Se ha ido Pablo
Me empujó a la piscina. No sé cómo habíamos llegado a aquella casa en San Rafael de la Albaida. Fue una noche de karaoke y de amistad. Luego él se tiró conmigo al agua. Los dos vestidos. Empapados. Reíamos como niños. Luego pensé en los móviles. Salimos a toda prisa del agua. Acabábamos de conocernos.
Había muerto Nacho y Pablo y Manes pensaron en mí para dirigir Cosmopoética. Fueron ocho años que nos unieron. Peleamos. Ganamos a veces. Nos consolábamos por teléfono cuando las cosas no salían. Era fácil trabajar con él. Siempre era otoño. Salíamos fuera de Orive. Él, de negro siempre. Con sus auriculares. Las bolsas bajo los ojos. Decía: «Me tengo que poner a dieta». Con ese nervio que él tenía. Pendiente de todo cuanto sucedía a su alrededor.
Me pedía una y otra vez un poema que le gustaba. Yo lo tenía en un libro en casa de mis padres en Miralbaida. No sé cuántas veces se lo mandé por wasap. «Muy punki muy punki muy punki, pero te llamas Teresa», decía. No recuerdo el autor. No quiero volver a abrir ese libro.
Hace unos días me mandó la foto de un maniquí con una peluca rubia de un escaparate de la calle Realejo: «Si no puede venir Siri Hustvedt, ya tengo plan B». La escritora estará esta noche en el Teatro Góngora, pero no estará él.
Manes me llamó esta mañana. Hacía tiempo que no hablábamos. Pensaba que era para preguntarme si andaba por Córdoba, si me iba a llegar a la inauguración, esas cosas que hacen los amigos. Pero en vez de un bonito plan de fin de semana, me dijo que Pablo se había matado con la moto. Aquella BMW en la que tantas veces me llevó de un lado para otro. Del hotel a Orive de Orive a mi apartamento de mi apartamento al hotel.
Pablo siempre estaba. Que no esté no tiene lógica. Yo no lo entiendo. Han pasado unas horas. Siento espinas en la frente y hierro en la boca. Que ya nunca vuelva a ocupar su lugar detrás del escenario. Mandando a los poetas salir a escena. Extendiendo la mano: «Cinco minutos y cortamos». Fumando en la puerta. Mandándome a dormir. «Todo está saliendo bien».
Humillación y estrella. Es una vieja canción de Deneuve. Su preferida. A veces recitaba sus propios poemas. Me ha escrito el Dani. He llamado a Patricia. Ninguno sabe muy bien qué decir. Pablo estaba un poco en todos nosotros. No sé por qué estoy escribiendo esto. Pienso en Córdoba y tengo ganas de llorar. Aquellas calles que hoy son de sombra. Los años del Soul. Los bajos del Automático. El olor a humedad. Se derrumba esta ciudad.
Pienso en aquel poema de Mark Strand que él recitaba: «En el campo soy la ausencia de campo. Siempre es así. Dondequiera que esté soy lo que falta». En mi corazón ese será su epitafio. Por qué ahora. Por qué así. Dónde estás. En quién te escondes. En qué versos, en qué bares, en qué urgencias.
Una mañana acabamos en urgencias de la Cruz Roja con Guillermo Arriaga. Estuvimos boxeando en la sala de espera. No sé por qué. En una de esas, Guillermo me dio de verdad. Despacio, pero me dio. Pablo se descojonaba. «El boxeador», me decía, con lágrimas en los ojos. Si dejo de llorar irán brotando, como este, cientos de momentos a su lado. No quiero volver. Córdoba es un escenario vacío. Tablas y oscuridad.
«¿Y Pablo?», preguntaba siempre al salir de Orive. «Se ha ido», decía Manes. Y volvíamos a la noche. A las dudas. A la carne. Pero ya no hay mañana ni reencuentros. Ya sin él, con quién reímos. Con quién brindamos. ¿Quién me va a empujar a traición a la piscina?
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