A ver y a dejarse ver

El brasileño Ferrao, el mejor pívot del mundo, ante la grada de Vista Alegre. | ÁLEX GALLEGOS

A ver y a dejarse ver. Es lo que tienen partidos de este calibre, que aparecen como milagros en una Córdoba huérfana de acontecimientos deportivos de élite desde (casi) siempre. Los tenía que alquilar -y aún lo sigue haciendo- para que el nombre de la ciudad aparezca en los medios nacionales e internacionales por motivos distintos a los récords de paro o cualquier suceso desgraciado.

El Córdoba-Barça fue un monumento al exceso en todo. El pabellón se abarrotó después de que las entradas se vendieran en menos de una hora. Hubo reventas encubiertas y los clásicos mangazos para no perderse una cita en la que había que estar. Quién sabe cuándo nos veremos en otra igual. Si eso se lo dicen a los aventureros del Córdoba Patrimonio de la Humanidad -antes Minuto 90, después Itea Automatismos- tienen clara la respuesta: esto no será flor de un día. Habrá más Córdoba-Barça. Eso dicen. ¿Quién se atreve a no creerles?

Ahí está reto. Conseguir que haya más visitas del Barça y que no haya que pagar para traerles. Aunque luego te ganen, que es lo más normal del mundo. El personal se acordaba de otras veces. Aquel Barça que se enfrentó al Adecor en uno de los partidos más importantes de la historia de fútbol sala local. Por lo que suponía entonces -hace una década, peleaban los azulinos por un billete para la élite- y por lo que supuso después: un desmoronamiento estructural y moral que desembocó en la gran paradoja. La mejor generación de futbolistas de sala se diseminó por toda Europa y muchos acabaron siendo internacionales con España, piezas clave en clubes de élite o ídolos en lugares como Hungría, Bélgica o Italia. Hasta que a un señor llamado Pepe García Román se le ocurrió que esa pregunta que todo el mundo se hacía había que contestarla. Y creó este club. En seis años, en la élite. Jugando contra el campeón de España y los mejores del planeta. Está sucediendo.

En Vista Alegre se dio cita toda la fauna típica. El palco de autoridades, hasta la bola. No es para menos. No hay mejor escenario ahora en el deporte cordobés, dados los tiempos que corren en el club de fútbol y el estigma negativo que reporta a los ocupantes de la zona noble su presencia en encuentros de Segunda B que se disputan en la clandestinidad mediática, emitidos en directo por plataformas privadas de pay per view dedicadas al “otro fútbol”. La LNFS es otra cosa. En la grada, muchas banderas españolas y camisetas del Real Madrid. Ya saben: el clásico no termina nunca y se juega más allá del césped.

Cúchame, os vais a reír de mí pero yo voy a animar un huevo”, le decía un chaval a sus colegas en la misma barandilla que separaba la grada del terreno de juego. La gente quiere vivir momentos únicos, peculiares y hasta surrealistas. Después del gol de David Leal, costalero de Don Bosco y cofrade del Prendimiento y del Remedio de Ánimas -al igual que su hermano Manu, que está a un nivel casi de selección española-, en las gradas se empezó a entonar el himno nacional. En el palco se reían bastante. Cada cual tiene su idea de la diversión, al fin y al cabo.

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