El día que CCOO plantó cara al moribundo régimen franquista
3 de julio de 1976. Juan Carlos I, rey de España, nombra a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. Apenas habían transcurrido siete meses desde la muerte del dictador Franco y el Gobierno continuista de Arias Navarro se ve incapaz de conducir un país que reclama cambios políticos profundos. Desde diciembre se suceden las huelgas y las movilizaciones obreras lideradas por un sindicato clandestino que exhibe un músculo social creciente.
CCOO todavía es una organización ilegal pero convoca una asamblea general en Madrid con 2.000 delegados procedentes de toda España para los días 27, 28 y 29 de junio. Días antes el Ministerio de Gobernación hace público un comunicado prohibiendo taxativamente el acto. Al frente del departamento se encuentra un ministro gallego llamado Manuel Fraga Iribarne. “La organización ilegal llamada Comisiones Obreras ha anunciado públicamente, a través de algunos medios informativos, la próxima celebración de un congreso nacional”, indica el despacho ministerial. “Dado que a la vista de la jurisprudencia del Tribunal Supremo, las Comisiones Obreras son consideradas instrumentos del Partido Comunista de España, el Ministerio de la Gobernación se ve precisado a desautorizar dicho pretendido congreso (...) para lo cual ha cursado las pertinentes instrucciones prohibitivas”.
Está claro. El régimen franquista se atrinchera y se declara dispuesto a taponar cualquier vía de agua del sistema. Pero CCOO no se arredra. Renuncia al congreso de Madrid pero convoca una asamblea general en Barcelona para el 11 de julio. Ilegal, por supuesto. Reduce el número de delegados a 650 y organiza un dispositivo para evitar detenciones masivas. El lugar elegido para el desafío fue la iglesia de Sant Medir, en el barrio de Sants.
Francisco Ferrero tenía 25 años. Entró con 15 en la escuela de aprendices de Electromecánicas y antes de cumplir los 20 ya era un activo militante obrero y antifranquista. Para entonces CCOO se habían infiltrado en las estructuras del sindicato vertical y disputaba palmo a palmo la batalla proletaria en el nuevo orden político y social que estaba a punto emerger.
“La policía nos tenía fichados. Yo intervenía a menudo en el salón de actos del sindicato vertical en Gran Capitán y me tenían controlado”, recuerda Ferrero. El histórico sindicalista cordobés nunca tuvo un problema serio con la justicia, como sí le sucedió a muchos de sus compañeros, algunos de los cuales terminó entre rejas. En una ocasión fue identificado por la policía en una asamblea ilegal en Montoro y multado con 8.000 pesetas.
Ferrero fue uno de los ocho cordobeses que participaron en aquella histórica Asamblea de Barcelona del 76, que ahora celebra el 50 aniversario. Su memoria alcanza a recordar algunos nombres de aquel viaje memorable: Manuel Caballero, José María Fuentes, Rafael Laguna, Antonio Santacruz, Santi Marzo, Manolo Rubia y quizás también Laureano Mohedano. Puede ser que alguno más.
Salieron en dirección a Cataluña en dos coches. Ferrero iba en el Seat 127 verde de Manolo Caballero. Entonces plantarse en Barcelona era una odisea. En algún lugar de Castilla la Mancha hicieron noche. Solo recuerda que se trataba de un área de servicios de una gasolinera. Detuvieron el coche y se echaron a dormir. Unos dentro del vehículo y otros en el suelo puro y duro.
Lo que recuerdo es que hacía un calor tremendo en la Asamblea de Barcelona
“Como éramos tan demócratas, lo echamos a suertes”, rememora Manolo Caballero en conversación telefónica. “Y me tocó dormir en el suelo”, asegura con sorna el dueño del vehículo. Caballero tenía 26 años y trabajaba como administrativo en el Banco Vizcaya del Bulevar. Hijo de un trabajador de Electromecánicas y de familia republicana, el joven sindicalista ya militaba en CCOO y frecuentaba los círculos antifranquistas de Córdoba.
En la oficina bancaria el sindicato clandestino gozaba ya de una notable influencia. Allí coincidió con José Luis Villegas, que años después se convertiría en concejal comunista del Ayuntamiento. “En el banco había un nido bueno de rojos, pero teníamos buen cartel y el respeto de la empresa”, afirma.
Manolo Caballero sí probó la crudeza de los calabozos de la comisaría. Tras una asamblea del sindicato vertical, tres agentes de la policía lo interceptaron junto a Manolo Rubia y José María Fuentes. Le pidieron la documentación, lo registraron y le preguntaron por el megáfono que se acababa de usar en la concentración del Bulevar. Fue detenido y pasó tres días en dependencias policiales. Fue asistido por los abogados Filomeno Aparicio y Juan Muñoz Saro, mientras una marcha organizada desde Electromecánicas exigía su inmediata puesta en libertad.
La Asamblea de Barcelona fue un punto de inflexión en la historia de CCOO. Más de 600 delegados de toda España celebraron el primer gran cónclave para dirimir si se constituían ya como sindicato o exploraban fórmulas de unidad obrera con el resto de organizaciones, principalmente la UGT. La reunión estuvo presidida por el sindicalista catalán Cipriano García y contó con la presencia de los históricos Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius y Juan Muñiz Zapico.
“Hacía un calor tremendo”, recuerda Ferrero. “Tanto que mucha gente se quitaba la camisa”. El debate fue impetuoso y bronco. Y se impuso la tesis de Marcelino Camacho favorable a la inmediata constitución del sindicato. “Lo respaldó la inmensa mayoría. Yo creo que un 90% de los delegados”, puntualiza el sindicalista histórico, que dirigió CCOO en Córdoba durante 12 años.
“Fue una reunión muy importante, participativa y guerrera”, subraya Manolo Caballero. “Íbamos muy motivados a Barcelona. El dilema era seguir como movimiento obrero o fundirnos con UGT y otros sindicatos”. En aquel momento de tímida apertura política, la filial socialista recibía un tratamiento más benevolente del régimen. Aunque también eran ilegales, el Gobierno de Arias Navarro les había permitido celebrar un congreso en abril del 76. “A CCOO, sin embargo, nos habían denegado la autorización”, protesta Caballero.
La sensación ya era que la dictadura se estaba terminando
Tras la Asamblea de Barcelona, la Transición democrática se aceleró. CCOO activó la organización territorial en toda España. En Córdoba, pocas semanas después, se celebró la reunión fundacional del sindicato en los sótanos del supermercado Deza en la Avenida de Granada. “La sensación era que la dictadura se estaba terminando. El régimen iba a menos”.
El 27 de abril de 1977 CCOO fue oficialmente legalizada. Dieciocho días antes había salido de las catacumbas el PCE. España pasaba página tras una feroz dictadura de 40 años. De aquellos 650 delegados sindicales que dieron vida a la histórica Asamblea de Barcelona, apenas 60 vuelven medio siglo después a Cataluña para celebrar una fecha clave.
De Córdoba regresan cuatro: Francisco Ferrero, Manuel Caballero, Antonio Santacruz y José María Fuentes. Ya no lo hacen a bordo del Seat 127 verde ni dormirán en el suelo. Ahora viajan en AVE y se alojan en hotel. Nada que ver con aquella aventura irrepetible de una España que estaba empezando a despertar.
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