Siloé: La liturgia del neón, el refugio de las canciones y la fé del domingo
Domingo por la noche. El Festival de la Guitarra de Córdoba enfilando el ecuador y el termómetro dándonos un repaso de grados ascendente. El ambiente flotando en esa extraña calma que precede al lunes, mientras el público —una curiosa mezcla de indies de toda la vida, camisas de flores y público sobrevenido al mundo de los festivales — abarrotaba el recinto buscando una dosis de comunión colectiva antes de que la rutina nos vuelva a post-poner la vida. Todo el papel vendido desde hace tiempo, de hecho el único no hay billetes del festival.
Quienes me conocen saben que me encantan los domingos. Como dijo Standstill, La vida es domingo. Esa es, sin duda, una de las frases que más habré escrito en mi vida. Los domingos siempre fueron mis días de bajar a comprar tres periódicos y sus suplementos para entretener la resaca o las largas noches de La Comuna o el Underground donde hacía un poco de todo y nada a la vez. Incluso en alguna ocasión tuve mis domingos astrománticos que cantan los Love of lesbian. Pero siempre han sido días de sentarme a escribir en mi libreta de anotar la vida, organizar la semana y empezar a comerme el mundo el lunes a primera hora. En mi teoría particular, los domingos dividen a las personas en dos mitades exactas: las que desean empezar el lunes con la ilusión de estar vivas una semana más, o las que se hunden al ver que queda una semana menos de su vida. El domingo por la noche nos pone a todos frente al espejo. Cada uno que elija bando.
Pero este domingo tocó concierto, poner música con Groenlandiers, hacer esta crónica y trastocar los planes de este señor mayor de 49 años. Reto: Siloé y Conociendo Rusia en directo.
Para abrir boca, el festival nos trajo un telonero internacional de última hora: Conociendo Rusia, el proyecto que el argentino Mateo Sujatovich comanda desde 2018. Apareció con esa presencia escénica tan deudora del rock argentino de alcurnia, el que te mece entre la melancolía porteña y el estribillo perfecto.
Y tras un breve descanso apareció Fito Robles y se hizo la luz. Literalmente. Dos personas al estilo benedictino fueron quitando las telas rojas que cubrían los instrumentos en medio de música vocal sacra. El magnetismo fue inmediato. Quién recuerde los inicios de este chaval palentino de San Mamés de Campos, que se fogueó en los micros abiertos de Valladolid huyendo de la etiqueta del “cansautor” acústico, sabe que su fe no es un decorado de Instagram. El nombre de Siloé es el estanque donde Cristo curó a un ciego, y Fito oficia el concierto con la convicción del que te invita a sumergirte en sus canciones para salvarte del ruido diario.
Pero el intimismo duró lo que tarda en entrar un sintetizador bien cargado de graves. Tras una intro con toques electrónicos, sonó Terrorismo emocional y aquello mutó por completo. Sobre las tablas, presidiendo la escenografía junto al guitarrista y productor Xavi Road y el batería Jaco Betanzos, una cruz de neón gigante gobernaba la noche, dividiendo el show en una suerte de tres actos milimétricamente calculados. Ya no estábamos en un concierto folk; estábamos en una rave post-eucaristía, un ritual EDM de alto impacto diseñado para reventar grandes estadios y festivales.
El setlist, de veinte temas clavados, funcionó como una apisonadora sónica. Cayeron Las palabras, Si me necesitas llámame, Esa estrella y Reza por mi. Es fascinante analizar sociológicamente el fenómeno Siloé y ver cómo este trío de Valladolid se ha convertido en una de las propuestas que más sold out cuelga de la escena musical española. Han dibujado su evolución impecable: pasaron de la solemnidad acústica de La verdad (2016) y La luz (2018), al quiebro electrónico de Metrópolis (2020) y Paradiso (2021).
Lo que presenciamos fue la puesta de largo de Terrorismo emocional, un álbum cargado de himnos instantáneos destinados a ser coreados en grandes recintos. Pop con estribillos digeribles, guitarras de épica contenida a lo Vetusta Morla y una energía maximalista, consolidando su estatus en la primera línea del pop y el rock independiente nacional.
Hubo tiempo para la zapatilla pura. Cuando enfilaron su versión de Personal Jesus de Depeche Mode, el recinto se convirtió en una pista de baile masiva, el momento más bailable y liberador de toda la noche, antes de conectar con la nostalgia de Heroes del silencio. La ejecución instrumental de la banda es limpia, pulcra, impecable. Si bien para los menos devotos puede pecar de una estructura demasiado predecible, el fan entregado cantó a pleno pulmón, fundiéndose con la banda en un único grito.
Agradecimientos a su oficina cordobesa, RIFF y a una joven criatura que subió al escenario para explicar Fito que tras diversos problemas de la vida había cambiado su nombre en el registro por el de la banda.
Para la traca final, los Siloé volvieron a romper la distancia de seguridad cantando de cerca: Todos los besos. El eco artificial de su voz, grandioso y épico, flotó sobre la judería mientras miles de personas botaban.
Siloé ha sabido leer los tiempos de la música de consumo rápido. Han cambiado los micros abiertos por un diseño de producción masivo, fotogénico y eficaz. Nos hemos vuelto menos dogmáticos y más hedonistas, y un domingo por la noche, que te pinchen un show empaquetado para hacerte olvidar las facturas del lunes deshacer llenar una Axerquía, aunque uno eche de menos un poco más de barro, peligro y alma sobre el escenario.
Y hablando de alma, peligro y de lo que se echa de menos sobre las tablas... Aprovechando que baja la marea inicial del festival, un recado directo a la dirección del Festival de la Guitarra de Córdoba: otro año más, otra década entera que se nos escurre entre los dedos sin contar con el enorme, brutal y sangrante talento que late en los locales de ensayo de esta ciudad.
Y ojo, que no reclamo un chovinismo barato ni una cuota de palmadita en la espalda por el mero hecho de compartir código postal. Reclamo un escaparate real, con luz y taquilla, para bandas guitarreras de verdad (que no se me enfaden otras disciplinas ni el bendito conservatorio). Esta ciudad ruge en los márgenes y tiene nombres propios capaces de partir escenarios: el post-hardcore internacional de Viva Belgrado, la frescura descarada de Los Primos Chicos o Fuentenueva, el ritmo infeccioso de Flying Cumbias, el magnetismo de Volpina o nuestros White Stripes patrios que son Lady Coulson, entre otros muchos que se dejan la salud pagando el alquiler del local.
La guitarra también se muerde, señores programadores. Menos inercia de catálogo y más mirar a la calle.
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