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Eduardo García se explica a sí mismo entre la vigilia y el sueño

Eduardo García ha publicado 'Duermevela' en Visor. | TONI BLANCO

Manuel J. Albert

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El poeta afincado en Córdoba presenta su último poemario, 'Duermevela', en el ciclo Letras Capitales

Hay un estado de la mente que tiene nombre poético: duermevela. Ese plácido hundimiento en el mundo onírico cuando los sentidos todavía no se han entregado al sueño. El duermevela es, asimismo, un desvelo; el desvelo de la conciencia que, libre de las ataduras de la vigilia, juguetea por esos rincones de sí misma que suele tener tapados entre visillos. Por último, Duermevela (Visor) también es el último libro de poemas del escritor Eduardo García (São Paulo, 1965), con el que ganó el 35 Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla.

Anoche, García se rodeó de lectores, poetas -Pablo García Casado, Pérez Azaústre, Pablo García Baena, entre un montón de amigos- para presentarlo en la apertura del ciclo Letras Capitales, impulsado por el Centro Andaluz de las Letras de la Consejería de Cultura. La antigua capilla de la Delegación se llenó al completo para escucharle.

Duermevela hace referencia a los primeros estadios del sueño. Pero Pablo García Baena apuntó al público que “hay que estar muy despierto al leerlo para no perder ninguna de las altas modalidades de poesía que Eduardo alcanza en este libro”. El poeta del grupo Cántico agradeció al autor “este duermevela tan alerta y este soñar tan despierto”.

Duermevela también completa un cuadro, el dibujo del recorrido literario del escritor. O, al menos, ayuda a ello. Así lo piensa el profesor de Literatura de la Universidad de Córdoba Pedro Ruiz, quien fue maestro de García cuando éste llegó a Córdoba y quien le acompañó en sus primeros pasos poéticos. Un camino que, para la delegada de Cultura, Manuela Gómez, ha derivado en unos versos “que verdaderamente parecen escritos por un profesor de Filosofía”. Por algo es la disciplina que estudió el autor.

Eduardo García ha vivido años duros. “No voy a esconderos que la enfermedad y la muerte han estado presentes. Y todo ello tiene su reflejo en el libro. Uno no se puede blindar”. Pero como como en cualquier viaje, real o ensoñador, el libro pasa de los claros a los oscuros y viceversa, recreándose siempre en la frontera que separa la luz y la penumbra. “Pero no desde la racionalidad, sino desde el punto de vista de la emoción, el mito y el origen de las palabras. Porque somos palabras, como decía Lacan, y son ellas las que nos construyen. Pero en esa frontera entre la vigilia y el sueño, también podemos explorar quiénes somos en realidad. Y reconstruirnos a nosotros mismos”.

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