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Leopoldo Abadía: “A España se le fue la olla absolutamente”

Leopoldo Abadía FOTO: ALVARO CARMONA

“Soy Leopoldo Abadía, encantado”, dice estrechando la mano con una fuerza que casi hace daño. A pesar de tener 80 años, este zaragozano se mueve con ligereza por los salones del Hotel Córdoba Center, donde ya lleva un par de horas ofreciendo entrevistas sin perder la sonrisa. Se encuentra en una frenética gira para presentar su último libro, La Economía en 365 preguntas, publicado en Espasa. Este título ya avisa de que nos encontramos ante un nuevo ejemplo del particular género divulgador que Abadía ha inventado para explicar las razones de la crisis -y otras muchas cosas más- y que le ha reportado un enorme éxito mediático

Es alto, desgarbado y con una piel extremadamente blanca a juego con su camisa. Sus ojos azules ligan con su corbata. Abadía sigue teniendo el aire de doctor en Ingeniería Industrial, pero también el del profesor que fue durante 31 años en el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa. Centro al que llegó tras pasar por una de las instituciones de investigación económica más prestigiosas del mundo, el ITP Harvard Business School.

El toque didáctico y su afán de explicar discurren por toda la entrevista, que también está salpicada de confesiones de humildad -¿tal vez un poco impostada?- del escritor. “Yo no sé de economía nada”, repite de vez en cuando, antes de recordar que él empezó a escribir hace unos cinco años para explicarse a sí mismo todo aquello que no entendía. “Mi sorpresa fue que no solo lo entendía yo, sino más gente”, señala. Entre ellos, sus 12 hijos.

PREGUNTA. Esto no parece una crisis. Parece una estafa.

RESPUESTA. (Risas). Lo que hemos vivido es La Estafa. Con mayúsculas. Cuando todo esto arrancó con aquellas hipotecas porquería en Estados Unidos ya se veía que esto era una estafa. Nos pueden decir que no lo era y que todo estaba bien apoyado en una base sólida. Podemos pensar bien y aceptarlo, pero al final, cuando vas viendo las protestas que hay por ahí, te das cuenta de que nos han engañado de mala manera. Nos han vendido unas cosas que no las entendían ni ellos. Y por eso digo que la revolución civil, en la que estoy empeñado, consiste básicamente en que tengamos criterio. Es decir, que cuando nos ofrezcan un fondo vehicular estructurado, garantizado y qué sé más, digamos no. Esa es la revolución. Esas cosas que vendían son ininteligibles. Y las fórmulas complicadas las hacen los físicos, no los economistas. Por eso, si te creías aquello que te ofrecían, desde luego es una estafa.

Lo que hemos vivido es una estafa. Y tenemos que hacer una revolución civil contra ella, básicamente teniendo criterio

P. Sentirse engañado es un problema muy serio para una sociedad.

R. Muy gordo, sí. Siempre digo que lo menos importante de esta crisis es lo económico. Es una crisis de decencia. Tenemos que ser decentes todos. Y la defensa contra los indecentes es tener criterio. Porque cuando nos dicen que los pobres no tienen nada que hacer frente a los ricos yo digo que no. Pongamos a un señor con boina que va a un banco y el director de la oficina le informa de algo complicado. Si el señor de la boina le dice que no, se marcha y detrás de él un millón de personas hacen lo mismo, terminan cargándose hasta el banco más grande del mundo. Esa es la revolución civil que pido. ¿Que es muy triste no poder fiarse de la gente? Sí.

P. ¿Hemos de ser más desconfiados?

R. Tenemos que tener más criterio.

P. Más sentido común.

R. Yo no quiero ser desconfiado, simplemente digo que debemos de comprar lo que entendemos. Quiero meter mi dinero allí donde entienda dónde está. Y si no lo entiendo, no lo guardo allí. ¿Eso me convierte en un ignorante? Puede ser.

P. Cuando estalló la crisis, ¿tenía usted cargas hipotecarias?

R. No he tenido una hipoteca nunca.

P. Ah, pues eso es interesante.

R. Yo era hijo único y mi madre compró dos pisos en Barcelona. Y al cabo de dos semanas se murió. Costaron los dos 3,6 millones de pesetas, lo que ahora valdría un paso de peatones (risas). El caso es que cuando ella murió, nos dejó unas acciones que vendimos y nos hicimos otra casa fuera de Barcelona por la que tampoco tuvimos que pedir hipoteca. He tenido esa suerte.

P. ¿Y sus hijos a los que sí les pilló la época del boom inmobiliario?

R. Unos viven en piso propio con su hipoteca correspondiente y otros viven de alquiler.

P. ¿Y alguna vez les avisó usted de que tuviesen cuidado a la hora de pedir sus hipotecas?

R. Creo que no... (risas). Pero en mi casa siempre hemos tenido la idea de dar mucha libertad a los hijos, que hicieran lo que les diese la gana. Nos hemos preocupado en formarles para que actuasen siempre con sentido común y en distinguir el bien del mal. Y el caso es que cuando llegaban un día y me decían que se habían comprado un piso, pues me parecía bien. Pero es que tampoco han hecho el loco, no se han metido en líos tremendos, eran los líos normales y ahora tienen sus problemas normales de la gente que intenta trabajar y a la que algunas veces le salen bien las cosas y otras veces les salen peor.

Si un sencillo señor con boina se marcha de un banco porque no entiende lo que le venden y detrás de él un millón de personas hacen lo mismo, terminan cargándose hasta el banco más grande del mundo

P. Entonces, usted no tiene la sensación de que los bancos les hayan engañado a ellos.

R. Creo que no. Pero también es verdad que, desde que digo yo todo lo que digo, pues ya se han enterado de cómo es todo... (risas). Y me oyen, vaya si me oyen. siempre que salgo en televisión, cuando llego a casa, tengo un montón de whatsapps de ellos. Pero, en definitiva, creo que nos les ha engañado ningún banco porque tienen sentido común.

P. Las reformas económicas que se están emprendiendo, como la reducción de costes laborales y la limitación derechos sociales y laborales, se hacen para competir mejor con China. Muchos hablan de que estamos chinificando a Europa. Y yo me pregunto, ¿por qué no hemos europeizado a China? ¿Por qué no hemos presionado para que ellos adopten nuestros logros antes que renunciar a ellos para parecernos a su modelo?

R. Pues... (risas) No lo sé. Y después de decirte que no lo sé, déjame que te conteste con una reflexión. Hace 51 años pedimos la adhesión al Mercado Económico Común, que es como se llamaba a la actual Unión Europea. Quisimos ser europeos y ahora estamos siendo europeos. Ya pensamos en euros; los presupuestos nos los aprueban en Bruselas; ya estamos hablando de la Unión Bancaria y dentro de poco todos las grandes entidades estarán supervisadas por el Banco Central Europeo; el Comisario [de Competencia] Joaquín Almunia ha recordado que las recomendaciones de los comisarios son obligaciones puras y duras. Estamos siendo europeos y lo elegimos así hace ya más de 50 años. Ese es nuestro modelo. ¿Y qué pasa? Pues bien, que en España creo que se nos ha ido la olla absolutamente. Aquí hemos inventado un modelo autonómico que nos ha ido muy bien para pasar de una situación [la Dictadura de Franco] a otra [la Democracia] pero ahora hay que replanteárselo.

Hace 51 años pedimos la adhesión al Mercado Económico Común, que es como se llamaba a la actual Unión Europea. Quisimos ser europeos y ahora estamos siendo europeos

Y más que el modelo en sí, creo que hay que replantearse su funcionamiento. Porque las 17 autonomías son las que son y es difícil cambiarlo, pero hay que ver cómo se ha gastado y administrado el dinero. Ahí se han hecho locuras absolutas. Cuando en alguna autonomía los médicos y los maestros no cobran, y el presidente de esa autonomía sale diciendo que no hay dinero, yo pregunto: ¿por qué no hay dinero? Tenemos que exigir a nuestros gobernantes una clara definición de prioridades y que no se gasten los ahorros en proyectos que no dan de comer a la gente. Pero creo que gracias a Europa nos está entrando el sentido común, aunque a base de gorrazos. Y creo que eso es bueno. Que una familia gaste con la cabeza es una familia que va a vivir bien. Y si se excede, es muy bueno que alguien venga y le diga que así no puede hacerse. Y esa es la austeridad: gastar con la cabeza, no es más.

Gracias a Europa nos está entrando el sentido común, aunque a base de gorrazos

P. Pero la austeridad por qué tiene que ser sinónimo de renunciar a derechos sociales y laborales.

R. Me estás hablando del estado del bienestar. Hay una cosa de la que tenemos que darnos cuenta: nada es gratis. Cualquier cosa que llamamos derecho la estamos pagando.

P. Claro.

R. Hay unos Presupuestos Generales del Estado en el que todos esos derechos aparecen en el apartado de gastos que se compensan con impuestos.

P. Eso también está claro.

R. Pero en algún momento creo que hemos llegado a pensar que todos esos derechos son gratis. Una vez lo explicó muy bien Josep Borrell. Contó que cuando era ministro de Obras Públicas solía oír aquello de que las autovías son gratis. De eso nada, las pagamos todos, son inversiones del Gobierno sacándole el dinero a los ciudadanos. Y con los derechos sociales es lo mismo. ¿Dónde está el dinero para sufragarlos? Pues en este punto creo que debemos exigir a nuestros gobernantes que nos expliquen qué han hecho con el dinero. Me gusta exagerar cuando digo que no hay un pueblo en España que no tenga un auditorio hecho por Calatrava, Moneo, Foster o los tres a la vez. Auditorios que apenas si se han pagado, por otro lado. Y ahora no queda dinero...

Tenemos que exigir a nuestros gobernantes una clara definición de prioridades y que no se gasten los ahorros en proyectos que no dan de comer a la gente

Esta pérdida de derechos es a causa de que se ha acabado el dinero. Pero, por otro lado, yo veo esperanzas porque gracias a la austeridad y a que nos estén apretando más y más, en los mercados exteriores se han empezado a fiar más de nosotros y ya nos prestan dinero a un precio más barato: la famosa prima de riesgo que no es más que el diferencial entre el interés que se presta a Alemania y el nuestro. Antes, si a los alemanes les prestaban al 2% a nosotros nos prestaban al 8%. Era carísimo e iba directamente al capítulo de gastos. Era insostenible y y está cambiando.

P. Alemania fue, precisamente, la primera que cambió su modelo histórico y abarató sus sistema productivo para competir con los mercados emergentes. Redujeron salarios y devaluaron la economía, dentro del euro.

R. Lo mismo que estamos haciendo ahora.

P. Aunque ellos lo hicieron más cómodamente, sin la presión de la crisis... ¿Su modelo de cómo hay que hacer las cosas es el alemán?

R. No. Yo digo que la austeridad tiene que venir acompañada de otra cosa: el crecimiento. Lo que no puede ser es que todo lo basemos en que tú comas menos y yo coma menos.

P. Eso es justo lo que decía Keynes [John, economista británico] hace 75 años. Él mantenía que había que estimular las economías en épocas de crisis, incentivarlas.

R. Pero es que incentivar yo creo que no va ligado a aumentar la deuda pública. En el libro cuento que hace poco un camarero del restaurante al que suelo ir con mi esposa me dijo: “Oiga, usted es keynesiano”. ¿Qué quiere decir?, le pregunté. Que hay que echar dinero a la economía, me respondió. Y de dónde los sacamos, volví a preguntarle. Y me dijo: de la deuda. Pero la deuda cobra intereses y mañana nos afecta a los sueldos.

En algún momento creo que hemos llegado a pensar que todos esos derechos son gratis

Yo lo que opino es que el crecimiento debe de venir por ayudar a las empresas a crear empleo. Y hay una parte muy importante en este tema que son los bancos que han decidido no dar dinero. Las empresas están muy agobiadas por la falta de crédito. Y mientras, qué están haciendo los bancos: captar dinero del banco Central Europeo al 0,5% y prestárselo al Estado a más del 4%. Negocio redondo. La cosa es tan bestia que una vez le dije a un banquero que debería de cerrar todas las oficinas y echar a todos los empelados a la calle. Con uno solo que hiciese lo mismo, captar dinero en Frankfurt y venderlo aquí, tendría suficiente; porque no están para otra cosa. Pero es que es peor, es que el Banco Central Europeo tiene una hucha para las entidades financieras donde se le guarda el dinero al 0%. No les dan intereses para que se animen a sacarlo. Y ninguno lo hace. Y cuando escribí el libro ahí había 800.000 millones de euros guardadicos. ¿Te imaginas qué pasaría si ese dinero saliese a la calle y empezase a financiar a negocios normales? Se acabaría la crisis en un día. Es que el dinero ya está ahí. Pero estos señores están funcionando muy mal.

Si todo el dinero que los bancos tienen reservado saliese a la luz, la crisis se acababa en un día

Hace dos días leí en El Heraldo de Aragón que el banco Europeo de Inversiones destinaba 200 millones para créditos a las pymes en Aragón. ¡Bendito sea Dios! Pero seguías leyendo y descubrías que se iba a dar a través del Banco de Santander y de Ibercaja. ¡Ya estamos! Quieren meter el cazo a ver si pillan algo... Es cierto que el Banco Europeo de Inversiones no tiene oficinas y en cambio el Santander e Ibercaja sí. Ya lo sé. Pero, hijo mío, yo quiero inventar algo de manera que el dinero del Banco Europeo de Inversiones vaya directamente a las empresas, no pasando por otro banco.

P. ¡Un banco público! ¡Nacionalicemos un banco de verdad!

R. Pues mira, si nacionalizamos un banco y funciona bien, nacionalizado queda. En realidad me da igual que esté nacionalizado o no. Lo que quiero es que funcione bien.

P. Pero que no se repita el caso de Bankia, a la que simplemente salvamos de la bancarrota.

R. No solo a Bankia, tenemos nacionalizados -entrecomillas- a Bankia, Nova Caixa Galicia, Caixa de Catalunya... Pero no están nacionalizados, simplemente nos los hemos tragado. Y están prácticamente con los mismos gestores, además de echando a gente a miles. La teoría oficial dice que estamos poniendo guapos a esos bancos para luego venderlos y sacar un beneficio. Una teoría preciosa. Pero no me jugaría yo nada por ella. En absoluto.

P. ¿Y por qué queremos ganar un poco de dinero si tenemos seis millones de parados y lo que realmente se necesita es que circule el crédito?

R. Es que la cifra que hay que saberse de memoria en este país es 5.904.700. Ese es el múmero de personas sin empelo en España. Esa es la cifra. Que me digan que el PIB ha subido el 0,1% no me dice nada; y si es el 0,5 me parece muy bien. Pero no me sirve para nada, me sirve lo otro, los datos del paro.

En realidad me da igual que nacionalicemos un banco o no. Lo que quiero es que funcione bien

P. A esa cifra hay que unir la de la deuda externa, que es salvaje.

R. Déjame que hable de los parados y ahora te cuento lo de la deuda. 5.904.700 según la Encuesta de Población Activa. Y eso es importante. Creo que hay que elegir una fuente y no moverse de esa. No me gusta que en diciembre me den la cifra de la Encuesta de Población Activa y en enero me hablen del paro registrado y me den otro número. La primera es la que me sirve porque es la que nos compara con Alemania. Ojalá consiguiéramos que durante dos trimestres seguidos esa cifra bajase de una manera sustancial: 125.000 personas en uno y 150.000 en el siguiente.

P. Cuénteme lo de la deuda. ¿Puede crecer un país, o recuperarse al menos, teniendo una deuda que casi iguala nuestro PIB anual?

R. Sí. Vamos a ver, tenemos una deuda importante, aunque en porcentaje diría que es menos importante que en otros países. Nuestra deuda es de 943.000 millones de euros. El PIB ronda el billón de euros. En definitiva, que todo lo que producimos, en realidad, lo debemos. Es como si yo tengo un sueldo de 25.000 euros y una deuda de 25.000 euros. Eso no quiere decir que en un año tenga que pagar toda la deuda, porque me muero directamente. Pero este problema, en realidad, es secundario porque los mercados se fían más de nosotros y estamos pagando menos por el dinero. Así que podemos refinanciar la deuda. Es decir, hacer lo que hemos hecho todos siempre: pagar un crédito con otro crédito. Podemos aguantar, aunque algún día habrá que pensar en devolverlo. Pero nuestros problemas realmente urgentes son dos: crear empleo y reducir el déficit.

P. El paro en España es estructural desde hace décadas. ¿Cree que hay que cambiar el modelo productivo del país para que podamos ver una reducción real y duradera de las tasas de desempleo?

R. Yo es que esto de cambiar el modelo productivo no sé lo que quiere decir (risas). Nuestro modelo estaba basado en el turismo y la construcción.

P. El turismo es muy estacional. Y la construcción, en fin...

R. El turismo hay que cuidarlo como la niña de nuestros ojos. Este año han venido cuántos, ¿58 millones de turistas? Si yo tuviese una tienda en la que entrase tanta gente los recibiría uno por uno con un beso en la frente, les daría de comer y les arroparía por las noches. Todo lo que hagamos por el turismo está bien, porque son 60 millones de personas que vienen. Pueden gastar más o menos, pero que vengan.

Nuestros problemas realmente urgentes son dos: crear empleo y reducir el déficit. La deuda puede esperar

P. Pero habrá que compaginar el turismo con otra fuente de crecimiento.

R. Vale, pero si tenemos una tienda, hay que cuidarla mucho.

P. ¿Y qué pasa con la construcción?

R. Aquello era mucho más falso que el turismo. Estaba basada en créditos y créditos; exigía mucha mano de obra y daba de comer a mucha gente. Y además bien. Eso hizo que los bancos se animasen a dar créditos a esos señores. Y estos se lo creyeron. A mí, cuando me dicen que la culpa de la crisis es de ellos [los obreros] también digo que no. Si soy un albañil, gano bien, me ofrecen un crédito y veo que con lo que gano lo puedo pagar sin problemas, me meto en esa hipoteca sin pensarlo. Ahora hay quien dice que lo teníamos que haber pensado mejor pero me parece que quien tenía que haberlo pensado mejor y usar su sentido común era el otro, el que me lo ofrecía.

P. La construcción se ha ido a la porra.

R. Y yo creo que por muchos años. Los bancos tienen ahora un stock de viviendas enorme. Los precios de la vivienda tienen que bajar todavía más. Ya están llegando esos fondos de inversión que llaman buitres, y te dicen mira, te compro 10.000 pisos. ¿Por un descuento de cuánto, del 70%? No, del 89%. Y no te pongas tonto...

El turismo hay que cuidarlo como la niña de nuestros ojos

P. ¿Alternativas?

R. Nos dicen que hay que reindustrializar España. Sí, pero no sé cómo se hace. La construcción ha desaparecido, el turismo se mantiene y nos falta lo siguiente.

P. Pues yo creo que invertir en investigación y desarrollo.

R. A mí cuando me dicen eso... Es que la investigación, cuando empieza a dar frutos han pasado ya unos años.

P. Yo sí pienso que la investigación, el desarrollo y sobre todo la educación, son las esperanzas que nos quedan.

R. Bueno, es que la educación es otro tema.

P. Pero está vinculado. No se da una sin la otra.

R. La educación es fundamentalísima. Y en ese sentido, estoy hasta el gorro de que cada nuevo ministro que llega a Educación emprenda una nueva reforma. La educación lo que exige es que se forme gente como Dios manda. Gente noble, limpia, trabajadora, gente que sepa inglés como el castellano. Pero, sobre todo, que tengan una actitud mental que les haga buscar el empleo donde sea. Si es en China, en China. Eso no es emigrar. Emigrar era cuando en los años sesenta los españoles se iban con una maleta de cartón montados en un tren. Ahora no, el mundo se nos ha hecho pequeño. Y ahora tenemos Internet y podemos mandar 1.000 currículos a 1.000 empresas. Puede que 400 sean una estafa, pero 600 igual no. Eso es una revolución.

P. ¿Saldremos de esta?

R. Yo creo que saldremos adelante. Hemos pasado una época bastante chalada y esta es un poco más seria y eso cuesta. Porque nunca fuimos ricos, éramos pobres apalancados a golpe de crédito. Una vez que nos han quitado el crédito, volvemos a ser lo que éramos: pobres. Nos cuesta adaptarnos pero nos estamos acostumbrando. Y nos estamos desendeudando, lo cual me parece fantástico.

Estoy hasta el gorro de que cada nuevo ministro que llega a Educación emprenda una nueva reforma

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