Todo es distinto, nada cambia

Aficionados cordobesistas en el partido | ÁLVARO CARMONA
El fútbol regresa a El Arcángel, que vuelve a vibrar gracias a la afición | El Córdoba inicia su nuevo intento de ascenso con otra cara, pero con el mismo aliento incondicional de sus seguidores

Calor. Mucho calor. Es lo normal. Lo habitual y, sobre todo, lo lógico en estas fechas. Es agosto. El mes de la sed extrema. También del amor renaciente. El trayecto por El Arenal se hace pesado. Son las ocho de la tarde y el sol mantiene su asedio. En un principio, con tanto tiempo por delante, son pocos los valientes que cruzan el particular desierto cordobés. El avance de las manecillas del reloj actúa de efecto llamada. Entran. Cada vez son más. ¿Playa? Hay quien todavía continúa en sus días de olvido de la rutina. Pero ven desde allá. Si es interior también. Seguro que vibran como si en su asiento se encontraran. Sin embargo, añoran lo que otros tienen y regalan. Suena el himno. Suenan las voces. Suena el corazón. Ruge. Otra vez ruge El Arcángel. Todo es distinto, nada cambia.

La espera termina. Acaban los días, las semanas de nerviosismo. El balón rueda. La afición canta y anima. La pasión comienza a desbordarse. Siempre a pequeñas gotas, que queda un largo agosto sobre el césped, que hay mucha sed a la que responder. En la grada, una mirada es suficiente. En los ojos de aquel, de éste y del otro está escrito. Es el brillo de la ilusión. Es el color de la satisfacción. La Liga está en marcha. Una vez más. Regresa el tiempo de los goles, de los brincos, de los abrazos, de los gritos, del éxtasis. Regresa el tiempo de los agobios, de las dudas, de las cuentas, de las decepciones. Aunque todo eso, el peso negativo de la mochila, queda para otro momento. Ahora toca disfrutar, imaginar, soñar. Es instante de olvidar lo que pasado es. El futuro comienza en el presente. Todo es distinto, nada cambia.

"Sobre el campo, la verdad". O al menos el esfuerzo por lograrla. Blanco y verde con otro formato. Las camisetas no son las de antaño. Tampoco muchos protagonistas. Y qué más da. Quien defiende ese escudo bien merece ser tenido como uno más, como el que lleva en el verde toda la vida. El sonido. Es el bendito sonido de la vida en un estadio. El sonido de las cuerdas vocales inagotables. Es el sonido del gol. Alfaro, uno de los nuevos marca. Estalla El Arcángel. Como tiempo atrás. Como en el tiempo que ha de venir. La temperatura desciende pero la sensación de calor no. Es el calor de los sentimientos. Eso nunca es diferente. Porque el amor ni se compra ni se vende. Por mucho que a veces duela, jamás se pierde. Todo es distinto, nada cambia.

El partido continúa y el estadio sigue en constante estado de ebullición. En cualquier instante hierven las emociones. Basta una acción en ataque, una falta en contra y por supuesto la oportunidad de ver el balón donde ha de estar. Que bese las mallas. Luso cae en el área del Tenerife, que ése es el rival. Penalti. Ruido en El Arcángel. Ruido de pasión. Tambores de guerra. Pero Alfaro no acierta esta vez. Y vienen los minutos de presión, de dificultad, de nerviosismo. Los minutos del sufrimiento. Nadie ha dicho que vaya a resultar fácil. Sonido de viento e palmas que impulsan. El Córdoba logra lo que busca en el lugar que quiere. En su hogar. Con su gente. Su gente vibra de nuevo. Es otro año. Es otra temporada. Es otra situación. Es otro instante. Sin embargo, es igual. El estadio ruge. Como rugiera tiempo atrás. Como va a rugir en adelante. Todo es distinto, nada cambia.

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