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90 AÑOS DEL GOLPE MILITAR

Antonio Moreno: “A mi padre no solo lo mataron físicamente, sino espiritual y artísticamente”

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

Aristóteles Moreno

18 de julio de 2026 20:02 h

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Amigo de García Lorca y Ortega y Gasset, el escultor Enrique Moreno Rodríguez El Fenómeno fue uno de los artistas cordobeses de principios del siglo XX mejor conectado con las vanguardias europeas que estaban transformando el continente. Nacido en Montalbán en 1900 en el seno de una familia de herreros, logró volar hasta los focos culturales más efervescentes de Europa donde bebió artísticamente del cubismo y el expresionismo. En París conoció a Picasso, a Dalí y a Cesanne, y en Roma se dejó influir por Archipenko y Mestrovic, dos autores decisivos en su obra.

El golpe militar frenó en seco su fulgurante trayectoria y el 9 de septiembre de 1936 fue fusilado por los sublevados. Apenas tenía 36 años de edad. Su familia vivía en la calle Ramírez de las Casas Deza, número 11, cuando el coronel Cascajo ordenó el asalto al Gobierno Civil de Córdoba. A partir de aquel fatídico 18 de julio nadie estaba seguro en España. Tampoco Enrique Rodríguez El Fenómeno, cuyo único delito fue abrazar con fervor las vanguardias artísticas que refrescaban Europa.

Las noticias teñían de sangre los primeros días de la asonada miliar y el escultor decidió refugiarse en casa de un amigo que vivía junto al Granito de Oro, en la Avenida de El Brillante. Fue inútil. La voluntad sanguinaria de los rebeldes tampoco se detuvo ante un joven artista que jamás había militado en partido político alguno y días después lo apresaron para acabar con su vida sin contemplaciones.

Antonio Moreno Ladrón de Guevara aún no había cumplido los cuatro años cuando su padre fue fusilado. De aquel siniestro día no recuerda nada. Pero sí de los amargos años de la humillación con que hicieron pagar a su familia el precio de ser hijos y viuda de represaliado. Esta entrevista inédita fue grabada en Córdoba el 20 de octubre de 2009 en el marco del proyecto de memoria oral desarrollada por la asociación Ágora del Pensamiento Social, ya desaparecida. Hoy es la primera vez que ve la luz.

Antonio Moreno se instaló en México en 1981 y regresó a su ciudad natal en la primera década del tercer milenio para defender la memoria de su padre, cuyo legado escultórico aún desafía los imponderables del tiempo en algunas plazas de Córdoba. Un busto del músico Martínez Rucker descansa en los Jardines de la Agricultura, mientras que la Plaza de Ramón y Cajal acoge la escultura de Eduardo Lucena, rescatada del olvido por la primera corporación municipal democrática tras la dictadura franquista.

El hijo de El Fenómeno tenía 77 años cuando se sometió a esta larga entrevista. En ella elogia emocionado la figura truncada de su padre y de una generación que fue sepultada por la intransigencia y el fanatismo retrógrado. Hoy Cordópolis ofrece un nuevo documento histórico de valor incalculable que arroja luz sobre unos días turbulentos que cambiaron el curso de España. Pocos años después de esta conversación Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo menor del gran escultor cordobés, falleció en México.

PREGUNTA (P). ¿Qué sabe usted de la familia de su padre?

RESPUESTA (R). La familia de mi padre era gente que se dedicaba al campo y a la herrería. Mi padre, con 13 o 14 años, hizo una visita el entonces jefe de Gobierno Alejandro Lerroux, que era natural de La Rambla. E hizo un modelado en barro que se le parecía mucho y le agradó. Entonces le dijo al diputado de Montalbán que si le podían conseguir una beca para estudiar en la Escuela de Arte y Oficio de Córdoba. Y se vino a Córdoba con 15 años.

P. ¿Su padre estudió?

R. Mi padre no pasó de los estudios de primaria. Iba al campo y ayudaba a su padre en la fragua. Estamos hablando de hace casi cien años. Se formó a sí mismo a lo largo de los años y lo mismo podía leer a Jacques Maritain que a Kiertkegaard o el que fuera.

P. Lo aprendió de manera autodidacta.

R. Él fue autodidacta y, debido a esa carencia primaria, se propuso ser una persona muy culta. Entonces leyó todo lo que caía en sus manos. Después se suscribió a todas las revistas que había de poesía, de arte, de lo que fuera. Leía lo mismo los clásicos castellanos que las últimas novedades que se publicaban en Europa. A lo largo de su vida, por haber sido becado y haber tenido que ir a estudiar a París y a Roma, sabía perfectamente francés e italiano. Y también catalán porque su amigo Eugenio D’ors lo invitaba a su casa. Tenía novelas en todos los idiomas.

Enrique Moreno Rodríguez 'El Fenómeno'

P. Su afición a la lectura y artística fue de muy pequeño.

R. Al transcurso de la Escuela de Arte y Oficios. Después le concedieron una segunda beca para ampliar estudios de arte en Madrid. Allí empezó a conocer a gente de cierto nivel artístico y cultural. La tercera beca se la concedieron para ir a París. Entonces eran los tiempos de los ismos. Allí alternó con Picasso, con Dalí, con Cézanne y, sobre todo, con las últimas tendencias de arte del expresionismo. Si bien en dibujo practicaba más o menos la influencia del cubismo, en escultura pensaba que se adaptaba más a lo bidimensional que a lo tridimensional. Procuró expresarse por otros medios y tuvo una gran influencia de Alexander Archipenko, que era ucraniano, y de Iván Mestrovic, que era serbio. La cuarta beca se la dieron para ir a Roma. Y allí también aprendió clásicos y no clásicos. Él era muy vanguardista y lo que en aquellos tiempos podríamos decir librepensador. Estaba abierta su mente a cualquier cosa.

P. Su padre vino a Córdoba y ya no volvió a Montalbán.

R. Ya no volvió. Aquí fue profesor de la Escuela de Arte y Oficios y de la Normal de maestros. Escribía en el periódico y en revistas artículos de arte casi todos los días. Hacer escultura es mucho más difícil que hacer pintura. Por ejemplo, la estatua de Eduardo Lucena que tenemos ahí en la Plaza de Ramón y Cajal tardó más de diez años en hacerla. Y, mientras tanto, tienes que alimentar a la familia.

Escribía de cubismo o de estilos que él consideraba una forma adecuada de expresar el momento artístico y vital que se vivía. Había otras formas que a él le parecían estancadas, como era el falso tipismo de la España de pandereta.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. Y eso era entonces una corriente dominante.

R. Exacto. Y entonces, como el alcalde era don José Cruz Conde y del 23 al 30 fue la dictadura de Primo de Rivera, quiere decirse que “aquí no se mueve una hoja”. Las nuevas ideas no eran bien recibidas y tuvo que venir un grupo de gente joven que luchaba contra viento y marea.

P. ¿De dónde le vinieron a su padre todas las influencias artísticas e intelectuales?

R. La artística de sus viajes a París, donde conoció a Vázquez Díaz. Inurria no llegó a ser profesor suyo en la Escuela de Arte y Oficios pero también lo conoció. Para mi gusto, Mateo Inurria y él son los dos más grandes escultores que ha habido en el primer tercio del siglo XX. La influencia le vino de París y de Roma, sobre todo de Archipenko y Mestrovic, aunque él conocía el constructivismo y cualquiera de los ismos de vanguardia.

P. ¿Cuánto tiempo estuvo fuera?

R. Estuvo varias veces en cada una de las becas. A lo mejor estaba un año en París, un año en Roma, un año en Madrid. Pero cuando venía se encontraba que aquí no cambiaba ni una hoja de árbol. Una Córdoba aldeana. Él, Rafael Botí, Ángel López Obrero y otros luchaban. Claro. También había confrontación de las ideas políticas y sociales, que fue muy fuerte a partir del año 31. Él tenía sus ideas políticas. Y tenía una idea clara de que el estancamiento, la dictadura y la falta de progreso no era lo mejor para el país. Pero nunca fue activista político. Jamás escribió ni un solo artículo sobre política ni se afilió a ningún partido.

P. Cuanto terminó Arte y Oficios se puso a trabajar.

R. Empezó a trabajar en Córdoba haciendo lo que podía. Y luego ya con el tiempo lo hicieron profesor de la Escuela.

P. ¿Y la escultura daba para vivir en aquella época?

R. Escribía artículos en los periódicos en la sección de cultura y arte, y hablaba de todos los movimientos que había visto en París. Había visto el estreno de El Perro Andaluz de Buñuel y Dalí, y escribió sobre la impresión que le había causado. O sobre las exposiciones que se celebraban en París. Las distintas tendencias. Y todos los días escribía sobre los movimientos estéticos que había aquí, aunque a él no le gustaban, lo cual originaba polémicas.

P. Su padre se empapó de todas las vanguardias de Europa mientras que en Córdoba estaban todavía muy estancados.

R. Pues sí. Sin establecer juicios de valor. Cada quien puede gustarle una cosa. En aquel tiempo se encargó la estatua de Osio. Yo me asomaba y veía un bulto pero no al personaje. O la estatua del Corazón de Jesús, que tenía ese estilo de casi orfebrería en la escultura. O la del Duque de Rivas, que decía que eso de que se le note el entramado a un traje no añade nada a la personalidad. Él era más de volúmenes, de movimiento y de expresión. Por eso es la cuestión del expresionismo.

P. Su padre formaba parte de una élite artística, que no conectaba con la mayoría de la ciudad.

R. Exacto. Mi padre era casi el eje sobre el que vivía la vida cultural y artística de Córdoba en aquel tiempo. Al estilo de las tertulias de París, tenía la tertulia en los veladores del Café La Perla.

P. ¿Dónde estaba ese café?

R. Donde hoy está la tienda de Aromas. Enfrente de Marqués del Boil, en la calle Gondomar. Todavía hay una esquina que pone la Perla de no sé qué. Ese café fue famosísimo. Yo lo conocí. He tomado café mil veces allí con esos veladores clásicos de la mesa de mármol y las sillas de madera. Y ahí ya formaban sus tertulias. Luego hicieron una cosa que se llamaba Horas literarias, donde se daban charlas de poesía. Mi padre daba muchas charlas acerca de arte.

Por cierto, hay una anécdota muy conocida mil veces repetida. Un día don José Ortega y Gasset, que era amigo de mi padre y venía con mucha frecuencia a Córdoba, estaba viendo una de las charlas que él daba acerca de arte y un señor le preguntó: “Oiga, don José, ¿qué opina usted de lo que está diciendo el maestro Moreno?”. Y respondió: “Cuando Enrique Moreno habla, José Ortega escucha”.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. Su padre era una persona influyente en los círculos artísticos de Córdoba.

R. Mucho.

P. ¿Quién iba a las tertulias?

R. Botí, López Obrero, Juan Bernier y también políticos. Qué duda cabe que en las tertulias se hablaba también de política. Él era librepensador y obviamente republicano.

P. ¿Por qué dice usted obviamente?

R. A partir del 31 obviamente él era republicano. Hizo muchas cosas en tiempos de la República para actos oficiales o semioficiales. Por ejemplo, mi padre hizo un busto a Pablo Iglesias en Puente Genil. A los tres o cuatro meses ese busto fue destruido. El gobernador mandó hacer una indagatoria y hubo protestas en el periódico de La Voz. Si le digo lo que decía el periódico El Socialista

P. ¿Qué decía El Socialista?

R. “Ha sido destruido el busto del Abuelo”. Así le decían a Pablo Iglesias. “No nos extraña. Los hijos de Cruz Conde son fascistas”.

P. Le echaba la culpa directamente a la familia Cruz Conde, que era alcalde de Córdoba en ese momento.

R. Ellos lo dejaron caer así. Nunca se dio un veredicto del asunto porque el busto cuando se inauguró tuvo mucho éxito. A don Alejandro Lerroux lo nombraron hijo predilecto de La Rambla, donde había nacido. Mi padre hizo la placa, que todavía existe en La Rambla en honor de don Alejandro Lerroux. Una placa grabada en mármol en bajorrelieve y altorrelieve. Muy hermosa. Incluso escribió en un periódico sobre la famosa Feria de San Lorenzo de La Rambla. Una explicación detallada de cada símbolo que allí aparecía: porqué estaba la jarra de cuatro picos, por qué estaba la balanza, por qué estaba la mujer, porque estaban las plantas. Una explicación larga y bonita. La quitaron y estuvo escondida. Luego ya más tarde reapareció. Y hoy está en una plaza ajardinada muy bonita en La Rambla.

P. ¿Incidentes como los del busto eran habituales?

R. Hubo un incidente aquí en Córdoba que fue cuando la calle que entonces se llamaba Málaga le cambiaron el nombre y le pusieron José Cruz Conde, que aún perdura. Don José Cruz Conde era un general de los tiempos de la dictadura. Y era obviamente un cacique. Todos los hijos fueron alcaldes de Córdoba sucesivamente por herencia habitual. Mi padre, junto con otros amigos, fueron por la noche a destruir la placa. El que encabezaba aquello era Joaquín Hidalgo, un político muy connotado, diputado y demás cosas. Entonces, el hijo, Alfonso, mandó a la policía. Y hubo un enfrentamiento. Detuvieron a los revoltosos. Luego lo soltaron porque el único que se declaró culpable de haber golpeado la placa y haberla destruido fue Joaquín García Hidalgo.

Pero creó enemistades. También hizo la placa de la Plaza de la República [hoy Plaza de las Tendillas], que fue situada con gran prosopopeya en lo que hoy es el instituto Góngora. Y es una placa preciosísima. Luego fue quitada para ponerle el nombre de Plaza de José Antonio. Esa placa estuvo perdida y misteriosamente apareció entre los escombros cuando se estaba haciendo el Museo Arqueológico. El entonces director, que hoy trabaja en el Museo de Bellas Artes, encontró la placa y tuvo la feliz idea de catalogarla como parte del acervo del Museo para que así no se pudiera volver a perder ni a destrozar. Hoy se puede ver en un patio pequeño pero suficientemente amplio con árboles. Allí la tienen en un lugar preeminente. Una vez la presentó el historiador de Cabra José Luis Casas. Lo que me resulta sarcástico es que un hombre actual esté en un Museo de Arqueología junto con nuestros romanos y árabes. Pero hasta ahora nadie ha movido un dedo para cambiarla de lugar.También hizo un busto a Joaquín García Hidalgo, que hoy está en el Museo de Bellas Artes de Córdoba.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. ¿De qué partido era Joaquín García Hidalgo?

R. Pienso que era Radical Republicano o algo así.

P. ¿Era amigo de su padre?

R. Sí, mucho. Los que tenían responsabilidades políticas, la inmensa mayoría, se fueron al exilio o fueron exterminados. Por ejemplo, Rogelio Luque, el fundador de la Librería Luque, era íntimo amigo de mi padre. Cuenta Juan Bernier la anécdota de que cuando iba de paseo con él y tenía que ir a comer a un restaurante, decía: “No, maestro. Yo no puedo ir porque no tengo dinero”. Y mi padre decía: “No te preocupes. Alguien pagará. Unas veces pago yo, otras veces paga otro”. Porque cuántos artistas han dado un cuadro por un desayuno y luego vale el cuadro millones. Así era el talante de mi padre: un hombre desprendido, generoso, agradable. Muy amigo de sus amigos. Espontáneo, directo y sincero. Y eso granjea amistades y enemistades.

P. ¿Su padre era socialista? ¿Liberal?

R. Según lo que llamen socialista o liberal. Era librepensador. Pensaba que había que mejorar la sociedad en todos los ámbitos. En el ámbito artístico porque no se podía quedar la sociedad anclada al pasado y había un inmovilismo total cuando Europa se estaba moviendo. Te quedabas en el furgón de cola. Y a eso él no se resignaba. Pretendió esa efervescencia en el mundo artístico. ¿Quiénes eran los progresistas en aquel tiempo? Pues los que se podían denominar como las izquierdas. Porque lo que se podría denominar como la derecha, o sea, la Iglesia, el capital y los militares, evidentemente eran ultraconservadores. Mis padres no eran de ninguna de las maneras de esa manera de pensar. Pero nunca intervino en ningún acto político.

P. La atmósfera en los años treinta era tensa y conflictiva.

R. Claro que sí. Mi padre hizo en Bujalance un monumento de más de tres metros de altura al pintor Acisclo Antonio Palomino, pintor barroco de finales del XVII. Tuvo una crítica excelente. Quizás de lo mejor que hizo. En la Guerra Civil, ya en el año 37, muerto mi padre, los requetés confundieron el nombre de Antonio Palomino con el de un dirigente sindical que tenía el mismo nombre. Entonces agarraron las cuerdas, echaron el monumento abajo, lo destruyeron y lo enterraron. Cuando yo estuve en Bujalance, aunque a mí me costó muchas lágrimas verlo, aún quedaban los restos del cuerpo, que es bastante más grande que yo.

Un capitán del Ejército le cortó la cabeza y se la llevó a su casa de Sevilla. El monumento está muy deteriorado, muy destrozado, pero el alcalde tuvo el buen juicio de sacarlo de los escombros junto al cementerio y llevárselo al patio del Teatro Español. Y allí lo tiene. Por lo menos, me queda el consuelo de que mientras no se disponga lo contrario está a salvo de nuevas barbaridades. Lo normal sería conservarlo tal como está pero en un museo. De momento está allí quietecito.

P. ¿La obra de su padre es muy extensa?

R. Hay mucho desaparecido. Por destrucción y otros porque no se sabe dónde están. Él hizo un busto a don Niceto Alcalá Zamora, primer presidente de la República, que no se sabe dónde está. Hizo una exposición en el año 25 junto con Rafael Botí en el Círculo de la Amistad. Botí presentó 18 cuadros. Mi padre presentó 6 obras. ¿Paradero? Desconocido. Una de esas seis obras es extraño que no aparezca porque se trata del busto de Rafael Romero Pellicer, hijo de Julio Romero de Torres. A mí me cuesta mucho trabajo pensar que si Julio Romero de Torres le encargó un busto de su hijo, ese busto no aparezca. Romero de Torres, lo mismo que su hermano y su hermana, salvo ese hijo que tuvo, los demás ninguno tuvieron descendencia. Y ese hombre, Rafael Romero Pellicer, tampoco. Todo eso debería estar en el legado del Museo de Julio Romero de Torres, que lo administra el Museo de Bellas Artes. Pero no ha aparecido nunca en la relación ni física ni documentalmente. ¿Dónde fue a parar? Quién sabe.

P. ¿Cuántas obras catalogadas tiene su padre?

R. Pues no sé. Hay un busto de María que no aparece. Yo tengo fotografías. Hay un busto a Joaquín Romero Escazena, que era un caricaturista al que se le hizo un homenaje aquí en Córdoba en el Círculo de la Amistad. Tampoco se sabe dónde pueda estar. Hizo bustos a compañeros y amigos como Castiñeira, que era el registrador de la propiedad de Córdoba. Ese busto lo tiene la familia en Madrid. El busto de García Hidalgo lo tiene el Museo de Bellas Artes. El busto de Vázquez Aroca está en la Real Academia de Bellas Artes, en la calle Ambrosio de Morales. El busto de Pedro Mir de Lara lo tiene su nieto, Rafael Mir Jordano, que hizo unas copias en bronce para él y para sus hermanos. Gracias a Dios están en perfecto estado.

Hizo un busto a Rogelio Luque. Ese busto estuvo muchísimo tiempo expuesto en la Librería Luque, que desafortunadamente parece ser que ha desaparecido. Pero siempre exhibieron una copia porque no se fiaban de que alguno tuviese una tentación y lo destruyera. Lo tenían en su casa y lo sigue teniendo el hijo, Antonio Luque. Yo estuve hablando con él y me dijo: “Cuando quieras vamos a mi casa y lo ves. Ahí lo tengo guardadísimo como oro en paño”. De esas obras ha habido muchas misteriosamente desaparecidas no se sabe por qué. Por ejemplo, tenía a Amalia La Gitana, el busto de María. Nosotros tenemos en la familia un busto en La Rambla de Francisco Toledano Antúnez, que le llamaban en el pueblo Paco el del cura, porque lo crio su tío, que era coadjutor de la parroquia. Ese hombre era político, teniente de alcalde de La Rambla. Fue de los primeros que fusilaron en la Cuesta de los Visos. Más obras de mi padre: la primera de todas que hizo está en los Jardines de la Agricultura: el tributo al músico Cipriano Martínez Rucker.

Han pasado 63 años desde que mataron a mi padre y todavía ese busto, lo mismo que el de Eduardo Lucena, aparecen continuamente llenos de esvásticas, aunque parezca increíble. Al busto de Eduardo Lucena le han vuelto a romper la nariz por segunda vez.

P. ¿Usted cree que hay alguna intencionalidad?

R. Es mucha casualidad. Todavía persisten algunas ideas. Afortunadamente menos.

P. ¿Los bustos eran encargos?

R. Encargos, sí.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. ¿Sabe usted cuánto podía cobrar por cada busto?

R. No. Yo le puedo contar una anécdota: la placa para dar nombre a Francisco Alcántara, en Pedro Abad, es una placa hecha en mármol blanco bajorrelieve y altorrelieve. La cabeza está en altorrelieve. Francisco Alcántara fue el fundador de la Escuela de Cerámica en Madrid. Fue hombre muy conocido en su tiempo. Escribía en El Imparcial. También era pintor. Presentó un cuadro en la primera exposición de lo que entonces empezaba a ser el Museo de Bellas Artes, en el cual mi padre presentó un bajorrelieve en piedra que ha desaparecido, aunque aparece en las crónicas. Y de esa placa me consta que mi padre cobró 700 pesetas. Con la particularidad de que al artesano que hizo el pergamino que le dieron a la familia de don Francisco Alcántara cobró más del doble que mi padre por la placa. Así se pagaba el arte.

P. Su padre era una persona de convicciones republicanas y democráticas. ¿Todas las personas del grupo que formaba parte también?

R. Sí. Igualmente. Dionisio Ortiz Juárez, Juan Bernier, Marcelino Durán de Velilla eran todos gente muy abierta. Juan Ugart era poeta. Unos eran activistas y otros no, pero todos pensaban que había que tener una libertad de pensamiento y de expresión cosa que chocó fuertemente. Después la política fue agriándose cada vez más y la violencia verbal degeneró en violencia física y la violencia física en una fatídica guerra donde se cometieron toda clase de atropellos por ambos lados.

P. ¿Se refiere usted a los años anteriores al golpe de Estado?

R. Sí. Por ejemplo, mi padre, a consecuencia de lo que le he relatado de la placa de José Cruz Conde, tuvo un enfrentamiento a golpes con Alfonso Cruz Conde.

P. ¿Su padre?

R. Sí. Si eso después tuvo consecuencias o no o si el cacique aprovechó gustoso la ocasión, pues no lo sé. Y como no lo sé y no lo puedo documentar, no lo puedo afirmar.

P. ¿Ese incidente a golpes con Alfonso Cruz Conde cómo fue exactamente?

R. Córdoba era una ciudad pequeña y se encontraban con mucha frecuencia. Y como había pasado lo que había pasado pues se insultaron. Lo normal. Yo te insulto, tú me insultas. Y se liaron a golpes.

P. ¿Este tipo de incidentes eran frecuentes?

R. No. Fue el único incidente que tuvo mi padre en su vida. Tenía otro talante. Le puedo contar una anécdota de la falta de interés de mi padre por el dinero. En invierno, como hacía frío, no como ahora, que tenemos mejores ropas y mejores casas, mi madre le regaló un gabán. Y regresó a casa sin gabán. Y mi madre: “Pero Enrique, ¿y el gabán que te he regalado nuevecito?”. “Ay, no te preocupes, Amalia. El que lo tiene tenía más frío que yo”.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. ¿El incidente de Alfonso Cruz Conde quién se lo contó?

R. Me lo contó mi madre. Ella dijo siempre que no le echaba la culpa a nadie. Mi madre hablaba muy poco del tema porque en aquellos tiempos oíamos en la radio al general Queipo de Llano, que no puedo decir que en gloria esté, aterrorizar diciendo que había que exterminar hasta las semillas para que no surgieran brotes de rojos y comunistas. En aquel tiempo, como posteriormente con los nazis se vio, no podías hablar en voz alta porque te podía denunciar el vecino. No podías hablar en la escuela porque te podían denunciar tus compañeros o el maestro. Y mi madre, para evitar meteduras de pata de los niños, nos contaba lo mínimo. Incluso a mí me llegó a decir: “Mira, hijo, yo he llenado mi vida a mi manera. Tu padre la llenó a su manera. Y ahora te toca a ti llenarla a tu manera. Sin más. No quiero que tengas una imagen física a la que odies porque eso no es sano para el desarrollo de una persona. Por lo tanto, yo no te voy a decir cómo fue toda la peripecia”.

Fue a detenerlo un conocido que luego fue famoso. Además de policía, era pintor. Por eso conocía a mi padre. Y fue allí diciendo que tenía que ir a ver si prestaba testimonio a favor de uno de los detenidos. Y se lo llevó engañado. Ese hombre fue muy famoso como pintor de carteles de toros y de la Feria. Siempre todos eran de él como buena recompensa su gran labor. Se llamaba Rafael Anaya. Ese fue quien fue a por mi padre. Mi padre no quiso nunca irse al exilio porque él decía que no había intervenido en política y, por lo tanto, no tenía nada que temer. Eso fue un error.

P. ¿En qué fecha fue?

R. Murió el 9 de septiembre del 36. Lo detuvieron el 31 de agosto.

P. ¿Usted tiene recuerdos del día del golpe militar?

R. Yo no.

P. Era muy pequeño. Tenía cuatro años.

R. No llegaba.

P. ¿Dónde le cogió a su padre el golpe militar y en qué circunstancias?

R. En casa donde vivíamos. En Ramírez de las Casas Deza, 11. Nos subimos a un chalet en la sierra de un amigo. En lo que es el Granito de Oro. Un poco más arriba de El Brillante. Una finca que se llamaba El Duende. Y allí fueron a por él.

P. Con el golpe militar ustedes se fueron allí.

R. Poco después.

P. Porque temían represalias.

R. Porque ya habían matado a Rogelio Luque y a muchísimos. El conocido comandante Zurdo Martín, en los tres meses posteriores al golpe de Estado, mató como a 6.000.

P. Don Bruno también.

R. Don Bruno fue posterior. Ya decía el dicho que “vino don Bruno y no dejó ni uno”. Todo eso está documentado en el libro de Francisco Moreno Gómez. No es que se lo pueda uno inventar. Está documentado hasta la saciedad. En la partida de defunción, por ejemplo, pone “muerto a causa de los actos violentos que se están viviendo en este momento”. Que es una manera muy suave de decir que ha sido fusilado en los innumerables paseíllos que se daban. Es muy crue, por ejemplo, para mi hermano el mayor que ya tenía 12 años.

P. ¿Su hermano vive?

R. No. Murió. Mi madre le dijo: “Anda, hijo, llévale mudas y algo de comida a tu padre. Porque no da señal y nadie contesta”. La contestación que le dijeron fue: “Ese ya no necesita de nada”.

P. ¿Dónde lo llevaron? ¿Al Alcázar, que era la prisión?

R. No. Nunca entró en prisión. Por eso no existe ningún registro. Yo he querido ver si había alguna documentación acerca de por qué de su detención. ¿Cuál era la acusación? ¿Quién lo acusaba? No hay nada. Y la explicación es esa: no pasó nunca por allí. Pasó por los calabozos de lo que era el Gobierno Civil de entonces a las órdenes del jefe de Orden Público: el Zurdo. De ahí se lo llevaron y, sin más, apareció en el arroyo El Moro tirado al lado del Cementerio de la Salud. El marmolista que trabajaba con mi padre lo reconoció obviamente y le puso un cartel. Lo separó y dijo: “Este cadáver será enterrado por la familia”. Si no, hubiera ido a la fosa común como todos.

P. Su padre dispuso de una fosa.

R. Sí. Ahora bien: para enterrarlo, a mi madre le dijeron que podía ir pero que no podía lanzar exclamaciones. No podía decir “pobrecito mío” ni ponerse a llorar ni ninguna manifestación de esas, puesto que el muerto era un rojo. Mi madre se negó a ir. Llamó a mi abuelo, al padre de mi padre, que vino del pueblo y fue el que lo enterró. Mi madre dijo que ella no tenía estómago como para eso.

P. ¿Cuántos días estuvo detenido?

R. Siete días.

P. ¿Hubo algún intento por parte de su familia de mediar?

R. Sí.

P. Su padre era una persona conocida.

R. Muy conocida. Y hubo alguna gente de Falange que dicen que intervinieron. Como don Remigio Abad, que fue el que tenía la agencia de seguros Plus Ultra en el edificio donde antiguamente estaba el reloj de las Tendillas y que ahora está vacío. Él decía que había intervenido en ese asunto. Que le dijeron: “Sí. Vuelve mañana y firma aquí que te haces responsable”. Y cuando fue al día siguiente ya lo habían matado. Esa es la versión de él. Si es verdad o no, tampoco lo sé.

P. ¿Su madre pudo verlo en los siete días que estuvo detenido?

R. No pudo verlo nadie. No lo dejaban. Por eso mandó a mi hermano a que le llevara una muda de ropa.

P. Su madre estaba cuando fueron a por él.

R. Claro.

P. Y ella vio a la persona que se lo llevó.

R. Claro.

P. Quien se lo llevó era policía y pintor.

R. Sí.

P. ¿Y este señor conocía a su padre personalmente?

R. Sí. Como era artista, a mi padre lo conocían todos en Córdoba.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. De aquel grupo de personas intelectuales y artistas, amigos de su padre y de La Perla, ¿fueron fusilados más?

R. Muchísimos. Y otros se fueron al exilio, como Antonio Jaén Morente, que era el director del Instituto. O Fernando Vázquez Ocaña, que era diputado. Algún conocido, no muy amigo, como Eloy Vaquero. Bastantes lograron salir al exilio.

P. ¿Juan Bernier?

R. Permaneció aquí. Botí se fue a Madrid a un pueblo. Creo que a Torrelodones. Y se las ingenió para vivir a base de dar clases de música porque era un gran músico. Y, tras mes y medio escondido, logró salvar la vida. Ángel López Obrero estuvo en la cárcel. Luego lo sacaron. Fue el único que en vida de mi madre se acercó a la casa a consolar y dar muestras de su gratitud, de su amistad y de su admiración por mi padre. Y es él quien después en la Transición intentó por todos los medios reavivar la figura de mi padre. No le dio tiempo. Murió. Pero yo no podré agradecer con palabras lo que significaba para mi madre el consuelo después tantos años de soledad y de silencio poder recibir muestras de cariño.

P. ¿Su familia sufrió algún tipo de represalia?

R. Humillaciones muchas. Mi madre tenía que bordar el yugo y las flechas en las camisas azules de los falangistas.

P. ¿La obligaron?

R. Sí. Si no, le quitaban el puesto de maestra y entonces ya no podíamos comer.

P. Eso lo hacían cruelmente para someterla.

R. Exacto. Después pasamos calamidades muchas. Tuvimos que cambiarnos de piso porque ya no podíamos pagar. Entonces tuvimos que reducirnos a otros sitios más económicos. Durante la guerra, yo recuerdo con pavor todavía los bombardeos. Fueron tres años de bombardeos. Y cada vez que oía los aviones, los chiquillos hablábamos: “Ese viene cargado o ese no viene cargado”. Porque el ruido del motor, según llevase bombas, sonada de una manera o de otra. Fíjese hasta que punto sabíamos distinguir. Y lo mismo salías corriendo a los llamados refugios que eran los sótanos, huecos de escalera y esas cosas. Y yo recuerdo aquello con pavor. Me ha costado muchísimos años superar oír un avión sin que el estómago se me hundiera.

P. ¿Dónde vivió usted la guerra?

R. En Ramírez de las Casas Deza, 11. Allí vivíamos cuando lo detuvieron. Luego nos cambiamos al 13.

P. En la misma calle.

R. La misma calle.

P. ¿Allí en esa zona hubo bombardeos?

R. No tanto como para que se destruyeran casas, pero sí veía las bombas donde caían y tenía mucho miedo. Eso es indudable. En la calle Conde de Torres Cabrera, justo enfrente de Ramírez de las Casas Deza, hay una casa con una verja verde muy hermosa que era el palacio de los Condes de Torres Cabrera. En la guerra se ocupó para las fuerzas militares y era un cuartel. Allí iba yo con mis hermanos a pedir pan y, si sobraba, algo de rancho. Lo cual era una necesidad y una humillación, claro. Porque a nadie le gusta pedir. Pero así fueron las cosas.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. ¿Su vida escolar fue interrumpida durante la guerra?

R. No. Mi madre era maestra y seguía dando clase. Mi hermano mayor murió.

P. ¿En la Guerra Civil también?

R. No. Murió en el 42. Pero a consecuencia de las privaciones, enfermedades y cosas que había en la guerra. Mi hermano estuvo enfermizo y murió de tuberculosis. En aquel tiempo, por supuesto, no existía penicilina ni cosas que se le parecieran. A causa de la enfermedad y de la miseria, para poder subvenir a nuestras necesidades, a mi hermano Manolo y a mí mi madre nos mandó a su pueblo natal de Zaragoza, Villarroya de la Sierra. Cada uno con una de sus hermanas. Afortunadamente estaban en el mismo pueblo y podíamos estar más o menos juntos. Fueron dos años que, pese a todo lo que pudiera parecer, yo los recuerdo con enorme cariño.

P. ¿Qué años fueron?

R. En el 40 y 41, porque en enero del 42 murió mi hermano. Todavía estábamos en el pueblo cuando yo me enteré de la muerte de mi hermano y ya posteriormente mi madre nos mandó llamar. El viaje lo hicimos en el tren encargados al revisor. Yo tenía 8 años y mi hermano tendría 10 u 11. En Madrid nos recogió un primo de mi madre, que nos puso en un autobús que nos llevó a Calatayud, también encargados al conductor. Allí nos recibió ya la familia de mi madre y nos llevó al pueblo. Estábamos fuera de ese ambiente de odios y de situaciones extrañas. Y transcurrieron dos años como niños, un poco inconscientes, pero con los primos.

P. ¿Allí estudió usted?

R. Estuve estudiando los primeros tiempos de primaria. Luego ya regresé y estudié en el Instituto Nacional de Enseñanza Media, hoy Luis de Góngora. Anejo al Instituto, había una casa que se llamaba Colegio de la Asunción y tenía entrada por Alfonso XIII. En ese Colegio de la Asunción decía Juan Bernier que había unos frescos pintados por mi padre. Fueron destruidos. Yo no los llegué a ver nunca. Nunca. Cuando ya vine aquí en el 42 habían pasado suficientes años como para haber destruido eso y todo lo demás.

P. ¿La obra de su padre fue eliminada?

R. Muchas desaparecieron. El régimen hizo deliberadamente un silencio absoluto acerca de la figura de mi padre. No hay peor cosa que el silencio. No solo matarlo físicamente, sino espiritual y artísticamente. Durante los famosos cuarenta años, nadie hablaba de ello. Ni Juan Bernier, ni Dionisio Ortiz Juárez, ni Amadeo Ruiz Olmo, ni el mismo José María Rey Diaz. Tantos que en sus tiempos fueron amigos, jamás me dirigieron una palabra. ¿Por qué? No es que yo se lo reproche porque el miedo era muy fuerte y no querían significarse, como se decía entonces. Y, por otra parte, al cabo de diez, veinte, treinta años, todo el mundo se acostumbra a vivir. Y aquí vamos tirando. Después ya surgió el Grupo Cántico. Entonces Pablo García Baena, Julio Aumente, Carmelo Casaño, Sebastián Cuevas, yo estaba entre ellos también, interveníamos en el terreno artístico. Pero los demás, a pesar de saber quién soy, nunca jamás. Ni una sola palabra.

P. Se había instalado el miedo y había paralizado a todo el mundo.

R. Y yo creo que entre el miedo y hacer una vida acomodaticia se acabó. Salvo Ángel López Obrero, y lo digo a pleno pulmón. Yo no conocí jamás en vida a Rafael Botí. Conocí a su hijo el otro día en el Museo de Bellas Artes cuando di la charla. Vino desde Madrid simplemente por conocernos. Y estuvimos juntos Rafael Botí, Antonio Luque y yo. Y les comentaba: “Mira, los tres hijos de los tres grandes amigos”.

P. ¿Usted fue consciente de niño de todo lo que estaba pasando?

R. Pasaron muchos años. Ya le digo que mi madre comentaba poco. Muy poco. Eras consciente de que eras un represaliado. Eso qué duda cabe. Las primeras veces que intentabas buscar trabajo te decían que tenías que llevar el certificado de buena conducta expedido por el cura párroco. Y para eso había que ir a misa a comulgar.

P. ¿Usted recuerda eso?

R. Era el pan nuestro de cada día. ¿Como no lo iba a recordar? Claro que sí.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. El primer colegio que usted recuerda, ¿cuál fue?

R. El de mi madre. La Escuela Maternal. Era una escuela del Gobierno.

P. Una escuela pública.

R. Una escuela pública donde misteriosamente solamente estudiaban los hijos de los ricos. La señora directora se hizo millonaria. Caso extraño porque los maestros siempre han tenido fama de pasar mucha hambre.

P. ¿Cómo se llamaba esa escuela?

R. Escuela Maternal Modelo Graduada Luciana Centeno.

P. ¿Qué recuerda usted de esa escuela?

R. Pues que los que había allí eran los hijos de los terratenientes y que regalaban a la escuela sacos de trigo, cerdos y gallinas. Había comedor y allí se les enseñaba a comer. Ese comedor tenía una subvención estatal, que no era necesario utilizar para nada porque les daban sobreabundantemente los hijos de los terratenientes.

P. ¿Y usted qué hacía en esa escuela?

R. Yo estaba porque era hijo de mi madre. Tampoco se le podía negar.

P. Era un colegio clasista.

R. Y se notaba muchísimo. Yo creo que estábamos otro y yo como un especimen raro para que no dijeran que no había gente de todas las clases.

P. ¿De qué año hablamos?

R. Pues desde el 42 hasta que yo salí de allí. Empecé el bachiller con 10 años.

P. ¿Era un colegio religioso?

R. ¡Hombre! ¡Qué cosas dice! Había que rezar todos los días antes y después. Incluso cuando estaba en el bachillerato todos los días había que entrar a la capilla a rezar el rosario. Eso era obligado. Que conste que yo soy católico. Lo cortés no quita lo valiente.

P. Esa obligación religiosa fue lógicamente una vez caída la República. Antes no había tanta obligación.

R. No. Ninguna. Antes de eso yo no iba a la escuela. Tenía dos años.

P. ¿El colegio era mixto?

R. Sí.

P. Pero cada uno en una clase.

R. No. Juntos. Una fila de niños, otra fila de niñas.

P. Eso era poco habitual, ¿no?

R. Estoy hablando antes de la guerra. En el bachillerato, a los 10 u 11 años, estábamos separados. Unos íbamos por la mañana y otros por la tarde. Pero quien hizo la ley hizo la trampa y los niños y las niñas sabíamos cómo ponernos cartitas en el pupitre para que las encuentre la otra.

P. ¿Qué recuerda del instituto?

R. Muchos profesores. Unos buenos, otros malos, otros regular. Anécdotas muchas. Y alguno que me llamaba y me decía que obligatoriamente tenía que ser un hombre muy inteligente porque mi padre había sido un fenómeno.

P. ¿Lo decía en serio o sarcásticamente?

R. No. En serio.

P. Conocía o su padre.

R. Claro. Hay que tener en cuenta que mi padre era el hombre más culto de Córdoba. Conocía de filosofía, historia, arte, literatura y estaba suscrito a las primeras revistas. Era amigo de García Lorca y estaba suscrito a la revista Caballo Verde, que era de Juan Ramón Jiménez. Conocía a Vicente Aleixandre. Él era un hombre muy culto y estaba al día de los últimos movimientos de cualquier cosa. Y voy a decir más acerca de mi padre. Mi padre escribía, cosa que no sabe casi nadie. Y escribía mucho y bien. Mi padre escribió una obra de teatro que se llamaba Oro de ley y era escenificando la novela de Juanita la larga de Juan Valera.

A mi padre le dieron el Premio Juan Valera. Le dieron el Premio Nacional de Turismo porque escribió una guía turística muy a su estilo de Andalucía. Escribió cuentos cortos, humorísticos y no humorísticos. Escribió poemas con mucha influencia de Lorca. Escribió una novela corta, que le dieron el segundo premio de la revista Blanco y Negro. Se llama Manolo Góngora y esa sí la tengo. Copiada, no el original, por supuesto.

P. Y conocía a García Lorca.

R. Sí. Cuando García Lorca venía por Córdoba paseaban juntos con amigos comunes. Mi padre era la persona más conocida de Córdoba en aquellos tiempos. Era como un pivote sobre el que giraba y abría brecha para conseguir más apertura.

P. Su muerte tuvo que tener un impacto cultural, aunque ahogado por la represión.

R. Claro. Una cordobesa, Matilde Cabello, escribió una obra de teatro que se llama Noventa días de julio, que describe la época aquella. En uno de los actos, comenta la detención de mi padre: “¡Que se han llevado al Fenómeno! ¡Pero si no ha hecho nada!”.

P. ¿Había mucho adoctrinamiento en el instituto?

R. Sí, claro. Obligatoriamente las famosas tres marías: Formación del Espíritu Religioso, Formación Física y Formación del Espíritu Nacional.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. ¿Qué se estudiaba en esas asignaturas?

R. Se estudiaba, por ejemplo, los puntos de la Falange. Los puntos del Movimiento. Todavía recuerdo el primer punto y, a pesar de mi larga vida, no lo he logrado descifrar. Punto primero: “España es una unidad de destino en lo universal”. Me gustaría que alguien me lo explicara porque no lo logré entender jamás. Y como ese tenemos cuarenta puntos de la Falange. La Formación del Espíritu Religioso era misa y rezar a diario. Eso era indudable. Pero uno estudia y se hace su propia personalidad. Como mi madre me decía: “Tú tienes que llenar tu vida tú mismo”. Y entonces a mí no me ha influido todo eso para que yo sea católico. A mí me ha influido ser católico que he estudiado muchísimos años la religión católica: sacramentos, ritos, dogmas, historia comparada de la religiones. Y latín, griego, filosofía. Y va creando uno su propio carácter, su propia personalidad, su propio criterio. Yo soy católico por convicción, no por otra razón ni porque me hayan obligado.

P. ¿No le produjo un rechazo personal?

R. No. Y hubiera tenido motivos, pero no. ¿Motivos de curas que quieran abusar de un niño? Pues sí he tenido personalmente esas malas experiencias. Pero no se produjo nada. Y a mí me produce el rechazo personal, de persona a persona. Y yo distingo muy bien lo que es las cuestiones personales de lo que son las cuestiones doctrinales. Yo soy católico pero no tengo una cremallera en la frente y, si el Papa dice algo que no está bien, pues yo digo que no está bien. Aunque lo diga el Papa.

P. ¿Su catolicismo le viene de su madre?

R. No. Mi madre era una mujer sumamente extraordinaria. Sumamente inteligente. Muy bella. Mi madre practicaba desde el año 28 que le trajo mi padre el método de María Montessori para enseñar a los niños. Eso hoy parece una cosa muy avanzada y mi madre lo practicaba ya en el año 28. Ella tenía una mentalidad de tolerancia y libertad. Nunca nos obligó a ir a misa. Nos dejó cada quien que fuese labrando su camino. Ella tenía su propia forma de ser y pensar, y mis tres hermanos somos bastante distintos. El mayor es muy religioso, con la fe del carbonero. Sin mayor crítica. El otro es indiferente, total y absolutamente. Y yo, como quizá me he cultivado más en el terreno de las letras, pues soy católico de manera consciente. Estudié el bachiller a base de becas. Mi madre no se tuvo que ocupar nunca de decirme “estudia” o “haz las tareas” porque yo era consciente de que si yo no sacaba un 10 perdía la beca. Y, si perdía la beca, no había estudios.

P. Tuvo esa conciencia desde muy joven.

R. Desde pequeño yo ya sabía que no había otra. Y que yo me tenía que buscar los libros. Muchas veces iba a la Librería Luque con doña Pilar Sarasola, que en gloria esté, porque era una mujer también muy inteligente y muy buena. Esposa de Rogelio Luque, que lo mataron, amigo de mi padre. Y muchas veces iba, hojeaba los libros, me llamaba y me decía: “¿Qué pasa?”. Y yo le decía: “Es que tengo que comprar estos libros o este cuaderno y no tengo dinero”. Y me respondía: “Bueno, llévatelos y ya me los pagarás”. Sabiendo ella que no los iba a pagar jamás. Un poco siguiendo la tradición de su marido.

P. ¿Usted terminó el bachiller?

R. Sí. Y después estudié en la Universidad de Sevilla la carrera de Derecho.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. ¿Por qué Derecho?

R. Porque era lo único que se podía estudiar. No había Universidad en Córdoba. Yo no podía estudiar ingeniero ni queriendo. Ni arquitecto. Porque son carreras muy caras. Y Medicina. ¿Qué carrera podría hacer sin gastar casi nada? Pues la carrera de Derecho. Nunca jamás ejercí la carrera. Estuve trabajando antes y entre medias en Electromecánicas en un departamento de mejora del método de trabajo. Luego estuve trabajando en unos laboratorios que había aquí en la Calle de la Feria, Medical SA, propiedad de don Baldomero Moreno Espino.

P. ¿Cómo era la universidad entonces?

R. Bohemia. Estudiamos cuando queríamos. Pero eso sí: las asignaturas había que sacarlas. También influyó mucho que al principio había lo que se llamaba Derecho Romano y luego también Derecho Canónico. Todo eso ayuda a entender y comprender mejor lo que es la filosofía. Distinguirla de lo que es la persona. Y que la jerarquía se porte bien o mal ya me enseñó mi madre desde muy chico que los actos traen consecuencias. Si ese señor roba o mata no tiene ninguna justificación para hacerlo tú. Y si ese señor es el cardenal y lo hace mal, tú no tienes por qué hacerlo mal. Tú podrás criticarlo o podrás ser anticlerical si te da la gana.

P. Su madre le inculcó valores morales y éticos profundos.

R. Eso es. Muy profundos que me duran todavía.

P. ¿En la universidad en aquella época había ambiente antifranquista?

R. Claro que sí. Había movimientos no violentos pero sí intelectualmente muchos movimientos de libertad. Eso es indudable.

P. ¿De qué año estamos hablando?

R. Años cincuenta.

P. Era una época muy asfixiante.

R. Sí. Luego aquí los años que viví trabajando en los laboratorios estuve muy metido en esos movimientos como Cántico o como el Círculo Juan XXIII, que era un círculo suigéneris para que con el nombre de Juan XXIII no nos metieran mano. Fundamos un cineclub donde el cura de la Compañía.

P. Joaquín Canalejo.

R. Que se ha muerto. Era intimísimo amigo mío.

P. ¿Qué recuerda usted del racionamiento?

R. Recuerdo mil cosas. Las cartillas, los cupones. Todo era a base de cupones. Todo estaba racionado. Por ejemplo, recuerdo perfectamente que el aceite era un octavo de litro por persona al mes. La cantidad no podía servir para mucho. El pan estaba racionado. Sí había comida para los que podían pagarla. O eran terratenientes o tenían amigos en la Junta de Abastos. Pero si no tenían nada de eso pues no te quedaba más remedio que aguantarte.

Entrevista a Antonio Moreno Ladrón de Guevara, hijo del escultor 'El Fenómeno'

P. ¿Todos los alimentos estaban racionados?

R. Todos. Incluso el tabaco.

P. ¿Se compraban en establecimientos especiales con los cupones?

R. Sí, claro. Había panaderías y tiendas donde te daban con cupones.

P. Sin cupones no se podía adquirir nada.

R. Como no fuera de estraperlo.

P. ¿Los cupones quién los suministraba?

R. La Junta de Abasto.

P. Había que comprarlos ahí.

R. No. Los daban. Luego pagabas en la tienda pero no te podían dar más que los cupones que tenías. Si tenías mucho dinero no había problema.

P. ¿Ustedes pasaron hambre?

R. Sí. Claro que sí. De tener que pedir en el cuartel. Cuando oigo a alguien decir que tiene hambre, no es cierto. Tú tienes apetito. Hambre es querer comer y no tener. Yo sé lo que es cenar un puñado de aceitunas o no cenar.

P. Su madre se hizo cargo de la familia y ella tuvo que sacar para adelante a los cuatro hijos.

R. A los tres porque uno se murió muy joven. Mi hermano mayor se puso a trabajar. No pudo estudiar. Y ya aportaba un pequeño sueldo a la casa también además de mi madre. Y a base de becas fuimos estudiando.

P. ¿Su madre era una mujer feminista?

R. Mi madre procuró no decir nada. Pero era una mujer intelectual que se limitaba a practicar su oficio lo mejor que podía para que los que pasaban por sus manos salieran formados.

P. ¿Cómo conoció usted el Círculo Cultural Juan XXIII?

R. A través de un grupo de gente que éramos todos de un pensamiento similar. Mi amigo inolvidable Joaquín Canalejo, Rafael Sarazá Padilla, Paco Natera, Fernando Álvarez Nicolás, Antonio Zurita, que también fue represaliado.

P. ¿Dónde los conoció?

R. En Córdoba. Igual que conocí a los del Grupo Cántico por mis aficiones literarias. En fin, toda esta gente que quería cambiar las cosas. Hasta que me marché a Madrid.

P. ¿Cómo recuerda usted el Círculo Juan XXIII?

R. Recuerdo el sitio, que estaba por Romero Barros, creo. Y recuerdo oír cantar a Benito Moreno o a Carlos Cano, que en aquel tiempo no cantaba copla. En aquel tiempo conocimos a muchísima gente. Había mucho renacer socialista y político. Empezaron a formarse ya partidos en la clandestinidad.

P. ¿Usted militó en algún partido?

R. Yo no.

P. Formaba parte de ese movimiento contestatario y antifranquista.

R. Sí. Por supuesto que sí.

P. ¿Había riesgo de ir al Juan XXIII?

R. Claro. Te podía detener la policía. Aquello era una tapadera evidentemente. Y los actos culturales que celebráramos eran también para cubrir el expediente.

P. Había reuniones políticas.

R. Sí. Claro que sí. A Joaquín Canalejo lo quise muchísimo. Hizo mucho por mí y por mi familia. Luego yo me fui a México, pero la amistad nunca la perdimos entre todos. Ahora, que he estado aquí en Córdoba, nos hemos visto muchísimos amigos y, aunque parezca increíble, han pasado cuarenta años como si fuera ayer.

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