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Migue Pérez tiene en su casa de Santa Marina de Córdoba 70.000 discos de vinilo. Vive rodeado de ellos en su triple vertiente: vende online, compra y colecciona y, además, tiene un sello independiente que ha comenzado a editar música, llamado El colectivo. Lleva toda su vida volcado a la venta de vinilos, primero en Granada, donde fue uno de los fundadores originales de la mítica tienda Bora Bora, y luego en Córdoba, donde lleva ya unos años vendiendo online a través de Discogs, el portal de compraventa de segunda mano que ha acabado por cambiar definitivamente el coleccionismo musical.

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Pocas voces hay en Córdoba y Andalucía con más galones para hablar de la cara a y la cara b de la burbuja del vinilo, que en las últimas semanas ha arrojado un dato absolutamente revelador: la mitad de los aficionados que compran discos no tienen un tocadiscos o un reproductor de vinilo, según una encuesta realizada por Luminate. A Pérez, el dato no sólo no le sorprende, directamente le parece que se queda corto: “El 50% no tiene equipo y el 90% no escucha lo que compra. Y, de los que tienen equipo, el 80% es un tocadiscos de 50 euros de esos de salón”, señala a este periódico.

No lo dice con amargura, aunque reconoce que los discos de vinilo viven una burbuja temporal que termina por afectar a todos. “Es mal momento para comprar, porque los precios están infladísimos. Y, como vendedor, también se ha complicado todo, porque los precios y los lotes son un disparate”, apunta este coleccionista, que resume que “los sellos y músicos independientes, que son los que han mantenido el vinilo en los últimos 20 años, son los que están pagando el pato”.

El estancamiento, tras años de récords

En España, que tiene sus propias inercias, el año pasado, por primera vez desde 1991, las ventas de vinilo superaron las del CD. Sin embargo, el fenómeno es global, y los datos aquí son engañosos, ya que buena parte de las compras se hacen online, muchas veces en tiendas fuera de España. En Estados Unidos, donde la industria y el sector es más compacto, el año pasado fue el segundo consecutivo en el que se vendieron más discos de vinilo que compact discs.

Sin embargo, el citado informe de Luminate muestra síntomas de agotamiento. Así, tras un aumento interanual del 51,4% en las ventas de álbumes de vinilo en 2021 y un aumento interanual del 46,2% en 2020, las ventas en 2022 aumentaron solo un 4,2% durante 2022. En la práctica, la burbuja se ha estancado. Comprar música en formato físico en época de streaming, se ha vuelto un lujo, casi como un síntoma de reconocimiento social. Y esta forma de consumir arrastra a quien vive la música y el coleccionismo con romanticismo.

Nada ejemplifica mejor este cambio que la imagen que difundieron algunos djs de las copias del último disco de Adele, apiladas a precio de saldo en cualquier supermercado de Estados Unidos en 2021 meses después de salir al mercado. Una imagen que ha encontrado relevo con el último disco de Taylor Swift en 2022. Midnights ha sido el disco de vinilo más vendido desde 1991. Vendió 945.000 vinilos sólo en Estados Unidos, una cifra que no se daba desde hace más de 30 años.

Pérez se pregunta cuántas de esas copias siguen selladas, sin abrirse y sin que las roce una aguja. También cuestiona cuánto tiempo pasará hasta que esas copias vuelvan a salir al mercado por 2 o 3 euros, cuando se pase la moda de comprar discos para no escucharlos. Es una visión positiva. La del comprador. Como músico y como director de un sello independiente, sufre las consecuencias de que se hayan fabricado un millón de discos de Taylor Swift.

¿Por qué? Pues porque en el mundo quedan muy pocas fábricas de producción de vinilos, prácticamente las mismas que había cuando el coleccionismo era minoritario. De manera que hoy, son las multinacionales las que copan la producción, relegando a los sellos independientes y los músicos que optan por la autoproducción al último sitio en la cola.

Traducción: todo vale más caro y los plazos se alargan. Eso no sólo se nota en la paciencia de los músicos y las compañías pequeñas. También en los bolsillos de los aficionados y coleccionistas, que empiezan a notar la resaca del amerizaje de las multinacionales en el sector.

La música electrónica

Durante décadas, entre finales de los 80, toda la década de los 90 y la primera década de los 2000, fue la música electrónica uno de los principales sostenes de la industria del vinilo. Cuando el rock alternativo y el pop se habían entregado al CD, en el mundo de la electrónica se seguían fabricando y pinchando discos y seguían brotando sellos independientes como setas.

A mediados de los 2000, la entrada de las nuevas tecnologías para pinchar música digital cambió el papel del dj. Se vendieron colecciones enteras y tocadiscos Technics a precio de saldo (en un movimiento que hoy provoca arrepentimientos y sudores fríos). Pero ni emuladores como el Serato o el Traktor, ni los reproductores de MP3 que simulan al tocadiscos, fueron capaces de tumbar al vinilo en el mundo de la electrónica, que hoy es, sin embargo, uno de los géneros que más sufre la presión de las multinacionales sobre las fábricas de discos.

“Lo peor son los plazos. Discos que se anuncian con una fecha de salida y tardan meses en materializarse. En el bolsillo también se nota. Ahora raro es poder comprar un single nuevo por 10 euros”, explica Talin Rubio, un coleccionista y dj cordobés. Talin comenzó a comprar hace años en la extinta tienda Fuentes Guerra. Luego paró durante unos años y retomó el hábito hace unos seis años.

El coleccionismo, de algún modo, ha cambiado la forma en que ve la música. “Desde que compro discos valoro mucho más la música. Yo no concibo ahora mismo descargar música sin pagarla. Es algo que ya no haría”, explica este dj, que reconoce cierto gusto en poder tener algo físico, poder manipularlo y enseñárselo a sus amigos. En su caso, su canal de compra es online, ya que en Córdoba no hay mucho stock de electrónica físico.

El peor año en ventas

En la calle Alfonso XII, de hecho, funciona desde hace casi ocho años la única tienda de discos que queda en Córdoba, tras el cierre, en 2020, de Amigos del disco, la tienda más antigua que quedaba. Allí atiende al público Miguel Ángel Carmona, rodeado de unos 5.000 discos en venta, y que está haciendo este mes de enero balance anual.

Ha sido un ejercicio positivo, aunque con matices. “2022 ha sido peor que 2021 en ventas, pero es que 2021 fue el mejor de todos”, señala el propietario de Discos Vitalogy, que vende online y en tienda. El problema, a su juicio, está en la subida de precios y en los costes de aduanas, que también han subido. A eso se le suma, en la venta online, las comisiones que cobran webs como Discogs, o servicios como Paypal. Eso ha hecho que los LPs nuevos ya rara vez bajen de 20 euros. Eso hace, a su vez, que, quien antes se llevaba tres, ahora con suerte se lleve dos discos. 

“Se rebusca más y se apuesta más por la segunda mano. Un disco de Supertramp reeditado puede valer 25 euros y aquí mismo lo tienes de segunda mano por 8 o 10 euros”, detalla Carmona, que reconoce que, en estos ocho años, ha tenido clientes de los que compran discos sin tener donde reproducirlos en casa.

Luego está el efecto Discogs. La plataforma de compraventa online es la que fija los precios de los discos de segunda mano, de manera que ya tampoco es tan fácil encontrar gangas en los mercadillos y ha encarecido el precio de los lotes, que aún así siguen dejando los mejores márgenes de venta, según el propietario de Discos Vitalogy.

Los costes de producción, casi el triple en cinco años

Aunque quienes de verdad sufren más la burbuja del vinilo son los músicos y sellos pequeños, los auténticos perjudicados. “Los costes de producción se han triplicado. Sacar el último disco de Los Esclavos me costó en 2016 entre 1.200 o 1.300 euros. Ahora me ha costado 3.000 euros sacar 300 copias del disco de El Colectivo”, explica Migue Pérez, que tiene a punto de publicación el nuevo disco de su banda Volpina, pero duda si le merece la pena esperar una media de siete meses para editarlo en vinilo.

Esta es la auténtica clave: ¿puede un músico esperar seis o siete meses para girar con un disco que ha estado componiendo y grabando durante meses, o incluso un año? ¿Aguanta la música tanto tiempo en barbecho? “Es una putada. Hemos pensado en sacar copias en CD para venderlo en los conciertos, porque no puedes estar parado esperando a que llegue el vinilo”, señala este coleccionista, que reconoce que está dispuesto a matar el romanticismo para acabar sacando su música en las plataformas digitales, que no son rentables para el artista, pero al menos permiten que las canciones estén vivas para el público.

No obstante, Pérez, que lleva décadas en el negocio desde los márgenes, huye constantemente del drama. Sigue convencido de que la burbuja se pinchará y que la moda pasará. Y, cuando esto ocurra, ahí seguirán los pequeños sellos y músicos independientes. Mientras tanto, por si acaso, anda tanteando locales para abrir su tienda física de discos en Córdoba, recabando el apoyo de otros coleccionistas pequeños que, como él, están pagando el pato de una moda que agota más la paciencia de los románticos que las cubetas de las tiendas especializadas.

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