado aceptable. En realidad, le dijo al otro “ponlo en libertad”, seguramente porque los que mandaban era la Guardia Civil más que Cascajo. Todo el servicio secreto y de espionaje lo llevaba la Guardia Civil.
P. ¿Qué hicieron con la casa de Córdoba?
R. La casa de Córdoba desapareció. Mi madre facturó lo poco que había y se llevó al abuelo. Hasta que murió ha vivido con nosotros en Brozas. Mi primo Alejandro, que llegó a coronel, le dijo a mi madre: “Carmen, me voy a llevar al abuelo a Alcántara”. Y estuvo viviendo con sus cuñadas Dorotea y la tía Benita, que era la abuela de Alejandro.
P. Ustedes se establecen en Alcántara finalmente.
R. Alcántara ha sido un pueblo que se ha portado con nosotros maravillosamente. Yo tengo buenos amigos míos allí.
P. Cuando volvieron a Alcántara ¿sufrieron algún tipo de represión?
R. Alcántara se ha portado con nosotros formidablemente. Era más republicana que Brozas y, sin embargo, la gente rica del pueblo ha considerado a mi madre en todos los aspectos. Mi madre iba a misa y la respetaban.
P. ¿Dónde pasó usted la Guerra Civil?
R. La Guerra Civil la hice con los nacionales.
P. ¿Lo obligaron?
R. Claro. Era la movilización general. Yo soy de la quinta del 40.
P. ¿Dónde lo movilizaron?
R. Nosotros fuimos al regimiento de Argel número 27, que es el que se hizo en Cáceres. Juramos bandera y de golpe y porrazo, a los siete u ocho días, nos dicen: “Mañana preparaos que os vais al frente”. Todos creíamos que nos íbamos a Talavera de la Reina porque había un nudo de mucha persistencia que no podían eliminarlo. La Legión tenía parte de una bandera en Talavera por la fluidez que tenía el Ejército rojo de poder conquistarla. Y nos dijeron: “A Segovia”.
P. ¿Y usted entró en combate?
R. Yo he estado cerca de Franco muchas veces en la sierra.
P. ¿Cerca de Franco?
R. En la batalla del Ebro.
P. ¿Usted tenía una especial vigilancia por ser hijo de republicano?
R. Yo he pasado desapercibido.
P. No sabían quién era su padre.
R. Supongo que sí.
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