Si te dicen que caí…

Los jugadores del Córdoba celebran un gol | MADERO CUBERO

Vive para sobrevivir. Ésta es su realidad. No es la mejor filosofía, pero sabe que es la suya. No tiene elección. O quizá sí, pero su propia existencia no le deja otra opción. Si amanece gris el cielo, más claro ha de ser después. Y si no, menos sombrío. A fuerza de constancia. No queda otra. El Córdoba acostumbra al sufrimiento. Lo tiene en la piel. ¿Dos días seguidos de tranquilidad? Pocas veces se da tal circunstancia. No le importa, sabe caminar en arenas movedizas. Las convierte en terreno firme. También lo hace su afición, la que nunca se rinde. Si su equipo muerde el polvo, ahí están sus seguidores para sacudirle. A bofetadas si es necesario. Desconocen el significado de la palabra resignación, por mucho que en ocasiones la padezcan. Si les dicen que no, hacen que sea sí.

El Córdoba ya hace camino. No es que lo intente, lo recorre. Y eso que sólo encuentra a su paso rocas inmensas, obstáculos aparentemente insalvables. Viene de un verano -que en realidad no ha terminado- tormentoso. El peor que se recuerde. En apenas unas semanas, la ilusión es desvencijada. Vienen y le rompen los planes. Vienen y le golpean con contundencia. Una y otra vez. El límite salarial, González, Francisco… Sin respiro le atizan y destrozan la cara. Le sangra una ceja. Aún más a sus aficionados, que nunca entienden tal virulencia. Ni al club, si fuera una persona y más allá de ellas, ni a la hinchada le tumba nadie. Aunque hubiera alguien que desde dentro estuviera a punto de hacerlo. Si les aseguran que jamás, consiguen que sea siempre.

Sin fichajes sobre el campo. Con un extremo en el papel de delantero. Va con lo justo, con lo que le conceden poseer. El Córdoba regresa a su reino, no hace mucho lleno de magia, con la cara plagada de puntos de sutura. Con un aspecto que poco pueda convencer a cualquiera de que sigue en pie. ¿Y qué? Es 18 de agosto, Fuengirola y Torre del Mar, Torrox -Costa si puede ser- o Nerja. Es 18 de agosto, la ciudad invade la provincia de Málaga. Es 18 de agosto y sin embargo casi 12.000 personas están en su sitio. El que les corresponde y que quieren defender. Como hiciera durante décadas Francisco Ramírez, el primero de todos ellos. A él va dedicado el homenaje eterno de un minuto de silencio que, incomprensiblemente pero una vez más, dura menos de sesenta segundos. Si les creen lejos, demuestran estar cerca. Justo encima incluso.

Quien nada tiene, nada espera. En El Arcángel en realidad es quien nada tiene, todo merece. Lo sabe su gente. Lo saben los que están dentro. El estadio presenta una entrada buena para las fechas que corren. Y, sobre todo, para la situación. La afición no comprende de tesituras complejas, de imposibles. Demuestra cada vez que tiene oportunidad su fidelidad a un equipo armado, hoy por hoy, de voluntad. De sacrificio y compromiso, de la certera valentía para combatir la cobarde incertidumbre. Jugadores y seguidores son uno, y lo ejemplifican en el estreno de Liga más difícil de los últimos tiempos. El Córdoba se adelanta. Aplausos. El Numancia empata y tras reacción de los blanquiverdes se pone por delante. ¿Bajar los brazos? Nunca. Si necesita impulso el equipo, la hinchada se lo da. Empate. No es mucho, pero es suficiente. Por ahora. A la vera del Guadalquivir, sólo caben la fortaleza y la pasión. Si te dicen que caí… hazles ver que sigo en pie.

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