Love of Lesbian nunca ha sido una banda de conejos blancos
Sí, lo que has leído en el titular: Love of Lesbian nunca ha sido una banda de conejos blancos. Lo suyo siempre ha sido sacar de la chistera cosas mucho más improbables. Primero fue cambiar de idioma cuando ya habían firmado tres discos en inglés e, incluso, telonear a The Cure. Después, reinventarse prácticamente en cada álbum sin dejar de sonar a ellos mismos. Más tarde, convertir un grupo de pop en una pequeña orquesta capaz de llenar el escenario de músicos, pantallas, colores, teclados y matices. Y, por último, lograr lo que muy pocos consiguen: que un festival entero entre en modo karaoke sin que aquello parezca una verbena chusquera.
Ahora, esa misma chistera es la que Santi Balmes -cantante- y los suyos llevan bajo el brazo (y literalmente sobre la cabeza) durante esta gira de despedida ,o de parón, que con Love of Lesbian nunca se sabe si el truco termina cuando baja el telón,. Un descanso indefinido que llega después de más de veinticinco años girando casi sin respirar.
Porque uno entiende que incluso los mejores magos necesitan guardar los naipes un tiempo.
No había drama en el ambiente. Había gratitud y mucho calor (afectivo y ambiental, por supuesto). Hasta el propio Balmes pidio al público que sacara sus abanicos, contemplando el patio de butacas desde el escenario y asegurando, maravillado, que desde arriba “parecían mariposas”.
Desde el arranque con Ejército de salvación, seguido por Cuando no me ves o Bajo el volcán, quedó claro que la noche no iba de presentar un disco. Iba de celebrar una colección de canciones que llevan más dos décadas acompañando vidas ajenas. Love of Lesbian hace tiempo que dejó de tocar para su público. Ahora toca con él. Da igual que suene 1999, Club de fans de John Boy, La hermandad o Allí donde solíamos gritar. La banda apenas empieza el verso y el resto lo hace un auditorio entero convertido en un gigantesco coro.
Y eso no ocurre por casualidad.
Las canciones de los catalanes siempre han tenido esa extraña capacidad de hablar de derrotas sin resultar derrotistas. Del amor cuando ya se ha roto. De la nostalgia antes incluso de que exista. De los domingos por la tarde, de las conversaciones que nunca ocurrieron, de los mensajes que jamás se enviaron. Han conseguido que varias generaciones encuentren refugio en letras que parecen escritas cinco minutos después de que la vida te pegue un bofetón.
Entre canción y canción aparecieron los Love de siempre. Pañuelo palestino colgado del pie de micrófono del guitarrista Julián Saldarriaga, un gesto silencioso pero rotundo que casa con el discurso de la banda y con la reflexión acerca de la llegada de la ultraderecha que hizo Santi ya casi terminando el concierto.
Tras la aparición en pantalla de una pregrabada Rigoberta Bandini para defender a dúo Contradicción, el concierto agradeció un necesario apagón tecnológico. Llegó el turno del momento acústico con un día en el parque; un parón donde el grupo se liberó de la esclavitud de los in-ears y las claquetas digitales que tanto encorsetan los directos de hoy en día, permitiendo que la canción fluyera con la pureza de antaño
Sin duda, uno de los mayores picos emocionales de la noche llegó cuando la banda invitó a Pope, bajista de Supersubmarina, al escenario para interpretar Viento de cara. Verlo allí, arropado por la banda y la ovación atronadora del público, convirtió el concierto en un acto de justicia poética y resiliencia musical.
La noche avanzó sobre un escenario ocupado por siete músicos en escena, tres cuartas partes de aforo vendido y ciento veinte minutos de bolo con un bis, generando esa montaña rusa emocional, ese equilibrio entre la tragedia y el humor que lleva años sosteniendo el universo Love of Lesbian sin que se derrumbe.
Y ahí, inevitablemente, me acordé de otra época.
Nunca olvidaré aquellos años en los que era un fan casi militante de la banda. Cuando viajar a Madrid para las míticas fiestas DemoScópicas de Mondo Sonoro era casi una peregrinación obligatoria. Allí tocaban los grupos que todavía estaban por venir. Los que aún peleaban por llenar pequeñas salas y hoy encabezan festivales. Recuerdo perfectamente esa noche a unas maravillosas semi desconocidas Russian Red y La Bien Querida y a Love of Lesbian sobre aquel escenario en 2008 y, sobre todo, al batería. No podía tocar. Andaba con muletas y una escayola en la pierna, pero allí estaba, animando cada canción como si fuera un ultra en un mundial de fútbol. Aquella imagen decía mucho más de la banda que cualquier entrevista: siempre encontraron la manera de seguir adelante aunque hubiera que cambiar las reglas del juego.
Quizá por eso este parón no suena a despedida. Suena a otro truco más.
P.D. Que sí, que lo de los macro conciertos y festivales está genial, pero no te olvides querida persona que estás leyendo estas líneas de las salas de conciertos. Sin ellas nunca hubieras llegado a ver en escenarios como este a bandas como estas. Consume salas.
P.D. (muy personal, permíteme la licencia) Reconozco que cuando Ricky Falkner (bajista y productor de gran parte de los discos lesbianos) está en un escenario, bien sea con Standstill, con Ivan Ferreiro, con sus Egon Soda o con cualquier banda, el resto de músicos, a veces, para mi, pasa a un segundo plano. Gracias Ricky por producir este último disco a mis adorados Viva Belgrado.
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