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Loquillo o la revancha del dandi de negro

El concierto de Loquillo en el 45º Festival de la Guitarra de Córdoba, en imágenes

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El barcelonés Loquillo aterrizó este jueves en Córdoba con su gira Corazones Legendarios. Esta aventura, que originalmente nació en su cabeza como un proyecto de homenaje íntimo al magnetismo oscuro del álbum Legendary Hearts de su admirado Lou Reed y ha terminado mutando en otra cosa: un disco espectacular que es una colección de himnos en la que se cruzan las voces de un montón de amigos de todo pelaje, desde Leiva y Dani Martín hasta el mismísimo Raphael o las gamberras de las Hinds.

El Loco salió a escena con ese empaque único de dandi taciturno, plantando su imponente silueta de negro azabache en un escenario que, más que un altar, parecía su propio bastón de mando. Había ganas, muchas ganas. Y es que el rock tiene memoria, y el público cordobés no olvidaba que en la edición de 2021 de este mismo festival, El Loco tuvo que abandonar el escenario de forma abrupta debido a una inesperada afonía. Pero este pasado jueves por la noche, Loquillo se resarció por completo de aquella espina clavada. Lo hizo tirando de galones y demostrando que lleva años ejerciendo de auténtico dandi sobre las tablas. Porque un dandi, tal y como dice la RAE, es ese hombre que se distingue por su extremada elegancia y buenos modales, y el barcelonés elevó esa definición a la categoría de arte rockero: actitud impecable, saber estar, elegancia innata y esa mirada afilada que te atraviesa sin quitarse las gafas de sol.

Viendo los primeros movimientos y ese empaque de caballero del escenario, la memoria me pegó un viaje de los míos. Me acordé de que uno de los primeros regalos que recuerdo hacer en mi vida fue a mi amada hermana: un casete doble del directo ¡A por ellos... que son pocos y cobardes! de Loquillo y los Trogloditas. Aquella cinta la compré en el mercadillo de los martes de Ciudad Jardín, cuando la Avenida Gran Vía Parque todavía era de tierra y los puestos copaban dos días a la semana toda la calle. Para un crío de esa edad, patearse aquel laberinto de lonas, griterío y olor a plástico era como entrar en un universo Walt Disney castizo. Ya entonces, entre tupés de barrio y casetes piratas, se intuía que el tipo no era un rockero cualquiera; había una búsqueda de la distinción que el tiempo ha terminado por madurar y asentar.

El concierto de Loquillo en el 45º Festival de la Guitarra de Córdoba, en imágenes

Arrancaron contundentes, desgranando hits sin ambages y cortes más desconocidos para parte de la masa que anhelaba el mundo karaoke, pero con la clase de quien sabe que los buenos modales en escena también implican respeto absoluto al oficio. La primera frase de Las calles de Madrid sirvió de declaración de intenciones: aquí se venía a repasar casi medio siglo de historia del rock en español, una colección de himnos generacionales que forman parte de nuestro mapa emocional. Doble bombo en la batería, saxofón, acordeón, teclados, guitarras y bajo, para hacer rugir la Axerquía, toda una troupe de 6 personas en el escenario. Igor Pascual, Laurent Castagnet, Josu García, Alfonso Alcalá, Dani Herrero y German San Martín como equipo ciclista para ayudar a Don José María a subir el Tourmalet.

Cuando estás a cinco metros de un mito viviente que domina los tiempos con esa prestancia, te das cuenta de que los años le han sentado de maravilla. La madurez sobre las tablas se nota en los pliegues de la voz y en el control absoluto y caballeroso de los impulsos de una concurrencia que rozaba el éxtasis.

El clímax y la apoteosis final llegaron, como no podía ser de otra manera, con Ritmo de garaje y Cadillac Solitario. Una noche magistral de las de recordar, de las de sentir el pellizco en el estómago de la música en directo. Una noche de ver en escena todo lo que está sonando sin sonidos enlatados, una noche de rock and roll con un auditorio con más canas, más barriguitas, menos pelo, las letras de Whatsapp grandes grandes pero con la misma ilusión y camisetas negras de hace más de 40 años.

El concierto de Loquillo en el 45º Festival de la Guitarra de Córdoba, en imágenes

A estas alturas del partido, uno ya no sabe muy bien dónde termina la persona y dónde empieza el personaje. Pero, visto lo visto sobre el escenario, quizás tampoco nos importe demasiado saberlo. A mí, particularmente, nunca me ha gustado acercarme demasiado al artisteo de camerino; prefiero mantener intacto ese halo de misterio y evitar que las miserias cotidianas del día a día me contaminen el recuerdo. Yo prefiero quedarme con el dandi, con el mito impecable que vi el jueves.

Termina el bolo, escuchas algo de música en el Ambigú y de vuelta a casa piensas que mañana toca ir a casa de mis papás, asaltar el trastero y rebuscar entre las estanterías analógicas hasta encontrar ese viejo casete comprado en el mercadillo. Oler el papel sobado de la carátula, rescatar un bolígrafo Bic del cajón, meterlo en uno de los engranajes de la cinta y empezar a girarlo manualmente para rebobinar el plástico. Si mientras lees estas líneas acabas de ver esa imagen con total nitidez entre TDKs y Maxells varias, no le deis más vueltas: tú también estudiaste EGB.

Larga vida al Loco y a los rebobinados constantes. Larga vida a esa eclosión rockabilly indomable que un buen día nos pilló a contrapié, de la mano del flequillo salvaje de Brian Setzer y sus Stray Cats en la radio, y que en esta bendita Córdoba de provincias terminamos de gastar en la pista de los Keep on Rocking, dándole cera a las suelas entre tupés de laca, cuero crujiente y una urgencia juvenil que no sabía de KPls ni de algoritmos.

Con Diôh.

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