Barrios
Santuario y Fuensanta: intrusas entre la hojarasca

Estoy segura de que es aquí. Tiene que ser aquí. ¿Dónde si no se van a expedir los carnés de cordobesismo si no es junto al Pocito de la Fuensanta? Algo me dice que en algún rincón de la Plaza del Santuario debe estar el despacho para naturalizarse en esta ciudad. He aparcado en la Avenida de la Fuensanta y atravesado la frontera hacia el Santuario escuchando el griterío del recreo en el Fernán Pérez de Oliva. Me he soltado el pelo, dejando que me cubra media cara para evitar ser reconocida, porque ¿cómo confieso a mis cuarenta y tantas primaveras que no he pisado esta plaza en mi vida? ¿cómo admito que llevo cuatro décadas aprovechando el Puente de la Fuensanta para alargar mis veranos? ¿cómo reconozco que jamás he tocado una campanita ni visto al caimán? Si es que lo escribo y me tiembla el corazón, el dedo corazón digo, mientras lo tecleo.

Como no veo a nadie me acojo a sagrado y busco alguna indicación clara entre los ex votos y las placas de reconocimiento. Nada. Ni una señal que me diga dónde acreditarme como cordobesa de pro. Ni un solo lugar en el que demostrar que abro vocales y seseo con una destreza sobrehumana; ni un espacio para exhibir mis dotes como perolista; ni un minuto para sacar el senequismo a pasear. Nada, en definitiva, para poder limpiar la mancha de mi sevillana concepción. Sí, tal y como leen, exactamente como reza el reverso de mi deeneí , hace todas esas primaveras que les digo -en realidad otoños- nací a 140 kilómetros de aquí.

Impostora perdida me siento en un escalón pensando cómo alcanzar la redención. Desde allí observo el paseo sereno de dos vecinas. El pantalón blanco y los suecos de la más joven y los pasos cortos de unos pies pesados que se arrastran por el empedrado de la más vieja me cuentan la historia de miles de mujeres que cuidan de miles de mujeres que envejecen. Pienso en mi propia dependencia. En ese momento también agradecería un brazo amigo que me sujetase para mostrarme un barrio inexplorado. Me levanto en su búsqueda. Me acerco hacia el barrendero que desde hace rato se esmera pacientemente por retirar las hojas que los plátanos de sombra dejan caer incesantes sobre la plaza. Antonio, treinta años en la empresa municipal de limpieza y vecino de Las Lonjas, conoce el barrio a la perfección. Podría ser el cicerone perfecto, pero hay demasiada tarea como para ayudarme con mi particular cursillo CCSE (Conocimientos constitucionales y socioculturales españoles) de cordobesismo. Así que le dejo trabajar y me acerco a la panadería de la esquina con la Calle Pocito. Un repartidor detiene la furgoneta y mientras descarga grita:

-         Rafael, un bocadillo de tortilla y una cola light. Y me pones mayonesa de la vuestra, no de la del bote.

Ante semejante alegato por la autenticidad (mayonesa DE-LA-V-U-E-S-T-R-A) y rodeada de rafaeles mi impostura resulta casi asfixiante. Para colmo de mi mal, al regresar hacia la plaza me percato del nombre del único bar abierto: “Taberna de La Abuela. Comidas Caseras”, un rótulo que se completa con la fotografía de una mujer mayor a la que mi imaginación, claro, ya ha situado al frente del barrio en sus años más gloriosos.

Intento alejarme, pero mis pies parecen anclados al suelo. Repaso la carta: flamenquín, croquetas caseras, salmorejo… solomillo al tataki ¿solomillo al tataki? ¿las abuelas y los tatakis se hablan? Entretenida con el enigma no reparo en Manuel, que me ofrece ayuda.

-         Disculpe, señora, ¿la puedo ayudar? (Manuel no ha intuido nada, Manuel, con ese “señora” ha dejado claro que ha visto claros cada uno de mis cuarenta y tantos otoños).

-         No, yo… es que… estaba echando un vistazo… ¿quién es la mujer del rótulo?

-         Mi abuela Nieves

-         ¿Y son suyas las recetas? ¿era del barrio?

Nieves no sé, pero Manuel me explica que en realidad vive en Cañero y que hace apenas tres años que instaló su negocio en el barrio; antes estaban en la Plaza de la Magdalena (será por plazas, será por vírgenes…). Su confesión suaviza mi farsa.

Al alejarme distingo el cartel de otro bar. Puede que las comidas también sean caseras, pero de otras casas, de otras cocinas algo más lejanas. Es un Kebab. Mientras lo observo, veo al ayudante de Antonio cruzar de nuevo hacia la plaza. Es Burhan.

El jefe le ha pedido que regrese para repasar los últimos rincones. A él todo le parece bien. No ha tenido suerte con los trabajos, desde que llegó de Rabat. “Yo no me quejo, yo hago el trabajo que me dice el jefe y no pierdo el tiempo”, repite con una resignación equivalente a la paciencia que demuestra al retirar la hojarasca, mientras me explica que es nuevo en la empresa y que está encantado con que le hayan asignado este barrio. Lleva 17 años en Córdoba. El próximo 25 de diciembre cumplirá los mismos otoños que yo y tampoco había pisado la plaza hasta que lo hizo, como Manuel desde La Magdalena; como el caimán desde América; como esta intrusa. Y desde entonces es suya, es nuestra.

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